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Autor:Jose Luis de Vilallonga Revista Panorama 1991
Ha escrito varios libros, entre ellos Museo del Prado: una visita enamorada y también Cómo dárselas de experto en el "mus". Conmigo estuvo a punto de escribir Cómo ser un caballero y cómo dejar de serlo, pero piensa, al igual que Chardonne, que la pereza es una virtud que nos ayuda a tomar conciencia de la vida y, naturalmente, nunca vino a trabajar. Presume de ser uno de los paladares más exquisitos de España y debe de estar en lo cierto, porque cuando come según sus gustos, se transfigura. Sabe de vinos y de cigarros puros, lo cual es una garantía de calidad humana.
Siente pasión por los toros y recuerda que Alejandro Dumas, al salir de su primera corrida, exclamó: “¡Haga usted dramas después de esto!” Le gusta, claro está, el cante jondo, pero también el jazz y los viejos boleros de Lucho Gatíca. Le subyugan las ingenuas perversas –que a veces tanto le hacen sufrir– y los versos sueltos del barroco español. Cree sinceramente que el erotismo es el motor del mundo (él dice del Universo) y detesta la falta de lealtad, la mediocridad y todo lo que tenga que ver con la clase media. “Me entiendo muy bien con un duque y con un fontanero, pero muy mal con la clase media.” De sus muchas conferencias sobre la gastronomía y el arte no es fácil olvidar aquella que llamó: Museo del Prado: el gran enfermo de nuestra cultura. Siempre que mencionamos el tema arremete iracundo contra los molinos de viento. “Habría –clama– que prohibir a los políticos que se ocupen de cultura. Primero porque la cultura les inquieta y segundo porque para ocuparse de cultura hay que ser culto.”
– En España –repite una y otra vez– deberíamos gastarnos el dinero en levantar paredes para colgar los cuadros que se amontonan en los sótanos de nuestros museos. En los sótanos del Prado hay más de 5.000 cuadros que el público no ha visto nunca, y en la Academia de Bellas Artes calculo que habrá unos 1.600 más. Sólo con esas obras se podría constituir una de las colecciones más importantes del mundo.
– ¿Más importante que la colección Thyssen que pronto verá la luz en el palacio de Villahermosa? Juan Gómez Soubrier reacciona como si le hubiese picado una avispa. – No me diga que usted también ha caído en el papanatismo de los que dicen que después de la colección de la reina de Inglaterra, la de Thyssen es la más importante, porque no es cierto. Thyssen tiene, sí, muchos cuadros, pero inferiores en calidad a los de otras colecciones. Por ejemplo, a la de los príncipes de Liechtenstein, sin hablar de lo que encierra en palacio de Liria, desde el retrato del Gran Duque de Alba, los Goyas y la mayor colección del mundo de dibujos de Durero.
Thyssen no tiene ni una sola obra maestra de esta categoría. Tiene multitud de cositas maravillosas, cositas «light», de eso que yo llamo «pintura protestante», cuadros flamencos, holandeses, cuadros de Flinck, de Bylert, de Bosschaert, de Maler, etcétera; grandes pequeños maestros prácticamente desconocidos del gran público. Pero ninguna verdadera ‘opera magna’. Y cuando se habla de una colección conviene no confundir las obras maestras con las cositas maravillosas. A mí me parece un disparate gastarse 10.000 millones de pesetas en traerse a España una colección que no nos aporta nada de lo que le falta al Prado; por ejemplo, un Piero della Francesca o un Cimabue.
Aquí tengo un recorte en el que Alfonso Pérez Sánchez, director del Museo del Prado dice: «El acuerdo con los Thyssen tiene el don de enmarañarlo todo, pero para el Museo del Prado supone frustración de un programa de expansión en un periodo de tiempo largo”. Y Pérez Sánchez añade: “Por otro lado, esto es un alquiler, no una adquisición”. Yo pienso, con otros muchos, que detrás de toda esto hay una gran operación financiera de los Thyssen en la que deben de estar involucradas personas de mucho peso. Pero, en fin, a mí eso es lo que menos me importa. Lo que me importa es que estemos alquilando una colección que me parece incoherente. Al abuelo del barón, según me dicen, le gustaban los retratos y sólo compraba retratos. Era un hombre coherente. El padre del barón empezó a enredar las cosas comprando tablas, Holbeins, esculturas y objetos de arte. En cuanto al actual barón, no parece que tenga criterio fijo, igual compra un Caravaggio que un Gauguin.
El año pasado dejó escapar un autorretrato de Picasso muy superior a su Arlequín con abanico. Lo coherente sería comprar todo lo mejor que se haya pintado entre los años 60 y 80. Coherente y ejemplar es la colección de Jacques Hachuel, que reúne las mejores obras de Picasso, Miró, Tàpies, Fracis Bacon, Fernand Léger, Julio González, Giaccometti. Pero comprar hoy un Juicio Final de un maestro veneciano y mañana un Cézanne de segunda fila es todo menos tener talento de coleccionista. Y ahora, hablemos de cocina
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