El juguete-arte
* Artículo de Juan Gómez Soubrier publicado en la Revista Opinión (1977)

El objeto, compañero del hombre y testigo de su soledad.

Por razones que no son de aclarar en este momento, el concepto de "juego" ha sido desvalorizado desde siempre, y, sin embargo, todos llevamos dentro ese duende, ese demonio personal que nos lleva a coleccionar cosas increíblemente infantiles o cosas insólitas. Y es que el sentido del juego, como algo limpio y gratuito, como algo al margen de todo lo que está provisto de interés concreto o crematístico estará siempre en ese rincón salvable del humano que todos llevamos dentro, aunque la mayoría se mueran sin enterarse. O sin atreverse a confesárselo.

Sin embargo, la colección de reproducciones del Partenón realizadas en todo el mundo como residencias particulares o locales públicos que durante años coleccionó Mariano Rioja (dentro del periodismo español) refleja algo muy profundo del ser humano que va desde la biblioteca del país socialista hasta el rancho millonario de un tejano. O la colección increíble de orinales, de Soledad Alonso Buron, nos hace reflexionar acerca de lo que pensaba el artista chino que los realizaba adornados de sutiles tapaderas, o del concepto funcional del diseño que podía tener un capitán de barco inglés del siglo pasado y que probablemente no han superado nuestros maravillosos diseñadores actuales.

Pero, aún más próximo a nosotros, más cercano está el juego del arte, de aquellos artistas que no pretenden con cada obra darnos una lección de moral o de política, que no aspiran a añadir un nuevo dogma a cada creación. En este caso están las obras-juguetes de Vilas y Collantes, con esa libertad absoluta de interpretación al margen de toda academia y especialmente de las "academias" oficiosas, que a la larga van a resultar tan perjudiciales como las vilipendiadas oficiales, si no más. El procedimiento o los temas no pretenden descubrir ningún Mediterráneo (entre otras cosas porque el Mediterráneo no puede ser "descubierto", salvo ingenua y equivocadamente, por algún bárbaro del norte turistizado o desnortado) ni falta que hace, ni pretende ser "necesario". Los objetos artísticos no son necesarios, sino en la medida en que existan, es algo así como cuando necesitas a alguien y cuando se lo dices te pregunta que para qué; lo mejor en ese caso es citarlo para otro día y hablar del tiempo. El sentido del juguete-arte, del símbolo objetual tiene la misma historia que el hombre y en esa medida se hacen actuales las obras comentadas.

Los caballos repletos de montura y morriones, los pingüinos sobre bases rodantes, los pájaros extraños acompañan al hombre en su caminar y en ese entendimiento llegaron en esta ocasión a la galería de arte. Como un refresco, como algo que no debe discutirse si es o no naif, si es o no ingenuo. Es algo al margen y en ese sentido algo libre. Y sólo en tal medida saltan esa frontera absurda que va del arte a lo artesanal. Son objetos para ver, para tocar, para jugar con ellos aun a riesgo de que se rompan a pesar de su alto precio. Porque en el punto supremo del juego está el riesgo y el peligro de quedarse solo para siempre con el juguete roto entre las manos. Pero así saben mirarlos los niños. También pueden conservarse como algo "museable", son bellas las cosas muertas que son bellas. Pero esa es otra historia que entenderemos mejor y que no hay que explicar, porque se perdería ese algo limpio y puro de lo que hablábamos al principio y se perdería el aire de juguete-arte. Casi, casi, lo mejor es llevar a sus niños y que ellos elijan. Tendrán los ojos menos llenos de trampas.
Información adicional
Amarres coleccionismo,
Desembarcado en Juan
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