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Jose Luis de Vilallonga Revista Interviu, Año 9-Nº 411 28 de marzo- 3 de abril 1984
Es ya evidente que el reinado de don Juan Carlos de Borbón pasará a la Historia por haber sido, después del de Carlos III, el que más se haya ocupado de hacer de Madrid una de las capitales europeas con más vocación cultural y artística. Una de las más gratas noticias que haya llegado últimamente a mis oídos es la adquisición por el Ministerio de Cultura –con la ayuda del Ministerio de Hacienda y los esfuerzos decisivos del secretario de Estado de Economía, Miguel Ángel Fernández Ordóñez– del palacio de los duques de Villahermosa, con objeto de ampliar las capacidades del Museo del Prado.
La noticia me la ha dado Juan G. Soubrier, uno de los pocos críticos de arte que conozco con un profundo sentido de las realidades. Un crítico con proyección internacional frecuentemente citado por sus colegas estadounidenses y europeos. Juan G. Soubrier tiene un físico de monumento nacional y una pasión volcánica por todo cuanto se relaciona a las riquezas artísticas de este país. El Museo del Prado es hoy una de sus máximas preocupaciones.
– ¿Te has dado cuenta –me pregunta– que cuando en el extranjero se habla del Prado casi nunca se le antepone la palabra museo? El Prado es el Prado. Es más que un museo. Es España en el mundo. Creo que fue Oscar Wilde quien escribió que “todo retrato pintado con el alma no es un retrato del modelo, sino un retrato del pintor”. Con el Prado ocurre algo parecido. El Prado no es un museo como otro cualquiera, ni siquiera como el Louvre o el Ermitage. El Prado es un retrato del alma de España. Un retrato que hay que salvar a toda costa de una desintegración que empieza a preocupar a mucha gente más allá de nuestras fronteras.
“Storm over the Prado”, tormenta en el Prado, titula Tom Burns, uno de sus últimos artículos publicados en Newsweek. “Prado’s paintings in chaos” anunciaba el Daily Telegraph londinense en enero pasado. “Periscopio”, del 22-2-84, explicaba a sus lectores que “el museo universal es una escombrera”. – ¿No es esto un poco exagerado?; me inquieto. Soubrier niega enérgicamente con la cabeza, una cabeza leonina cuya aparente ferocidad atempera una mirada de infantil dulzura.
– No. Todo cuanto se pueda decir del Prado queda por debajo de la exageración. En el Prado reina verdaderamente el caos. Hace exactamente doce años que no se ha reeditado el catálogo del museo. En sus depósitos duermen más de un millar de cuadros sin documentar. Si nos atenemos a las cifras publicadas en el último catálogo –cifras que no coinciden casi nunca con la realidad–, mil cuarenta y seis cuadros importantes están perdidos o extraviados y resulta prácticamente imposible obtener información acerca del paradero de otros trescientos setenta y nueve.
– ¿A qué te refieres exactamente cuando hablas de cuadros “perdidos”? – A cuadros que han desaparecido, que nadie sabe dónde están. Lo mismo ocurre con cantidad de dibujos, monedas, miniaturas, grabados y otros objetos de incalculable valor. Vuelvo a repetir: el caos. La desidia más completa. Un ejemplo: al llegar a la Escuela Superior de Canto buscando un par de cuadros antiguos, los funcionarios del Museo y la Policía descubrieron otras 18 obras cuya existencia se ignoraba y al pedir la devolución de 7 pinturas al museo de Granada, su director añadió información sobre otras 77 que nadie le reclamaba por ignorar, igualmente, su existencia.
Pero hay cosas aún peores, como por ejemplo haber celebrado la muestra de las adquisiciones realizadas en los últimos años sin que a nadie le pareciera necesaria la publicación de un catálogo. Con gesto amargo Soubrier añade: – Se llega a situaciones que rayan en el surrealismo. Piensa que desde hace más de diez años el “tesoro” de Felipe V sigue oculto en el Museo de Artes Decorativas. Otro tanto ocurre con las joyas del Delfín, que jamás han sido expuestas. Y no hablemos de las obras de reforma del museo, que no se acaban nunca, obras iniciadas hace ocho años con la promesa de acabarlas en tres, con un presupuesto inicial de 300 millones. El coste de tales obras ya ha sobrepasado los dos mil millones y todavía no se ha inaugurado más de una cuarta parte de las salas previstas. Yo no abrigo la menor esperanza de ver estas obras terminadas antes de fin de siglo. Además estoy seguro de que las cosas irán de mal en peor. No hay política de adquisiciones, los presupuestos son insuficientes, existen situaciones de privilegio a nivel de funcionarios, el personal escasea peligrosamente y sobre todo hay que lamentar la desaparición del centro de estudios, vitalmente necesario a cualquier museo, grande o pequeño.
– ¿Soluciones? – Pienso que sólo el Gobierno puede actuar con la energía necesaria. ¡Qué tanto se apuntaría Felipe González si su gobierno consiguiera atajar la agonía de uno de los museos más importantes del mundo!
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