Firmas en la arena
Artículo de Juan Gómez Soubrier
Diario 16 ,junio 1983


Presidiendo con un sí es no es de altanería mi biblioteca en caballo tordo de infinita crin blanca, el Conde de Villamediana goza el caracoleo de su montura sobre un toro bravo y muerto.
Esta mano que sostiene la adarga es la misma que llevó el soneto castellano por altas cimas y esta litografía de la “Lidia” sería testimonio de otro tiempo si el tiempo no fuese algo menos que fulgor de momentos.

Cada año la feria de San Isidro renace y el Conde desde el marco relee a quienes acuden por su pluma a los espacio de Prensa reservados a la información taurina no profesional. Más de doscientas firmas han bajado a la arena en espectro tan amplio que comprende desde un exdirector del Museo del Prado, que no ha podido asistir durante medio siglo por su condición de eclesiástico –Federico Sopeña–, hasta el cantautor que ve asombrado por primera vez el coso y tararea el viejo cuplé: “No debía de quererte y, sin embargo, te quiero” –Ricardo Cantalapiedra– y entre todos resucita la voz clara de Manuel Machado: “Antes que un tal poeta, mi deseo hubiera sido ser un buen banderillero”, lo que suele especialmente acontecer a aquellos que vienen a escribir en contra de la fiesta de toros, en sus frustrados deseos de estoqueador, señalados con la habitual pulcritud y aseo de ese gran lidiador del verbo que es Amorós, y que ha citado al alimón limonero con Jiménez Losantos, sin olvidar día ni detalle, del pitón al rabo.


Decadencia

A estos que desempolvan los viejos argumentos importados por un real privado jesuita y extranjero de hace tres siglos y que soñarían prohibir las corridas hay que mimarlos, porque la fiesta desaparecerá el día que no tenga enemigos y no conozca expresión más patética de la decadencia humana que la figura de aquel viejo pintor americano de insufrible carácter que se lamentaba así: “Moriré  pronto, ya que no me queda ni un buen enemigo”.

Carmen Martín Gaite afinando su sensibilidad para que nunca el espectador olvide la suprema seriedad del hombre frente a la bestia o el presidente de la Comisión de Presidencia del Gobierno e Interior del Senado –Juan Antonio Arévalo–, preocupado y ocupado en sentar las bases que impongan el fraude o la voluntaria mesura de un Carlos Abella haciendo escueta y veraz la crónica de lo diario.

A todos ellos la fiesta ha de estarles agradecida aún en mayor medida que otros factores. No falta la razón a quien afirma que la tauromaquia nació porque tenemos sol, ni a quien señaló que es la existencia del toro bravo su elemento fundamental, ni quienes reinventan mitos, resucitan dioses; todos tienen su  razón y probablemente quienes bajamos a la arena en estas fechas no hayamos tenido tanta. Pero lo importante no son  las razones esgrimidas, sino el mismo techo de servir de testimonio a la vitalidad de algo que afortunadamente resurja con ese carácter inexorable de las plantas y los amores.


Estética

Ramón Ayerra “más listo que los ratones coloraos” ha hecho la mejor alabanza de la corrida de toros; ha afirmado que lo único que le faltaba era la Guardia Civil y, ¿no sería el mismísimo “desiderátum” una España que, como la fiesta, pudiera alcanzar su esplendor sin la necesidad de tan Benemérito Cuerpo?

“Sí, todo era escandalosamente hermoso” es una frase certera y es el sentimiento estético a ultranza de Lola Gavarrón, quien lo afirma sobre la arena en la que Francisco Nieva preconiza la corrida del año 2000 y un Antonio Gala fieramente poético: “Acaba ya: si quieres irte, vete / si matar, mata / si negarme, niega”
Y sea en los ojos que relata Alberti o en la dura y limpia confesion de Javier Villán: “Todo acto de creación es un ritual sangriento, una destrucción, una voracidad caníbal; constreñirlo sólo al arte de torear es una hipocresía”.

Y la honradez máxima de Fernando Quiñones escribiendo “la contradicción que me aflige en cuanto a los toros” o aportando la frase imposible dirigida a un torero artista, tildado de medroso: “Si no tienes ni miedo”. Vuelve Areilza relatándonos su primera corrida y lo que su padre dijo: “Para que vea a Cocherito y para que conozca el país en el que ha de vivir”. País que existirá –según dijo Tierno Galván– únicamente mientras subsista la fiesta, porque, si no, habría que poner un letrero en los Pirineos: “Aquí yace Tauridia”.

Y el Conde más azaroso y de más alto picar de nuestra historia –si historial hubiera– sonríe al ver un año más tanta pluma gloriosamente ofrecida por las arenas y comprobar que no se trata de aquellas plumas que él tanto odiara y que eran: “Firma que niega amor en blanco escribe”, sino plumas enamoradas hasta cuando ofrecen a la fiesta el supremos holocausto del odio.
Información adicional
Amarres toros,
Desembarcado en Juan
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