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Artículo de Jose Luis de Vilallonga El País Semanal
Querida mía: Juan Gómez Soubrier y yo nos comimos ayer media vaca de Betanzos en El Frontón, de Miguel Ansorena. Una carne como para dejar sin habla a un argentino, si eso fuese posible. Cuando el estómago está satisfecho, la mente, paradójicamente, divaga con una inquietante ligereza. Hablamos de todo un poco. De lo mal que canta Plácido Domingo las rancheras mexicanas, de la simpatía que despierta en ciertos sectores de la clase media el comisario Amedo y, naturalmente, del cupo ese del 25% que el PSOE ha establecido para las mujeres en sus listas. A mí me parece poco. A Juan también. Hubiésemos preferido un 50%. Pero qué se le va a hacer, el macho ibérico, ya sea de derechas o de izquierdas, sigue siendo el mismo de siempre. Reticente, receloso e incluso desamparado frente a la mujer que piensa y se mueve con más eficacia que él. Ellas, que de tontas ni un pelo, tratan a sus hombres como a niños y les tiran rosas a la cabeza, como hizo Carmen Romero el otro día.
Nos levantamos de la mesa a las seis de la tarde y nos fumamos un puro dándonos un garbeo por la plaza de Tirso de Molina. ¿En qué otro país del mundo se puede todavía vivir así? Me parece que en ninguno, en lo que se refiere a la holganza, estamos a años luz del resto de Europa. Qué bien, diría Sánchez Dragó. Qué mal, pensamos los que quisiéramos que España dejara de tocar las castañuelas y se pusiera a trabajar. “¿Por qué –se asombra Soubrier– has vuelto aquí, a nuestro tranquilo y placentero desorden, después de 40 años de vida cartesiana en París?”. Me lo sigo preguntando, ¿sabes?, y sólo encuentro como respuesta razones poéticas. ¿Por qué, pregunto a mi vez, por qué vuelven los viejos elefantes a su lugar de origen cuando intuyen que pronto habrán de acostarse en espera de la muerte?
Hace años, sin saber muy bien la razón, puse como exergo a uno de mis libros Fiesta, una curiosa frase de Francis Bacon: “Haced, Señor, que la muerte me llegue de España…” Y nunca olvidaré aquello que dijo mi abuela cuando se enteró del fallecimiento, en Francia, de un señor de Barcelona amigo suyo: “Morirse en el extranjero… ¡pero qué ordinariez!”. Con el optimismo falaz que le provoca el rioja, Soubrier dictaminó: “En resumen, que a lo que has venido aquí es a que te entierren”. A que me incineren, corregí. Así lo he dispuesto en mi testamento. Me gustaría que mi viuda se vistiese de alegres colores y que, con la urna debajo del brazo, se fuera a aventar mis cenizas en lugares cuidadosamente elegidos por mí de antemano.
Unas pocas, al pie de cierta colina en el Ampurdán. Otras pocas, en cualquier cala de Mallorca. Apenas un dedal, en la plaza de la Concordia de París. Un pellizco, en la Quinta Avenida de Nueva York, justo delante de Tiffany’s. Y todo lo que quedara en el fondo de la urna, en el albero de la Maestranza de Sevilla para que una tarde me pisara Rafael de Paula. “A tu mujer no le va a hacer gracia tanto viaje. ¿Qué tienes tú contra el entierro?”.
Yo sé que Soubrier es digno de las más recónditas confidencias. Me aterra, le expliqué, la idea de que los míos me entierren incorrectamente vestido. Mi padre, ¿sabes?, tuvo el mismo problema. Era un hombre muy elegantón que le daba una gran importancia a todo lo que a vestimenta se refiriera. Don Alfonso XIII, de quien era gentilhombre, le preguntó un día: “Salvador, ¿cuánto tardas en vestirte?”. “Tres horas, señor”. “Pues yo me visto en diez minutos”. “Se nota, señor, se nota”, le contestó mi padre apesadumbrado.
Un día nos anunció, como quien no quiere la cosa, que tenía la intención de ingresar en la Orden de Malta. “¿Para qué?”, dijo mi madre sorprendida por la noticia. “Tienes otros uniformes mucho más bonitos”. “Sí”, admitió mi padre, “pero los de Malta llevan una capa que los cubre de la cabeza a los pies. Y así quiero que me enterréis, cubierto de la cabeza a los pies. No sea que vayáis a…”. “¿Que vayamos a qué?”, quiso saber mi madre.
Tras hacerse rogar unos minutos, mi padre nos contó una historia que nunca he olvidado. “Me acababan de nombrar”, nos dijo, “ayudante del general Monasterio, quien, como sabéis, mandó nuestra caballería durante la guerra civil, cuando en un pueblo del frente de Aragón que sonaba algo así como Gargajo del Obispo nos sorprendieron tres aviones rojos salidos de entre las nubes. Echamos precipitadamente pie a tierra y nos tiramos al suelo entre las tumbas del cementerio vecino. El bombardeo sólo duró unos minutos, pero hizo grandes estragos.
Saltaron por los aires varias lápidas hechas pedazos, y los arcángeles de mármol que coronaban algunos mausoleos se hicieron trizas sobre la hierba. Acabado el bombardeo, levanté la cabeza y lo primero que vi, colgando de las ramas de un árbol, fue el cadáver, en avanzado estado de descomposición, de un caballero estrictamente vestido de frac, con el pecho cruzado por una banda que me pareció pertenecer a algún mérito agrícola. Las deflagraciones habían dejado al caballero en cuestión descalzo. ¿Y sabéis por qué? Al muerto vestido de frac le habían puesto calcetines blancos. Eso es lo que hicieron con el pobre hombre su amantísima viuda y sus no menos amantísimos hijos. Le vistieron de frac y le pusieron calcetines blancos.
Quizá el muerto se pasó la vida tratando, como yo, de ir correctamente vestido. ¿Y hay que ver cómo acabó? Yo no quiero que me pase lo mismo. Sumidos en el dolor, sois capaces de quitarle importancia a los detalles que para mí la tienen, y mucha. Así que de Malta, con la capa y cubierto hasta los pies”. Así le prometimos que se haría. Y papá se fue tranquilo al otro mundo. Yo, para no complicar las cosas, prefiero que me quemen. Si, como temía mi padre, sumidos en el dolor, los míos me visten de cualquier manera, las llamas se encargarán de que mis cenizas me conviertan en un muerto correcto y de buen gusto.
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