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* Artículo de Juan Gómez Soubrier publicado bajo el pseudónimo de Juan de la Cossilla en Revista Hombre de Hoy (1987)
Vamos a tratar, tú y yo, de imaginar quienes son los personajes, reales ó imaginarios, que han tenido una mayor capacidad de seducción amorosa. Y mientras lo hacemos, no sería ocioso repasar la encuesta que recientemente a realizado un instituto de opinión y estudios de mercado acerca del mismo tema.
Encabeza la lista un personaje español, mundialmente famoso, que, al igual que la mayoría de los así considerados por los encuestados, es persona de ficción, monda y lironda de carnes concretas y huesos palpables: Don Juan tenorio.
Ni siquiera la saña iconoclasta de los envidiosos ha conseguido borrar su espléndido recuerdo de la memoria colectiva. Recordar a Don Juan como un indeterminado sexual –cuando no un homoxesual encubierto– ha demostrado a la larga, ser error tan de bulto como atribuirle a Zorrilla –y, además, en el Tenorio– aquellos versos que rezan:”Los muertos que vois matáis gozan de buena salud”. Quienes parecen realmente muertos a tenor de la susodicha consulta de opinión son los personajes reales de nuestra Península, tanto de los ayeres como de ahora. Ni un solo politico, a pesar de los encantos diversos de que, en tales temas, se dice que poseen notorios indivíduos como Adolfo Suarez, Alfonso Guerra ó Miguel Boyer, comparece en el recuerdo del pueblo hispano a la hora de imaginárselos con mejores dotes seductoras que el Burlador de Sevilla. Los Españoles, además, no les prefieren como esposos ni como yernos. Pero tampoco los cantantes –Julio Iglesias, Serrat, Plácido Domingo o Miguel Bosé– han ocupado plaza en las preferencias encuestadoras, y ni siquiera los deportistas carismáticos, de Butragueño a Ballesteros, y aún menos nuestros actores , de Imanol Arias a Alvaro de Luna; en conclusión, ningún españolito de verdad, sea de a pie, de a caballo o en coche, es imaginado por sus compatriotas como irresistible en las amorosas lides.
Pero no hay que desesperarse, ya que los extranjeros tampoco quedan mejor parados y la lista de los otros cuatro que completan el cuadro de honor de los encantos varoniles es igualmente capaz de sorprendernos. Quizá la consecuencia más palpable sea la de que los mitos no pueden ser enterrados y que, como los viejos rockeros dicen de si mismos, nunca mueren. El legendario y Shakesperiano Romeo –el personaje literario que se encuentra más en las antípodas del Tenorio– o el disoluto viajero Casanova –que conquistó tantos lechos como embustes debió inventar– y la presencia de Rodolfo valentino –único ser real en la medida en que lo fuera semejante creación del star system– forman parte de la terna que cierra el peripatético James Bond, ejemplo máximo de la inconsistencia y la superficialidad en los campos del erotismo.
Ni la fecundidad presunta de astros del césped como Maradona, ni las veleidades erótico- castrense del Píncipe Andrés de Inglaterra, ni las venerables canas de Paul Newman o los ajustados calzones de Mick Jagger, todos aquellos símbolos en los que hemos podido mirarnos a lo largo de las últimas décadas, han dejado huella visible ni imagen perdurable de su calidad y cualidades conquistadoras; en realidad no parecen haber vivido más allá de la noticia de alcance del fugaz consumismo noticioso.
El mito, una vez más, se impone como un deseo subjetivo y generalizado y lo seductores existentes no parecen satisfacer las condiciones necesarias para ser espejo de las inquietudes ibéricas sobre tan delicado y placentero asunto, tema y negocio. Y, sin embargo. Al igual que sucede con las brujas, hay seductores en ejercicio. Lo que sucede es que la realidad supera –como siempre– a la ficción y no emergen a la superficie noticiable o, al menos no lo parecen.
Lo cierto es que algunos y otros llegarán a ser elegidos por la diosa del Amor para triunfar en tales lides y que las posibilidades que ofrece el campo del juego erótico son amplias. La razón es simple: nadie, pero nadie, se dedica a seducir. El absentismo en este terreno de juego puede convertir en erial las feroces batallas amorosas y nuestros campos de plumas se hallan desiertos. Quien salte al césped amoroso con ganas y una cierta habilidad triunfará en desmesura. Si, naturalmente, se aprende el método.
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