Flora taurina

Artículo de Juan Gómez Soubrier
Diario 16 / 9 Agosto1983


Si el lobanillo cartesiano de la lógica tuviera parte alguna en esta gloriosa fiesta de birlibirloque, lo razonable sería ocuparse de la fauna taurina y pontificar sobre el arte de parar, templar y mandar que ejercitan los astados, las sangres ocultas de los preclaros críticos, la casta , pelaje y trapío de los diestros, el ralo empaque de alguacilillos, o el porqué de llamar monos y sabios a quienes son hombres y simples.

Pero mi corazón no está en el ruedo más tiempo que el que dura la corrida y viene cada tarde a morir en los tendidos, a la caida del sol y de las tardes, entre los últimos adioses al convecino del día y los primeros almohadillazos de recogida y cierre. Amo estar entre la flora de la afición, el respetable , el pagano , el público, los espectadores o como cada quisque quiera confirmarnos, que desde “la canalla” hasta  “la cátedra” todos los adjetivos a uso y desuso han sido y serán laurel o sambenito de quienes vamos a la fiesta.
Sin ellos –sin nosotros- sólo habría tentaderos enseñoritados, acosos en descampado y derribos de pánico solitario.


Como el amor

Y, como el amor, cada año florecen los tendidos en estas propicias latitudes con distinta cosecha, según los lugares y los días, que no pueden ser la misma flora la de Pontevedra y la de Almería, ni aun dentro del mismo lugar lo será en mayo que en agosto.
Los primeros brotes son escasos, como es de rigor, y nacen con el todavía invierno sin que falten quienes pretendan adelantar en técnicas de invernadero y propugnen las corridas deonde los toreros usan el capote más de abrigo que de paseo, gentes amigas del madrugar y la canónica primicia.
Los dioses guarden, a ellos, el gusto; y, a nosotros, de ir a los toros con castañas pilongas y chubasquero de urgencia.

A los toros ya se acude cuando las adolescentes en agraz celebran el rito de la caída de la rebeca, con lo que el neófito tendrá distracción si la fiesta decae, y el entendido una razón más para resumir de que no se viene a eso sino a ver el toro, con lo que comienza el general contento de la discrepancia que es, dicen, la máxima razón a tan espléndida sinrazón y que abre paso a otras flores y natas del espectáculo: desde la peña que renueva por temporada sus pañuelos verdes por otros más grandes, hasta el que viene  reglamentariamente vestido de Banesto y oro o de rojete y cohíba, que tampoco es mal terno.

Y llegan los tímidos capullos turisticos como plantas uniformadas de almajara, abandonando la plaza al tercer toro – que siempre se tiene la sospecha de que adquirieron solamente media entrada-, y vienen alegres peñas de zampabocatas y trasvasavinos apositando al libro de los records, que incluso invitan al callado y olimpico ciudadano que cae un día a su izquierda y otro a su derecha, y en el que a veces reconocen al sabedor.

Así sucede que si el sabedor se encuentra a veces como flor en corral ajeno al cambiar de plaza o fecha, se adapta a las costumbres del lugar porque sabe que el Código Civil estableció hace un siglo que el uso y la costumbre  se aplican antes que los principios generales del derecho o las pretendidas teorias taurinas. Quien se arrogue el privilegio puritano de exigir que en la plaza de Pontevedra se toquen palmas por bulerias o intente prohibir la merienda en Almería tendrá el mismo éxito que una mula en una cacharrería.


Una anécdota

Y como todo lo que no es tradición es plástico lo ilustraremos  con una anécdota y una cita.
La primera presenta en la plaza del El Escorial a Jaíme Lamo de Espinosa- ministro de agricultura en 1981, fecha de autos- en una corrida de rejones cuando el oficiante de a caballo se lucía y una voz resonó claramente: “Señor ministro”, Jaime aguantó la mirada y esperó- aparentemente impasible y con la procesión por dentro- la continuación de la frase:”Mande a los músicos al paro”. El ministro sonrrió, probablemente aliviado, se levantó en dirección de la orquesta e inició con batuta imaginaria el pasodoble que provocó un aplauso atronador .

Si esto ocurre en las ventas, me callo, más vale no imaginar lo que podría haber pasado. Aquel “gallofo” –palabra escurialense si mal uno no recuerda juveniles romerías- ejerció su soberano derecho de espectador que al menos por una vez fue entendido al unísono por un ministro y el respetable.

Y, en el polo opuesto, hay que citar a aquel buen prosista- y hermano del gran poeta Manuel Machado- que pone en boca de Juan de Mairena a esa flor negra que no puede faltar en flora que de tal se precie.
Nos falta respeto, simpatía y, sobre todo, complacencia en el éxito ajeno. Si véis que un torero ejecuta en el ruedo una faena impecable y que la plaza entera bate palmas estrepitósamente, aguardad un poco. Cuando el silencio se haya restablecido, vereis indefectiblemente un hombre que se levanta, se lleva dos dedos a la boca y silba con toda la fuerza de sus pulmones. No creais que ese hombre silba al torero- probablemente le aplaudió tambien-, silba al aplauso...”

Hasta que llegue el frío y el fruto aparentemente seco de la afición se haga semilla al viento volandero del invierno, cuando las flores vuelven al campo y el satisfecho novillo escoge, entre todas, la del berro, sin probar las hierbas malas. Ni las buenas.



Información adicional
Amarres toros,
Desembarcado en Juan
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