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Sobaquillo V,pseudónimo de Juan Gómez Soubrier Revista Hombre deHoy, mayo de 1986
No es posible encajar el juncal cuerpo del toreo en el estrecho corsé de las leyes laborales sin que sufra, cuando no una cornada, algunos varetazos en los que no llega la sangre al ruedo. A veces no falta el humor en situaciones tan absurdas como la de intentar reglamentar, dentro del conjunto de disposiciones en las que, evidentemente, no es frecuente prever la cornada por asta de toro como accidente laboral.
Al margen de las eternas disputas sobre la licitud de las corridas de toros, la Ley sobre el descanso dominical supuso, en 1914, la primera amenaza para la celebración de corridas de carácter laboral. La afición, que no estaba dispuesta a permanecer los domingos en sus casas como hacen los herejes anglosajones, organizó en el madrileño parque del Retiro un mitin de abrigo, órdago y muy señor toro. Los asistentes a aquel mitin corearon un himno escrito especialmente para tal ocasión, en el que se exaltaba la libertad de celebración de corridas en cualquier día y hora.
El autor de la letra fue el crítico taurino «Sobaquillo», seudónimo bajo el cual se ocultaba el gran periodista, escritor y crítico de arte Mariano de Cavia, el mismo que hubo de inventar la noticia del incendio del museo del Prado para que las autoridades arreglasen la vergonzosa situación en que se encontraba nuestra primera pinacoteca. Además de continuar sin resolverse los problemas del museo del Prado, los temas de orden laboral siguen amenazando con empitonar la celebración de nuestras ferias, y será necesaria mucha imaginación para que los derechos de los trabajadores taurinos no topen con el peto de la burocracia laboral. La afición, en cualquier caso, está dispuesta a entonar de nuevo el himno de la libertad torera.
Las querellas entre críticos han comenzado a animar indebidamente la temporada a partir de la desmadrada pluma de Alfonso Navalón, que ha puesto de chupa de dómine a Vicente Zabala, quien ha respondido al desmadre con la querella. A la larga se impondrán los críticos moderados y sabios como Juan Posada, Joaquín Vidal o Barquerito. En caso contrario, tendremos que acudir a la plaza acompañados por nuestro crítico de cámara particular. Porque San Isidro ha llegado y hay que acudir a Madrid para hacer buenas las promesas de Sevilla.
Nadie puede hoy permitirse decir aquello que dijo Rafael Guerra, en trance de grave enfado con la afición de Las Ventas: «En Madrid, que atoree San Isidro.» Ni siquiera él mismo pudo mantenerlo. Sobre todo porque, además de no haber hoy un mandón en el toro, a lo mejor San Isidro decide bajar al albero y salir por la puerta grande. O, simplemente, hacerle un quite a Chopera. Cosas más raras hemos visto.
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