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"El negro y su negra" (Valencia, 1999)

 

Los anfitriones, por Javier Ruiz

No reciben en días señalados de antemano, no reciben los lunes o los viernes, sino cuando están de manifiesto todos los elementos del banquete. Porque nuestros anfitriones, Juan y Belén, abren su casa, y con ella su biblioteca y un jardín y su mesa y su cocina y todos los segmentos de esa identidad que se desparrama como un agua perfumada sobre los invitados.

Los invitados de Juan y Belén vienen a esta casa a proponer sus propios jardines e imágenes y confortarse con la reunión y el banquete, pero, sobre todo, con la conversación.

Pues los anfitriones Juan y Belén ofrecen un jardín gramatical de enlaces seductores donde todos los conocimientos, tanto los más excelsos como los propiamente infernales, tenían su lugar y tuvieron su tiempo y su manifestación.

Ahora que los anfitriones Juan y Belén se nos vuelven de sílice como las chispas y los rayos de los dioses antiguos, nos proponen una vez más su casa como espacio para entrar y salir y volver a entrar y volver a salir y a entrar y a salir en la selva de objetos, imágenes y palabras, siempre una selva de proposiciones en donde el máximo sacrificio era un sacrificio de palabras.

Cuando Juan y Belén abren la puerta de su casa ofrecen siempre la barrera infranqueable de coral que son los libros de su biblioteca. Nada más cálido y ninguna bienvenida más feroz, según a quien se le ofrezca ese convite.

Hay que atravesar con cautela ese umbral lleno de interrogaciones, pues los ojos descubren al paso un título que tienta con recetas suculentas, una etiqueta, un objeto, una botella encajada en su lugar como consecuencia de algún cálculo o conjuro concertado con otras esquinas de la casa, y el peligro de encallar en sus estanterías.

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