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Artículo de Juan Gómez Soubrier Crítico de arte Revista Opinión 1976
Disfrazados de tema político, los intereses económicos y propagandísticos del Museo Metropolitano de Nueva York retrasan la vuelta a España del famoso cuadro encargado a Picasso por el gobierno español en 1937.
Aunque no lo parezca, ha leído bien. Cuando el visitante del Museo del Prado ve ante sus ojos la siguiente inscripción: "Préstamo temporal indefinido del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York" está en el pequeño pasillo que le conduce a unas pinturas españolas, sorianas por más señas. Es el museo americano quien ha tenido que prestarnos (a cambio, naturalmente, de otras contraprestaciones) algo tan entrañablemente hispano como las pinturas de San Baudilio de Berlanga, o, mejor dicho, una parte de ellas, pues el resto de la gran representación naturalista de nuestro arte románico está allí, y la frase es perpetuo recuerdo de eternas situaciones de olvido y abandono.
Olvido y abandono que no se dan en el caso del famosísimo cuadro condenatorio del bombardeo de Guernica y de todos los bombardeos con esa validez universal que alcanza la obra de arte y que dio origen a que se las adjetivase de maestras. El cuadro más importante pintado en el siglo veinte es de todos los españoles. Y no pueden los españoles verlo sin cruzar el charco por más intereses económicos y menos políticos, como suele suceder en más de una ocasión de disfraz. Sencillamente, el Museo de Arte Metropolitano de Nueva York obtiene una parte muy substanciosa de sus ingresos por la posesión de tal cuadro.
La versión a nivel de comentario callejero asegura que Picasso prestó su cuadro al museo americano con la condición de que no volviese a España hasta que funcionase en el país una democracia, extremo que no ha probado nunca el Museo porque no existe sencillamente tal disposición explícita, sino un documento que el pueblo y las autoridades españolas deben emplazar ya a mostrar a dicha institución. En tal documento (manuscrito, por cierto) habla el pintor malagueño de que su obra pertenece al pueblo español. La única forma de demostrar lo contrario sería enseñar los papeles y jugar claro y con números en la mano.
¿Dónde está el dinero producido por la visita al "Guernica"? ¿A cuántos españoles en general o artistas en particular se ha ayudado con él? No importaría el significado político de la ayuda, ya que los beneficiarios siempre habrían sido españoles y ya no serían discutibles los criterios. Pero el tema es otro, es simplemente un buen negocio a costa de una expoliación de posesión, porque sobre la propiedad del cuadro no ha habido más discusiones que las de broma hispana de café.
Como anécdota corre el rumor de que Renau, el pintor afincado hoy en la República Democrática alemana y director general de Bellas Artes en la República es el propietario del cuadro al haber pagado de su bolsillo la cantidad que faltaba a Picasso para cobrar como consecuencia del encargo hecho al pintor por el Estado español para decorar el pabellón español en la Exposición de París del año 1937. La historia comienza con anterioridad a Picasso. El cuadro se encargó a Arteta por ser vasco y fue él quien declinó el ofrecimiento y sugirió el nombre malagueño.
Y el cuadro como es sabido figuró junto a la escultura de Gargallo denominada "Monserrat", cerca de la fuente de mercurio, homenaje a Almadén, del escultor americano recientemente fallecido Alexander Calder y junto al cuadro de Joan Miró, "El segador". Por cierto que la fuente de mercurio fue exhibida el pasado año en Venecia y no pudo ponerse en funcionamiento debido a que el sindicato correspondiente alegó problemas de peligrosidad en el manejo del mercurio y no se pudieron ofrecer las debidas garantías para su funcionamiento.
Por lo visto la República no terminó de cumplir sus compromisos económicos y Picasso guardó el cuadro. No en el capítulo de críticas al mejor pintor del actual siglo (y mejor objetivamente tanto por su obra como por su influencia en todos los demás y sobre todo en la misma concepción del arte moderno y del artista de nuestro tiempo), sino en el de preguntas sin aclarar está el comportamiento de Picasso en todo este asunto. No se sabe la razón por la cual el cuadro no vino a España después de la Exposición de París.
Hay quien asegura haberle oído al pintor que consideraba la guerra perdida para la República, lo que concordaría con su ausencia durante la contienda, aun a pesar de aceptar el nombramiento de director del Museo del Prado que tantas veces había visitado en su juventud y que no vio jamás siendo su director. La muerte de Franco ha significado la posibilidad de poder contar cosas que no se solían contar, porque no era fácil ni honesto hablar de estas pequeñas historias bajo la égida de un hombre que estuvo una sola vez en nuestra primera pinacoteca, y de eso hace treinta y seis años nada menos.
Parece ser que Picasso cedió su obra al Metropolitan por dinero, es decir, mediante un acuerdo verbal de contraprestación económica periódica y que fue por esta razón por la que no lo retiró durante la guerra fría a pesar de haber recibido presiones para ello por parte de sus amigos comunistas ante la falta de coherencia de una actitud que implicaba que el cuadro estuviese en el primer museo del país más capitalista del mundo y que además celebró importantes pactos con Franco.
También parece que Picasso estaba molesto porque no fue bien acogido en su momento el posible montaje y exhibición de su obra en Moscú. De lo que no cabe duda alguna es acerca de quién es el cuadro y de en qué país debe estar. Lo primero que ha de hacerse es exigir la intervención del gobierno americano cerca del Metropolitan Museum conducente a la inmediata vuelta a España de la tela. Si el problema es fundamentalmente económico, como parece, se debe apelar a la conocida generosidad evasiva de impuestos de los millonarios de USA, aunque quizá baste con aplicar algo de la rentabilidad que el hecho de tener tal cuadro les ha proporcionado en tantos años.
Y nos referimos a estos ingresos indirectos sin que haga falta, porque basta imaginar los beneficios de la venta de reproducciones para sobrepasar las cifras referidas a museos españoles por todos los conceptos. Y, sobre todo, el tema puede en cualquier caso discutirse con el cuadro en España, en cualquier sitio de España. Por ejemplo, en Guernica. Por ejemplo, en el Museo del Prado. Por ejemplo, en esa sala recogedora e íntima del piso superior del Museo Picasso de Barcelona. O donde le dé la real gana al pueblo español que estará dispuesto a discutir su colocación en este o aquel otro lugar tantas veces como quiera. Porque para eso es nuestro y lo que no va a encontrar un solo apoyo es el insensato propósito de retrasar su vuelta a casa.
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