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No me resisto a la tentación de buscar las palabras adecuadas que expresen lo que fue vivir con Juan y dejar constancia de su paso por esta otra vida que fue la mía con él.
El día empezaba pronto para él, decía que el desayuno era la comida que más disfrutaba y se levantaba con una alegría envidiable. Se tomaba su tiempo para hacer sus abluciones pero si veía que tú no dabas señales de vida tarareaba una cancioncilla –Tipereri (is a long long way too Tipereri)– que un buen día se coló furtivamente a esas horas y acabó transformandose en último aviso –El tren va a partir –Me voy a ir –Si estás te vienes, pero no te espero.
Algún día no fui y me quedé remoloneando en la cama, claro al principio, pero cuando comprobé lo que me podía perder no se me ocurrió hacerlo otra vez.
Y qué podía haber pasado: pues, si era domingo podía haber ido al rastro. Allí a esas tempranas horas encontrarse con Enrique Morente en el bar de abajo, en El Campillo, justo el día que por lo que fuera Enrique se empezaba a recoger. Y recordar gloriosos tiempos pasados de los que te habían llegado cosas y de pronto en directo oír a los protagonistas revivirlos con gozo y a Juan le gustaba tenerme al lado porque decía que no me podía contar tantas cosas como habían pasado en los veinticinco años anteriores. Los momentos legendarios contados con la frescura del directo.
O podías perderte ver la mejor colección de cristal de la Granja que atesoraba un anticuario de leyenda que a su vez ejercía de matarife en el matadero por las mañanas.
O una conversación suculenta que había empezado como quien no quiere la cosa y de pronto entraba un soplo inspirador y en un punto pasaban a ser confesiones de mucha vida que sabía escuchar y preguntar y convertir en momentos estelares las vidas de otros que reconfortados por el interés de ese señor tan cultivado y desinteresado que sabía escuchar al que habían abierto sus vidas sin pudor con la confianza de que no iban a ser traicionados; y que Juan sabía de vida y de humanos se mascaba.
Y así como quien no quiere la cosa, en dos horas surgían amigos para toda la vida, a lo mejor se volvían a encontrar años después o nunca o al día siguiente, pero estaba todo entendido.
O encontrarse con otros personajes “sabios”, conservadores, ex ministros, o personas a secas, que además de saber de lo suyo, sabían de otras muchas cosas más y pasar a hablar de Cristina de Suecia y sus tesoros en Roma o discutir de cuáles son los distintos métodos de hacer una salmuera según estuviéramos Cadaqués o en L'Escala. Así que encima aprendías oyendo que es una manera alucinante de hacer la cosa. Y Juan cantaría “faire la chose sin...” como cantaba Juliete Greco...
Y podría seguir y seguir y no os aburriría. Por cierto cuando nos conocimos Juan me prometió una cosa –NO ABURRIRTE– lo demás no sé ... Y vive dios que lo cumplió.
Por eso digo que eran momentos fulgurantes que no podía perderme porque no creáis que esas cosas pasaban alguna vez, no, eso en Juan era lo habitual.
Estar con Juan era tener la sensación de que cualquier momento podía convertirse en algo irrepetible; entraba, no sabes como, un viento maestro y acababa esa mañana atesorando unos sentimientos, unos conocimientos intensos e imborrables.
Por no decir que, claro, el tiempo pasaba y ya no eran las nueve de la mañana sino que eran la una y media y podían entrar ganas de refrescar el gaznate con, según cuál fuera nuestra situación geográfica, una ostras fresquitas o un bacalao de Labra o una media de aceite con salmuera (anchoa para ustedes) en la barra de Cabo de Palos, o unos churros de Apodaca o una Sopa de pescado al estilo de Raimu y qué sé yo...
Como veis rápidamente aprendí que era más divertido estar en sintonía con ese ritmo que llevar el mío, que por cierto no tenía todavía.
Durante unos cuantos años viví pasmada como espectadora privilegiada en primera fila y... no sé si poco a poco o de pronto pasé a convertirme en cómplice de su vida, en Bonie and Clyde, y eso fue ya “la leche”.
Ahí empezó la historia de Juan y Belén que como él decía –somos por una parte Juan por otra Belén y hay una tercera que crece sola con sus mitos y sus ritos que se llama Juan y Belén y hasta hoy.
Nuestro mayor interés era ver cómo hacer más feliz al otro, aprendí que cuando estaba metiendo la llave en la puerta había que dejarlo todo y lanzarme a recibirle, dejaba lo que estuviera haciendo, porque venía lo más importante y cuando se iban los amigos después de una maravillosa cena hacíamos la oración del Fariseo –Gracias te damos Yavé por no ser como estos humanos que se acaban de marchar. Amen– y nos abrazábamos, me daba un escalón de ventaja.
