¡DON QUIXOTE, GO HOME!
Artículo de Juan Gómez Soubrier
Diario 16
17de julio de 1983


Creer que Sancho Panza era bajito, que de Dulcinea se dicen maravillas y que lo escribió Cervantes son sólo tres curiosas consecuencias de no haberse leído el “Quijote”, algo tan normal como asegurar haberlo hecho en las mejores familias y ediciones.

A Sancho le ven y pintan chaparro quienes no saben que también atiende por “Zancas”, dado lo desmesurado y largo de sus piernas, y suelen ser los mismos que aburren a las ovejas hablando de esa caja que nunca tuvo Pandora o de la venda que en Grecia jamás cubrió los ojos de Eros: esa tontería de que el amor es ciego no pudo ser invento griego.

Las virtudes de Dulcinea se compendiaron en esta sola frase: “Tenía la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha” y ni siquiera figuraba en el original.

Unas cuarenta y siete veces bien contadas niega Cervantes su paternidad de la novela y otras tantas le cuelga el sambenito de la autoría a un fulano con el que no reconoce otro nexo de unión que el aberenjenado aspecto de sus narices, amén de aclarar , para mayor confusión, que se escribió en letras arábigas, que Cervantes afirma no conocer.

El “Quijote” es rayuela cortazariana capaz de hacer tropezar en la raya de un lápiz al ingenuo que lo empezare por el principio, en lugar de hincarle el diente por el capítulo IX de la primera parte y aún mejor por el final del capítulo VIII, meollo y nacimiento de esta novela de novelas.

Viajeros que no saben leer y eruditos que leen y no viajan llevan tres siglos y medio estrellándose en la primera frase, sin averiguar el lugar del que “no quiere” acordarse. Aunque no “quiera acordarse” es un nombre que “no puede” olvidar y para ello no hay mejor hipótesis que el tratarse de su propio nombre de pila. La ceguera de los investigadores y su afición a buscar rebuscadísimas soluciones les impide ver un sencillo cartel que a la salida de El Toboso reza: “A Miguel…, 12 kilómetros”. Además de citar en la segunda parte otro pueblo cuyo nombre también empieza por Miguel.

Lo cual permite abandonar complejos ante los sacerdotes de un falso saber que sitúan los lugares quijotescos en la carretera Madrid-Valencia como acaba de hacer Grahan Green en ese refrito de Don Camino del Guareschi y Don Quijote, o gozar en la prodigiosa invención de “tata” Borges y su autor francés del “Quijote”, ese tal Pierre Menard al que casi, casi contradice Jorge de Burgos en nombre de las rosas.

Para conocer y comprender la práctica totalidad de la cultura de Occidente hay que haberse leído siete libros, uno de los cuales es, evidentísimamente, éste, pero varias veces –hasta sabérselos sin repipieces– y sin olvidar que al mismo Don Quijote el leer mucho le costó la lucidez y la salud, aunque ésta es lectura sana que hizo aclamar a Felipe III, cuando vio en la plaza Mayor de Madrid a un hombre que reía estrepitosamente con un libro en las manos: “Ese hombre, o está loco o está leyendo el Quijote”. Y si se busca excusa para no leerlo, no será malo apoyarla en opinión tan autorizada como la de Lope: “Ninguno hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote”.


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Amarres literatura,
Desembarcado en Juan
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