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Artículo de Juan Gómez Soubrier Periódico Pueblo 15 de diciembre de 1979
Puede que los infieles deseen haber sido musulmanes… Leyendo esta aleya de la sura 15 (al-hichr) debemos empezar a situarnos en el lugar del paisaje en el cual nos ven unos seiscientos millones de creyentes musulmanes. Malamente podremos intentar comprender los fenómenos del Medio Oriente si los contemplamos con el juego de pesas y medidas cartesiano al que intentamos reducirlo todo los bárbaros de Occidente. La soberbia impide todo conocimiento y en nada hay tanto vano orgullo como en el uso de la pequeña lógica formal racionalista. En la misma sura del Corán, que habla de los infieles, ya se nos advierte que aunque nos abriesen una puerta en el Cielo y nos lo enseñaran diríamos: “Nuestra vista ha sido enturbiada o embriagada, se nos ha hechizado”. Todo son excusas para no reconocer la verdad.
La religión de mayor expansión actual en el mundo a la que se convierten en masa los negros estadounidenses y hasta personajes de la extrema derecha europea tiene que ser mejor conocida por un país como el que pisamos y en el cual han nacido bastantes de sus mayores místicos y pensadores. La doctrina árabe recoge gran parte de su savia, cito sólo un ejemplo por ser paisano, en genes de Murcia como Ibn’Arabí, y apenas ha quedado huella consciente de ellos en las gentes del lugar. Está en los refranes, en chistes arcaicos, en aquellas facetas mágicas de nuestra historia viva. Desnudos de esa falsa superioridad hemos de acercarnos a sus textos, a sus creencias. Imposible entender la emoción con la que han entrado en un nuevo siglo los chiítas de Jomeini sin conocer que como tales eternos enlutados (que no otra cosa significa chiíta) aguardan la vuelta del pozo al que se sumergió el último y doceavo imán. Y que piensan que su Gobierno es solamente una provisionalidad hasta el momento (cualquier momento) en que aparezca.
En este momento elegido se nos ofrece una impecable y accesible versión del Corán. Sin olvidar que su liturgia es solamente válida en árabe y con gran cuidado de no estropear con nuestros “conocimientos” la auténtica “sabiduría”, debemos entrar en su lectura. Los Coranes en castellano existentes hasta ahora, o no llegaban o se pasaban. Pequeñas recensiones partidistas aseguraban que “como religión hizo la más deleznable o, por mejor decir, ni hizo ninguna”, según reza en la edición que compré de lance un día, son un extremo. El otro, obras capitales que conservan la sintaxis árabe y son incomprensibles para el lector (Cansinos Asséns o Vernet).
La edición que tengo en las manos es clara y amañosa. Lo primero por la traducción impecable de Julio Cortés (naturalmente, profesor en USA), y lo segundo, por la introducción y el índice analítico de Jacques Jomier. Porque si no se sabe que cada vez que se lee en el Corán “Espíritu Santo” no hemos de entender la tercera persona de la Santísima Trinidad, sino “el ángel Gabriel”, los patinazos pueden reconducirnos a la total y tradicional ignorancia.
Ahora que termina el luto de aquellos que se sacrifican en recuerdo de la muerte del último descendiente del Profeta, y que lo hacen sin piedad porque tienen asegurado el paraíso si mueren en estos días santos como consecuencia de flagelaciones y autocastigos, y saben que la comunidad les pagará el féretro y el transporte para ser enterrados junto al perdedor de la batalla de Kerbala, es un momento perfecto para comenzar a leer su credo. Que, por cierto, no es éste, sino la auténtica palabra de Dios que solamente a través de un proceso iniciático y restringidísimo puede llegar a conocerse. E interpretarse de modos muy diversos, como han hecho los sunnitas de la tribu nómada que el cambio de siglo (no es cierto, hombre occidental, que sólo existan nuestros siglos de las luces) lo ha celebrado proclamando al séptimo imán a punta de metralleta frente a los asombrados peregrinos de La Meca. No menos asombrados que nosotros al leer el libro escrito por Mahoma, pero cuyo autor es Dios, el único, y cuya lectura en este ejemplar de Editora Nacional nos descubre –otra vez– el camino de conocer al hombre de Alá y mucho de nuestras raíces. Pero ésa, ésa es otra historia.
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