SIRET:estética y mito

Juan Gómez Soubrier
Crítico de arte
La voz de Almería 1984


El nombramiento de los hermanos Siret, y muy especialmente el de Luis, hubo de ser en mi infancia almeriense la más exacta representación del arqueólogo, que para siempre habría de formar parte de ese equipaje personal para la vida compuesto por las primeras sensaciones y creencias.
Tres cosas aprendidas en aquella infancia continúan hoy siendo para mí objeto de reflexión: la plata nativa, el altar con cuernos sagrados de El oficio y la ausencia de decoración en la cerámica de El Argar.

Relatos populares escuchados en mi infancia hablaban del país de la plata, como región del mundo en el que más cantidad de dicho metal se había encontrado y cuyo destino final fue el mismo templo de Salomón, expresado en aquella frase de la Sagrada Escritura en la que decía que el templo de Jerusalén era tan abundante en plata como en piedras.
No solamente la expresión clásica latina de que la plata nacía a manera de arroyos (tanquam rivuli), sino los mismos relatos de los viejos del lugar marcaron mi imaginación infantil, además de aquellos ríos de plata que recorrían las entrañas de la tierra hasta hacerla surgir como una fuente directa, la leyenda local transmitía el nacimiento de la plata nativa en las mismas hojas de las plantas.

La ausencia de plomo y galenas argentíferas en El Argar venía luego a confirmar con aire científico estas leyendas oídas en mi infancia. A tan sólo cuarenta metros se encontraron en Herrerías en 1870 masas esponjosas y brillantes de plata nativa. Los accionistas de estas minas durante una serie de años llegaron a recibir directamente sus dividendos en lingotes de plata. La lectura de estas noticias supera a veces toda imaginación infantil.

El altar

El altar de El Oficio es otra de las cuestiones que aún siguen discutiendo los investigadores, desde los que se ocupan de los ritos y juegos del toro, como el tristemente desaparecido Ángel Álvarez de Mirada hasta quienes buscan la esencia de nuestra primera identidad mítica, como Fernando Sánchez Dragó y, por supuesto, la de los arqueólogos químicamente puros como Decheletre. Para Decheletre el altar de El Oficio representa un ara adornada con cuernos sagrados a la que compara con otro encontrado en Knossos. Este mismo altar figura sin embargo relacionado, en otros autores, antes con el culto a la luna que con la liturgia táurica. Pero siempre se ha de preferir, al menos por su fuerza, la teoría sostenida por Álvarez de Miranda, nuestro gran historiador de las religiones y de los mitos primitivos, en el cual el culto al Bos Taurus tiene carácter autóctono y no es, como pretendía Siret, una importación de Creta. La pequeña construcción de barro terminada en dos conos huecos del mismo poblado de El Oficio ha sido acompañada de restos de algún otro monumento semejante y hoy parece evidente su identificación como un altar provisto de cuernos para las ceremonias de consagración.

Si Álvarez de Miranda recordaba en los gestos de los nadadores que tranzan molinetes en el agua la leyenda de Teseo cuando después de vencer al minotauro enseñó a siete jóvenes doncellas una danza que era el recorrido mítico del laberinto de Creta, Siret contemplaba en el folclore cretense la misma tentativa de reproducir ritualmente el esquema del laberinto.

Tampoco faltan en El Argar las interpretaciones referentes al dios del océano Poseidón-Neptuno, quizá la deidad más antigua del Mediterráneo. Aún no han terminado las discusiones sobre una pieza de cerámica hallada por Siret en los Millares y que él mismo interpretó como figura de un pulpo, y símbolo de la potencia vital y genesíaca del mar. Concluyamos que desde que Siret relaciona sus descubrimientos con los misterios de Minos hasta la leyenda del oricuerno, el origen de nuestras fiestas de los toros va a continuar como fuente viva de discusión tanto o más tiempo que el transcurrido desde que se fundó. El Argar hasta nuestros días: desde aquellos adolescentes egipcios que levantaban sus faldas al paso del toro sagrado para gozar su potencia genesíaca hasta la leyenda del toro de oro en Extremadura puede excluirse, y así lo defiende el vital Dragó, que todo haya nacido y gire alrededor de esas costas mediterráneas y almerienses.

Tercera sorpresa

La tercera sorpresa de mi infancia con el mundo de Siret aún sigue siéndolo. A ellos también les extrañó la ausencia de todo gusto por el ornato en sus cerámicas, aún más sorprendente ante su admirable ejecución y elegantes formas. Aún hay que añadir que en poblados más retrasados y pobres ya era abundante la cerámica de coral.

La pureza de formas de los vasos argáricos es un resultado directo de la utilidad, es la estética de lo funcional que también está en los demás objetos corrientes.
La fantasía de los argáricos no era un producto inexistente, sino que quedaba reducida intensa y afortunadamente al adorno personal.

Mata Carriazo imagina al hombre de El Argar menudo, enjuto y atesado, vestido ligeramente con lino de muchos colores, especialmente el rojo intenso del cinabrio, cabello peinado en caprichosos bucles o tranquilas trenzas con diademas de cobre o plata ciñendo sus frentes, complicados pendientes de aretes, brazaletes en cintas, arcos o espirales en brazos y antebrazos, policromos collares, anillos de plata y cobre y, en su caso, las armas de cobre rojizo y bronce dorado.

La estética de El Argar tiene mucho que ver con el actual concepto de la estética. Si se ha dicho que los adornos y decoraciones y el mismo sentimiento estético del hombre nacen del aburrimiento, esto no puede aplicarse al mundo descubierto por Siret. Haciendo expresa alusión a la humana necesidad de coquetear, los habitantes de El Argar embellecen todo aquello que acariciaba su piel, en el resto parece evidente que no fue una civilización aburrida.

Información adicional
Desembarcado en Juan
Compartir
COMENTARIOS
No hay comentarios
Incluir los datos de la imagen de verificación. Su Email no será publicado
* Nombre  

Email  

Link  

* Asunto  

Comentario
   
* Requeridos      
RSS | © All rights reserved |
mb41