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* Artículo de Juan Gómez Soubrier publicado en 'Diario 16' el 21 de septiembre de 2000 bajo el pseudónimo de Ju.Gom.Sou. Lector Compulsivo
El odio es arma de dos filos, boomerang que golpea al lanzador, escupitajo al cielo que cae en los ojos del insalivador imbécil. El odio es un narcisismo estéril que sólo piensa en el ser odiado hasta convertirse en él. Si esta mañana me hubiese levantado un punto más pedante de lo habitual, diría que el odio te hace caracterizarte en el tipo al que odias. Lo retiro para contar que contemplé durante años una representación del odio que un amigo sentía hacia el rector que le segó la hierba bajo los pies. Mi amigo, gran escritor lento y premioso, acabó siendo el personaje odiado. Los gestos más pequeños, los tics más imperceptibles, las temblorosas manos, el tono, el timbre y la impostura de la voz. Mi amigo se convirtió en el rector travestido. Un desperdicio. El odio sólo mira hacia atrás. Es únicamente un espejo sin azogue, es aquel verso inmejorable: Arrojar la cara importa, que el espejo no hay porqué. Odiar significa dedicar nuestro precioso tiempo al enemigo inútil. No hay mayor lujo que el tiempo para nosotros mismos, el tiempo para charlar de Laura con Petrarca en la Fontaine de Vaucluse (como hice hace un mes), el tiempo sagrado de los hongos que vienen a nuestra salsa, de las uvas que van buscando a ciegas su botella redentora.
Por eso Arzalluz se parece cada día más a Franco. Por eso ve conjuras judeomasónicas crecerle entre los pies de barro de su Kampa. Nunca he odiado a nadie. Aquella experiencia de grumete me hizo cultivar una virtud griega, otra más: mi mejor desprecio olímpico y destilado, que dedico a más de cuatro. Por supuesto, a Franco, lo que quiere decir, por supuesto, a Arzalluz. Mucho antes de Sydney, en Sydney y después de Sydney.
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