¿Amigos?

Artículo de Juan Gómez Soubrier
Crítico de arte de la revista Tiempo .Octubre de 1983


Acaba de crearse la Federación Española de Amigos de los Museos, constituida por los Amigos de los Museos de Cataluña y los Amigos del Museo del Prado, que, en el momento de su nacimiento, hace una llamada a todas las demás asociaciones existentes de amigos de museos para que se incorporen a ella. En Francia la integran setenta y una entidades; en Inglaterra, ciento veinte. Al leer la noticia se presenta ante mí la imagen del filósofo más importante del siglo XX, ese perrito perezoso y soñador llamado Snoopy, gritándome una de sus frases más famosas: “Necesito todos los amigos que pueda conseguir”. No es posible imaginar mayor soledad que la que sufren los museos en un país cuya riqueza artística supera en mucho las posibilidades de conservación y restauración de su patrimonio artístico, aun suponiendo que el Estado se ocupara debidamente de ello.

Aunque las estadísticas estiman que únicamente las asociaciones en contra de algo tienen éxito en estos tiempos, no hay que desesperar; las estadísticas son como aquellas piezas de baño usadas por las señoras, antes del topless, llamadas biquinis. Si todo lo que permiten ver es sugerente, todo lo que ocultan es fundamental. Y quizá lo que ocultan, en este caso, es que los museos tienen quienes les aman y están dispuestos a aumentar su gozar y difundir la paz de sus claustros.

Son tiempos éstos en que todo se pide al Papá-Estado-Mamá, lo que puede hacernos menos incapaces, ciudadanos disminuidos por nosotros mismos, sujetos meramente pasivos de la vida, causantes, ni siquiera culpables, porque la culpa presupone capacidad para ser responsables-colaboradores y cómplices de que los museos sigan siendo cementerios de cuadros y escaparates en saldo de nuestra propia historia.

No sería mal momento éste en que las llamadas recuperaciones están a las órdenes de los días para revitalizar aquellos amigos del arte que tanto hicieron por la investigación, exhibición y conservación de nuestro patrimonio artístico, y cuyos importantes legajos y archivos esperan la lejana mano de nieve –Bécquer– bergaminiana.

Como en un cuento navideño de Dickens, el invierno frío cerca de los museos, esos niños y ateridos en campos abandonados o ciudades contaminadas. Una buena solución sería que nos inscribiésemos de inmediato todos los que nunca han votado ni pertenecido a ningún partido político o asociación religiosa. Y cada uno de los otros. O sea, todos… Incluso los que tenemos la debilidad de amar el pasado, el presente y el futuro de nuestro país. ¿Qué le vamos a hacer?

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