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Artículo de Juan Gómez Soubrier, publicado en Diario 16 el 6 de septiembre de 1983
Cuando Manolete ya estaba muerto, Almería seguía cuajada de carteles, anunciando la actuación en su ruedo del matador de toros bravos. Siempre hay tiempo para sustituir a un torero en la plaza y aquella corrida no fue una excepción, pero los pasquines duraron más en las paredes que su aliento en la enfermería. La corrida se celebró, y el festejo se convirtió en ceremonia de tristeza incontable. Nunca hubo música más callada del toreo.
Un niño, perdido entre su padre y su abuelo en la marejada de tendidos, conoció aquella tarde el nacimiento del silencio, el escándalo de la gloria y la milenaria solidaridad que reunió a los aficionados almerienses para acompañar la ausencia de “El Monstruo”.
Cada uno de nosotros es unicamente su memoria y a la de aquel niño vuelve de cuando en vez aquel silencio de pasmo y por estas fechas revive cada año la vieja ausencia más que la vieja muerte.
Angel Caamaño- que hizo ilustre el seudónimo de “Barquerito”, antecedente de un no menos ilustre alias de un colaborador de estas páginas- dijo con justa ironía: ”Bueno, y si el toro me mata, ¿qué me dan?, dijo el torero. “Cuarenta duros de plata, además de la contrata para el año venidero”.
La muerte
La noticia había corrido la playa por la mañana, desde las Almadrabillas al Zapillo como un reguero de luto sobre la espuma, y los niños rompían el mar lanzándose desde lo alto de El Cable bajo un fino polvo de poniente y” mineral”. Juan Ballesta inventaba a la lengua del agua, sobre la húmeda arena, sus primeros dibujos de luz y la figura mágica de Indalo nacía en la copa de pinceles de Jesús Percebal y Paco Alcaraz para siempre hijo de Almería y viajero universal. A. Caso tomaba su último fino y su primer cubata bajo las estrellas del Campillo Naveros.
El niño que nunca creyó la muerte de Manolete y que morirse era no esperar nunca a los amigos, algo así como no atender en clase, practicar el raro arte de distraerse con una mosca o leer el libro que Celia Viñas escribía entonces en Almería y cuyo título nunca pudo olvidar: “Canción tonta en el Sur”, el más humilde título de libro de poesía del que tiene noticia.
Como Joselito, Manolete había muerto entrando a matar, cuando el ruedo crece y el público se encoge, en esa fracción de destino entre el arte y el azar en la que la vida del hombre y la de un animal noble van en cada platillo de la balanza. De ambos se dijo que nunca un toro podría matarlos, lo que no impìdió el cumplimiento del adagio lagartijero: ”Al que no hace bien la cruz al entrara a matar, se lo lleva el diablo”.
Silencio
Aquel niño enamorado de Almería- adonde su padre había ido destinado como hombre de leyes- preguntó por los brazaletes negros, las cabezas destocadas y la falta de merienda ritual con confites de “La Dulce Alianza” y “Chambi-helado-caramelo”. Su padre escucho del abuelo la premonición de la muerte de Ignacion Sanchez mejías. Fue el día de la alternativa, que Ignacio recibió de granate y oro de manos de un Joselito vestido de azabache riguroso. Gallito estuvo muy serio toda la tarde y por la noche, ante la insistencia de Ignacio y por saberle hombre de aplomo, le confió la pesadilla: “Oyelo bien, Ignacio, esta noche de marzo de mil novecientos diecinueve, a tí y a mí nos mataran toros pajunos y sin cartel, en plazas de tercera categoría.”
Después de la corrida el silencio descendió hasta “el espejo del mar”, frase que lustro y pico antes de ser título de un libro del siempre actual Conrad- Juan Benet acaba de recordarlo a tiempo de terroristas y cobardes idiotas- ya dio nombre a un libro almeriense del siempre esperado Villaespesa . Cuando a los trece años escribió su primera carta de amor, el poeta ya anunciaba una corrida de toros en la que pensaba actuar nada menos que de primer espada y solicitaba la aceptación como presidenta de la receptora de la carta, prima suya. Afición infantil y perenne en Almería cuando los coches de caballos volvían hacia el mar y hacía el propio espejo del recuerdo.
Los legendarios Lamborghini pasean hoy por el mundo los nombres de aquella tarde. Miura-la ganadería-, o “Islero”- el toro matador de su matador- campean en sus carrocerías.
Cuentan y dicen que cada año una vez uno de estos “Isleros” merodea los caminos de linares y luego, a la anochecida, hace presencia en Almería donde los carteles vuelven a anunciar la ausencia del matador. Como una pesadilla de esperanza.
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