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Artículo de Juan Gómez Soubrier bajo el pseudónimo de Juan de Zarandona Revista Hombre de Hoy 1987
La venganza de los dioses griegos y la confianza del experto musolari son platos exquisitos que únicamente pueden tomarse fríos. Sólo el alevín de musolari, el grumete del periodismo y algún incipiente escritor manchego caerá en la trampa de las prisas y las prosas. Imagínate, desocupado lector, que la suerte te ha tocado con notoria ventaja en el tanteo. En ese momento, cuando la calma presagia la tempestad del enemigo y su desaforada afección al ordagueo, el musolari avezado da un nuevo sorbo a su carajillo y musita con aparente desgana y con herida disciplencia: ¡nos saca la marea! La situación es exactamente la que puede admirarse en la ilustración que acompaña estas líneas. La barca de los envites debe quedar anclada para Ud. en el vacío que la marea baja dejó al descubierto. Cualquier movimiento mal hecho, cualquier órdago acertado a destiempo, cualquier acción o jactancia a deshora puede arrojarle en el piélago insondable del juego perdido. El musolari, o piloto, ya curtido en estas lides, escuchará impávido los sinuosos cantos de sirena de la pareja contraria -naturalmente perdedora desde el origen de los tiempos- e intentará dirigirle adoptando todos y cada uno de los trucos con los que Circe intentara persuadir a Ulises para que nunca regresara a Itaca. Mientras, aguarda que le llegue el turno de ser mano, y servido con duples y 31 nada debe alterar su paz, a no ser que la ventaja se haya achicado en demasía o que la deseada e insultante presencia de algún mirón de lujo obligue a dar una lección de prepotencia. El riesgo de jugar para la galería será, normalmente, de aumentar las posibilidades de perder un juego que ya se considera ganado. Pero no se preocupe, el azar sólo actúa en función de la necesidad y -como usted ya habrá adivinado- la necesidad únicamente puede resolverse en el mus por medio del azar. Nos referimos a la muerte súbita de la pareja contraria, que intentó fatigarnos con su pesadez sin abandonar a tiempo una vez que, como era obvio, la marea nos llevaría en sus dulces brazos hasta la gozosa playa del triunfo inenarrable. Si la marea no nos salva, alcémonos orgullosos con la derrota y hagamos con nuestros naipes un castillo. Sí, de fuegos artificiales.
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