Acoso y derribo de bañistas ingenuos en Ibiza
Artículo de Juan Gómez Soubrier
Revista Opinion 1976


Inmarcesible. La adaptación a nuestras playas de los deportes camperos puede ser la salvación no solamente de nuestro futuro turístico, sino de todos nuestros futuros universales. Si el acoso y derribo de vaquillas se traslada desde las fincas andaluzas y se sustituyen las escasas vaquillas por los numerosos turistas que además de herejes son partidarios de bañarse sin paraguas e incluso sin gabardina, el viejo tipo de "caballero alanceador" correrá con el saldo de nuestra balanza de pagos con este nuevo servicio sin que haya de crearse industria alguna ni polo nuevo.
Pues érase una vez de este verano y en española playa, inteligente lector y desconocido compatriota, cuando unos jóvenes se aprestaban a contravenir todas las disposiciones relativas al desvestido en las playas.

La furibunda vigilancia de antaño sobre las sufridas carnes hispanoveraneantes ha sido sustituida por medios más eficaces. Ya quedan tan pocas playas donde uno pueda estar sin pelearse con doscientas mil botellas de plástico, latas de cerveza y cascos varios, que el hecho de ir con o sin bañador será anecdótico en breves años (o meses, o quizá semanas) y se hablará de cuando se podía llegar hasta el mar en playa famosa. Porque siempre quedan playas solitarias, pero claro está, es porque nadie va y porque lo bueno es bañarse donde haya más gente y más lio.


EL ACOSO. Pues érase una vez, decíamos ayer, cuando estos jóvenes en lugar de dedicarse a llenar las playas de restos de naufragio merendatorio y provocado, se introdujeron en la mar salada cuidadosamente vestidos de Eva y de Adán, según las circunstancias, o cuidadosamente desvestidos porque los españoles nunca han estado desnudos sino de falsedades y de hipocresías ¿verdad amigo lector?) y si acaso despojado de sus ropas como de tantas otras cosas. Y no solamente eran jóvenes, sino que además lo hacían en un sitio retirado, donde no se les veía, lo que aumen-taba su delito ya que lo de ser joven debería estar prohibido como una desconsideración hacia el "establishment".

Pero para eso estaba vigilante el corsario de ajenas vergüenzas y extraños pudores. A caballo en un fuera-de-borda ni grande ni pequeño, ni bueno ni malo, representante perfecto del burgués-viejo-estilo y conducido por un marinero (estas gentes no saben ni mojarse sin criados) comparecía en lontananza don Cimborrio (por llamarle de algún modo discreto) quien, al llegar observó que además de las antedichas felonías estos insensatos estaban alegres y encima no se metían con nadie. Y eso ya no podía tolerarse.

Sintiéndose azote de desvergüenzas y fustigador de costumbres decidió pronto sus planes: atacar a golpe de barcazazo a tan disoluto grupo. No importaba nada acercarse al borde de la playa, esas leyes son menos importantes que los sagrados preceptos sin desnudistas y el peligro de herir a alguien es un hecho despreciable frente al riesgo de contaminación de las almas puras de los lenguados y almejas que se exponían a presenciar la operación sin haber sido previamente instruidos (y no digo consultados porque esos de acoso y derribo no son partidarios de más consultas que las de los médicos traumatólogos y en cabeza ajena, claro) para que no mirasen ni de globo.

La armonía del universo necesitaba esta vara justiciera y nuestro buen don Cimborrio arremetió no se sabe si al grito de: Santiago y cierra España o con otro que no miente ni de broma tan rojo nombre. Lo cierto es que se fue hacia ellos y no cesó hasta que los tuvo fuera del agua a todos y cada uno de ellos, tras de lo cual se fue por donde había debido venir.


DERRIBO-FINAL. Fuera de sí desde su fuera-de-borda, el derribador cuida de que nada sea impune ni mucho menos desatado festivamente. Detergentizado cuidadosamente de presencias carnales, diezmado y disperso, el aire franco-franquista de estos mares veía los jóvenes salir despavoridos y quedar como cosas abandonadas de sí mismas, como "res nullius" romanas en sus redondas nalgas, donde únicamente faltaba el hispánico hierro marcado a fuego en los ijares.
Y en el colmo de su desfachatez un compiche lanzó una braga de bikini a las manos de la última y puribunda joven, que intentaba ponérselas al tiempo que alcanzaba las tranquilas arenas exentas de semejantes peces trasnochados.

Cuando se me cayó el dedo del disparador (ya sabes, ilustrado lector que no poseo otro disparador que el de mi máquina de fotos) me acordé de mi antepasado Juan de la Cossa y me puse muy triste: ya no se puede compartir el sentimiento hispano-oscurantistas, ilustrado lector, ya se ha perdido el norte y la guía, ya se caen los palos del sombrajo y no sé donde vamos a acabar. Me parece que a este paso podremos convertirnos en un país normal, pacífico y civilizado, lo cual sería gravísimo y podría motivar el que nadie nos conociese al faltarnos los más genuínos gestos raciales.

Menos mal que las gentes como el nauta-derribador-inquisidor defiende los sagrados principios e impide que confundamos la libertad con el libertinaje y, quién sabe, el culo con las témporas. Como debe ser.



Información adicional
Amarres historia, mar,
Desembarcado en Juan
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