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Artículo de Juan Gómez Soubrier Crítico gastronómico
Si hay una rama de la gastronomía siempre dispuesta a ponerse bajo la protección de los santos, es la pastelería. Turrón, pavo y besugo en Navidad, huesos de santo y buñuelos de viento para el Día de Difuntos, panecillos de San Antón y roscas por San Blas, endulzan el santoral a lo largo del año. En los madriles, San Isidro no ha de pasar sin que nos comamos una rosca. Ya se sabe lo malo que es en cualquier orden de cosa “no comerse un rosco”.
Se cumplen ahora 50 años de un curioso artículo publicado por nuestro premio Nóbel Jacinto Benavente sobre las mejores y legendarias roscas de la tía Javiera. Estas son sus palabras; “Por haber sido mi padre médico titular de Villarejo de Salvanés y por ser de allí mi madre, he tenido cabal noticia de la verdadera tía Javiera y de su descendencia.
Cuando yo nací (Benavente nació en Madrid en el año 1866), ya no existía la tía Javiera, que en efecto, no había dejado tías ni sobrinas, pero si una sobrina segunda que todos los años, por San Isidro venía a Madrid y tenía su puesto con las más Legítimas rosquillas de Villarejo y de la tía Javiera… No vestía de lugareña como las de otros puestos similares; vestía a lo señora de pueblo y llevaba al cuello un collar de aljófar de muchas vueltas”.
La que conoció Benavente era autentica sobrina segunda de la tía Javiera, pero luego debieron ser varias las que vendían rosquillas de Villarejo, titulándose hijas o sobrinas de aquélla. Hasta que una rosquillera de Villarejo se le ocurrió colocar en su puesto un cartel, que se hizo famoso y que decía: “Yo, como la verdadera tía Javiera, no tengo hijas ni sobrinas”
Estas rosquillas, que los madrileños castizos llaman “rosquillas del Santo” no son sino una trinidad diversa sobre una misma rosquilla. Hay las rosquillas “tontas” que se transforman en “listas”, cuando van recubiertas de yema y que los que saben llaman de Fuenlabrada, y las rosquillas de la tía Javiera recubiertas de un baño blanco y que no debemos confundir con las roscas de Santa Clara.
Y a lo dicho: que no pase San Isidro sin que nos comamos una rosca.
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