Cuento sin otoño
Foto:Juan Gómez Soubrier
Artículo de Juan Gómez Soubrier publicado en Diario 16 el 4 de septiembre de 1983

Este cuento verdadero y septembrino sucedió en un tiempo futuro de hace muchos años, próximo ya el otoño. Las calles de las grandes ciudades, pese al fin oficial de las vacaciones, apenas eran transitadas por los automóviles y los viandantes se saludaban de acera a acera, incluso los de distinta acera. El Ayuntamiento procuró un par de sacos de carbón pulverizado a dos excéntricos que se quejaban por la baja tasa de polución que les correspondía, y solucionó un caso grave de adicción situando delante del ciudadano afectado –a lo largo de todo el día– el único autobús humeante de que disponía la ciudad, resolviendo de pasada el paro metropolitano.

Los pueblos observaron que su población no desaparecía y celebraron el “veranico de los membrillos” y las Fiestas de las Vendimias recuperando emigrantes, asimilando enamorados del lugar y resucitando la trascendental fabricación de botijos sin asa, gloria de la región. Los hoteles de cada costa se mantuvieron abiertos a todo quisque, lo que les permitió renovar sus contratos a varias docenas de pobres jeques millonarios.

Cantantes, cantautores y cantamañanas prolongaron sus galas con gran contento de efebos, ninfas y ex paseantes en Cortes, mientras que los extranjeros descubrían que no todo español es torero y los locales se percataron de que no todo forastero es belga o francés en función de que les salga uno o dos cuernos por temporada. Los ecologistas no tuvieron que ocuparse de ningún caso urgente, lo que hizo posible su dedicación a “pre-ocuparse”, que es lo que realmente les gusta, en tanto que los pacifistas celebraban que las muertes en carretera no superasen, por vez primera, las víctimas en todo tipo de acción violenta, terrorismo salvaje o guerra incivil.

La Administración comenzó a funcionar sin necesidad de discutir otra vez la descentralización. Los ministerios se habían descentralizado voluntariamente y los burócratas que se encontraban en cada lugar comenzaron a solucionar los problemas del sufrido ciudadano, así como así y sin más ni más. Cerca de Cazorla quedó establecido el Ministerio de Pesca y, en Galicia, el Servicio de Plantas Tropicales del Desierto, pero salvo esto, todo funcionaba con alegría y algazara silenciosa. Allí terminaron las discusiones sobre transferencias, porque todo fue autotransferido por el descentre natural.

Las hojas no abandonaron su verdor ni las ramas de los árboles y hubo pámpanos para coronar todas las frentes en las báquicas y bacanales con las que se celebraron cosechas y mostos. En aquel tiempo futuro los terroristas se hicieron novios de las hijas de todos los notarios y las otras especies de tristes no perdieron su ligue casual y veraniego como solía ocurrirles en años anteriores. Todo olía a rosas en Dinamarca y hasta escribir en España no era llorar.

La razón que se contaba en aquellos tiempos era que cada ciudadano había decidido prolongar eternamente su veraneo y todos se habían negado a volver. Y, sin embargo, llovía. Mansamente, por cierto.

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