Un día, un amigo pintor me dijo, cuando en la plaza de Las flores Juan salió a por un pastel de carne. –Es que Juan, no sé, lo ves y si tienes un dolor de muelas se te quita– Se lo conté más tarde y me dijo que era de las cosas más bonitas que le podían haber dicho.
Las cosas que sucedían eran tan naturales como irrepetibles y si no estabas allí para verlo aquello no volvía a pasar, aunque podías tener la suerte de que sonara el teléfono y...– Tararariri, estás viva, ya –pues tírate por el balcón que hace años que no te veo, te espero en...
Me decía que se aprendía “robando de vista” como dicen los gitanos o mirando a mala leche hasta que aprendes cuando le preguntaba como sabía ver un pieza, el material de que estaba hecho o la época.
Su mezcla de jardín cultivado y piloto de Fórmula I me encantaba. Podíamos salir por la N-VI y si el sol daba señales de vida por el retrovisor dar la vuelta y cambiar de rumbo, galopar en otra dirección, Navalmoral de la Mata, Lisboa... Podía tenerlo todo pensado y tú creer que estaba improvisando. Y podían ser las dos cosas pero cuál?. Eso era lo de menos.
Nos conocimos en una primavera de los años ochenta en un sitio que todavía existe El Sol de Jardines. Venía con el catálogo de Contraparada, una exposición en Murcia de la que había sido comisario, yo estaba terminando Bellas Artes y aquel señor mayor –solo tenía 42, pero como yo tenía 24...– se hizo notar y nos cruzamos por una escalera larguísima que supongo sigue existiendo. Como había amigos comunes acabamos en casa de uno de ellos y en un momento yo dije que tenía hambre.
El dueño de la casa dijo que no había nada de comer cuando Juan saltó rápidamente y dijo que él encontraría algo. Minutos después salió de la cocina con una tortilla francesa de atún muy bien hecha y me la ofreció, pero lo que más me llamó la atención fue la florecita que le puso para acompañarla. Yo que me conocía bien esa casa en un segundo pensé que por adornar aquello había buscado en el único moribundo geranio, que abandonado a su suerte resistía en el alfeizar de la ventana. ¿Qué curioso?.
Ese detalle no me dejó indiferente aunque no fui consciente en el momento y años después recordando esa tortilla vino aquella florecita, fue clave.
Todo esto lo cuento porque me es imposible describir a Juan, y pienso que si os cuento detalles de estos 28 años os puedo acercar a él si no lo conocisteis o haceros recordar a quien lo quisisteis.
El motivo de poner casa en internet con esta Web, ha sido porque a través de sus palabras en artículos sobre arte, gastronomía, toros, mus, viajes, fotos etc... sus frases, su lenguaje, reflejan mejor que nadie qué pensaba de qué es VIVIR, de cómo estar en el mundo.
Estos artículos recogen por una parte una época apasionante, por otra una relación con “amigos, conocidos y saludados” que dibujaron esos días, por otra, la emocionante libertad con la que Juan quiso ser él mismo, vivió como quiso vivir, poseedor de TIEMPO, que es lo más caro, sucumbiendo a todo lo que solo se pide interés, siendo todo importante si lo sabes degustar, AFICIONADO, –salvo a la heroína y los hombres decía– a todo lo demás con la atención sobre lo pequeño y lo aparentemente inútil, que unas veces con pasión y otras con elegante desdén lo hicieron grande.
Lo que yo os puedo decir es que fue un lujo vivir con él.
Hemos pasado miles de horas juntos, los últimos doce años ya era una compenetración imbatible. Decidíamos juntos los menús de cada día y con un regodeo nos dejábamos elegir por algún producto o lo decidíamos nosotros mientras haciendo el recorrido podía surgir la idea de insistir sobre una variante de una “Ropa vieja” de pescado o hacer una sopa de melón caliente –nunca la habíamos probado– de manera que siempre estábamos maquinando cosas bellas y con mucha conciencia de que teníamos mucha suerte de querernos –sólo yo a ti– decía, porque además el humor y la ironía, del que apenas os he hablado, eso ya era el aire mismo que respiraba Juan por todos sus poros aunque siempre decía que él se sonreía, que no era de carcajada.
Me deja sus palabras en prenda y yo me he puesto a tejer y destejer, mientras llega el día de volvernos a encontrar.
Belén Laguía
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