|
* Artículo de Juan Gómez Soubrier publicado en el diario El País el 27 de enero de 1984 El Museo del Prado está siendo devorado por la espiral de dejadez y
de desidia que ha rodeado su vida, hasta el punto de que no se conoce
ni tan sólo la cantidad y la localización de varios centenares de las
obras de arte de su propiedad. Ésta es la tesis que sustenta el autor
del artículo, que pronunció el pasado miércoles una conferencia en el
Centro Cultural de la Villa de Madrid sobre este tema.
Para atravesar los ríos, ciertos indios americanos no luchaban
contra la corriente, sino que braceaban de costadillo en aquel estilo
llamado over o cuchillo; tal modo de nadar, adecuado a
corrientes pacíficas y caudalosas, no era aconsejable cuando se
presentaba el voraz y despiadado remolino.En tal caso, el indio sabedor
se dejaba arrastrar hasta el fondo y, al llegar al cieno, daba un firme
y seco pisotón en el suelo, única y eficaz manera de poder volver a
respirar el aire fresco que le aguardaba en la superficie. El
Museo del Prado muere hoy, devorado en la trágica espiral que han
formado sus propios hijos, que somos -nadie se excuse, nadie acuse-
todos los españoles. Cuál es el número de obras que pertenecen al
museo, dónde se encuentran y en qué estado de deterioro se hallan son
las preguntas de más triste respuesta de nuestra cultura.Casi un millar
de cuadros sin documentar duermen en sus depósitos, 1.046 están
perdidos o extraviados y 379 permanecen pendientes de localización.
Hace una docena de años que no se reedita el catálogo, y las cifras que
se pueden comprobar no coinciden jamás. Si se suman los tres
inventarios -así me lo explicó el actual director- hay 6.686 cuadros.
Pero si se atiende a la última ficha existente el mismo día de mi
conversación con él, aparece el número 6.954 sobre un cuadro de escuela
francesa donado por Elsa Frick. Doscientos sesenta y ocho cuadros, amén
del millar no clasificado, es demasiada diferencia para un cuarto de
hora de desfase en la información. Ningún lenguaje tan expresivo, a
veces, como el escueto estilo judicial: "El Museo del Prado debe saber
lo que tiene y dónde lo tiene" fueron las palabras pronunciadas por el
fiscal general del Estado en la solemne apertura de los tribunales de
1980. La mayor sorpresa de la investigación no consistió en la
desaparición de obras, sino en que aparecían muchas más -unas 2.500,
según la policía judicial- de las que el museo creía haber perdido. Cuadros Ignorados Al
llegar a la Escuela Superior de Canto buscando un par de cuadros, los
funcionarios del museo y la policía descubrieron, no sin sorpresa,
otros 16 cuadros cuya existencia se ignoraba, y al pedir siete al Museo
de Granada, su director añadió información sobre otros 77 que no le
eran reclamados. Dos ejemplos entre dos millares y medio de sorpresas
pueden bastar al lector. En la actualidad, sólo pueden verse, de
entre esos casi 8.000 cuadros nuestros, 1.014. La excusa fácil de
hallarse el edificio en obras no sirve para las pinturas expuestas en
el Casón -sin obras de climatización- donde de casi 5.000 cuadros se
exhibe la ridícula cifra de 259. Otra disculpa tradicional de sus
rectores se refiere a que los cuadros más importantes se hallan
expuestos, lo que tampoco es cierto. Elegido un pintor español famoso y
representativo como José Ribera, El Españoleto, puede
comprobarse que únicamente cinco de sus cuadros están en las salas,
permaneciendo los otros 45 que tiene el museo en algún oscuro almacén. Ni siquiera su Inmaculada está a la vista, pintura de máxima calidad y rocambolesca historia,
oculta y ocultada. El cuadro, propiedad del Prado desde la
desamortización de Mendizábal, fue de nuevo depositado en el convento
de San Pascual, su anterior propietario, que creyó recuperar la
propiedad. Casi un siglo después, en los cercanos :años sesenta, se
vendió a un comerciante en cuya tienda lo reconoció el que fuera
director del museo, Xavier de Salas, dando ello lugar a un final feliz. Revoluciones Ni
siquiera las revoluciones, desastres o incendios, han causado tanto
daño al Prado como la desidia y la negligencia de sus responsables.
Desde la revolución rusa hasta los sucesos de Lisboa de 1975, pasando
por la no contestación de Fidel Castro acerca de los existentes en la
Diputación de Santiago de Cuba, ni los bombardeos de Berlín y Viena, o
la revolución de Asturias, ni los incidentes de Tortosa de 1936, han
sido capaces de destruir sino una parte ínfima de lo que el abandono
ostentoso ha hecho desaparecer. Hemos hablado de los cuadros, que
es la, parte más importante y más cuidada. Si nos adentramos en el
resto de las obras de arte que pertenecen al Prado, el remolino es
abismal. Al tratar de saber cuántos, dibujos posee el museo, su
director nos remitió al libro publicado por el mismo en 1972, donde la
cifra queda convertida en algo tan inconcreto e inútil como la
siguiente y literal frase: "Será una masa de unos 4.000", acompañada de
otras igualmente científicas como "eI llegado Allende-Salazar y el Baroqui añadieron unas decenas de dibujos a la colección". Baste recordar que entre esa masa -o, aun mejor, amasijo- se encuentran los 450 de Goya, por sí solos merecedores de un museo. El
conservador de las restantes obras de arte -esculturas, piedras duras,
grabados, miniaturas, monedas, medallas, alhajas del Delfin, etcétera-
se negó a dar ninguna información sin el visto bueno del director, en
la mejor tradición oscurantista de la casa. Una anécdota de oro sobre
tal tradición se produjo en 1957, cuando se ofrecieron al Prado las
pinturas románicas de Casillas de Berlanga por el Ministerio de Asuntos
Exteriores, que había gestionado su cesión del Metropolitan Museum de
Nueva York, que adquirió a principios de siglo tal tesoro de
importancia mundial. El director imperante en aquel año se negó a
admitirlas con el peregrino argumento de que mostrar la, para él, torpe
pintura románica en el Prado, "sería tanto como justificar a Picasso". El
oscurantismo, e incluso el ocultismo, continúan cerniéndose sobre las
alhajas del Delfin, entre otros muchos ejemplos. Desde hace una decena
de años están ocultas, con el agravante de que a unos cientos de
metros, y en el también estatal Museo de Artes Decorativas, se dispone
del más idóneo espacio para exponerlas: allí se hallan las fundas de
esas mismas joyas, y bastaba con situar cada pieza junto, dentro, en
lugar del envase. Éste que fuera tesoro de Felipe V continúa sin
exponer y reaparecerá ocupando inútilmente un espacio seis veces mayor
que aquel donde tradicionalmente se exhibía, sobre plintos y vitrinas
de diseño disonante con el entorno -según el proyecto existente- y
habiéndose destruido la preciosa y precisa rotonda que lo albergaba. Chistes A
principios de siglo fueron robadas 18 piezas de dicho tesoro del
Delfin, lo que dio lugar a chistes que el actual director encuentra
"crueles" -y no sabemos si justos-, como aquel publicado en La Nación, en que un par de ciudadanos se encuentran frente a las puertas del
museo y uno de ellos dice: "¡Pero hombre, no habrá un ladrón
caritativo que se lleve también a los directores del museo!". Y no son
chistes lo que puede volverse a repetir al entrar en el tema de las
obras en curso en el edificio, en el estado de conservación de las
pinturas o en el funcionamiento y vida del más famoso de nuestros
museos; hasta aquí sólo hemos pisado el umbral del remolino.
|
|