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Belén Laguía Martínez-Navarro (Alicante, 1956), fuerza motriz del proyecto, estudió Bellas Artes en Madrid y, después, se hizo cocinera. Tal vez por esa formación artística, su cocina, como su manera de vivir, ha sido siempre más creativa e intuitiva que academicista; más arqueológica e integradora que embaucadora; más apegada a los sabores rotundos que a la cultura light; más cercana al terruño que a la superchería o la moda. En los fogones del Café Latino , legendario local de la Chueca pre-gay que contribuyó a lanzar en los felices 80, se coció la fusión de las cocinas mediterráneas, desde Levante hasta el Líbano, pasando por Provenza o Sicilia. Allí se cambiaban cuadros por cenas y por sus mesas desfiló todo el canalleo fino, los noctámbulos con pedigrí y las luminarias sin un chavo de la emergente Movida. Aquello no podía durar y, tras algún escarceo más con la restauración pública –que, en el Foro, tiende a ser pelín mezquina–, Belén decidió volcar su talento en el catering –que, en el Foro, es negocio si se hace con rigor y cariño– y le va bastante bien: lo mismo oficia unos canapés para una fiesta de Almodóvar que de Hugo Boss.

Entre canapé y fiesta, Belén ha tenido tiempo, perseverancia, inquietud y espíritu para ejercer de coleccionista, fielmente respaldada por su compañero y alma gemela, el inquebrantable Juan Gómez Soubrier, intelectual casquivano y gourmet insobornable (o quizá podríamos decirlo al revés). Juntos, atesoran en su casa colecciones inconexas –pero muy afines a su ser– de licores desaparecidos, cocteleras retro, relojes extravagantes, camisas chillonas, camafeos customizados por artistas amigos, recetarios de casi cualquier cosa...

Juan Manuel Bellver
Navacerrada, agosto de 2006.

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