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Juan de Zarandona Pseudonimo deJuan Gomez Soubrier Revista Hombre de Hoy 1987
SI USTED QUIERE conocer fácilmente la diferencia que existe entre un musolari y un membrillo, le bastará con contemplar su actitud como "mirón" del juego, sin que haya necesidad de verlo jugar una sola partida. El mirón de mus, con aquel inefable personaje imprescindible en toda juerga flamenca al que José María Pemán calificó gráficamente como "El Pensaor" -y no precisamente por Lorenzo el Magnífico ni su escultura hecha por Miguel Angel; ni tan siquiera por ese otro "Pensador" con el que los franceses han pretendido elevar a Rodin a la altura del gigante florentino-, se distingue de un auténtico membrillo, cebollo e incluso gaznapiro, en sus primeros vuelos y escarceos alrededor de la partida ya comenzada cuando él llegó.
La célebre frase "Los mirones son de piedra y dan tabaco" compendia sabiamente el poco agrado con que suelen ser recibidos los mirones alrededor del tapete cuadrangular. Y además de estar calladitos se les aconseja proveer de tabaco a los concursantes que, evidentemente, no pertenecen a la insoportable especie de nueva creación que se abstiene del tabaco e incluso pretende sumir a los otros en sus propias limitaciones bronquiales. Pero hay falsos musolaris que se destapan desde que otean el horizonte del naipe y comienzan la inútil verborrea, el chiste impresentable, los comentarios banales acerca del trabajo y otras gaitas con las que disimular su falta de inspiración, discreción y concentración.
A tales "mirones" -que más tienen de común con el vicio impotente de voyeur o tomillero que con el noble oficio de mirar- se les calla de manera fácil, para lo cual el "musolari" de pro suele ir provisto de un bozal de esparto que coloca sobre sus belfos y aun sobre sus gibelinos. No hay que preguntarse la razón por la cual el bozal debe estar realizado en tan noble material como es la plata, porque la respuesta es obvia: por el propio decoro del musolari que se lo pone y no por los escasos méritos del mal mirón que -evidentemente- se lo merecería de esparto.
AL BUEN CALLAR LLAMAN SANTO
Ese buen callar al que llamaban antiguamente "santo" y Don Miguel "Sancho", para más INRI de su escudero el "Zancas", que nunca fue bajito sino para quienes jamás leyeron el Quijote y vieron únicamente lo de "Panza" en las estampas, no significa la mudez, género propio de otra raza espuria de mirones cuyo parentesco con las recién instaladas farolas de la Puerta del Sol resulta más que obvio.
El perfecto mirón -que "haberlos, haylos" aunque bien es verdad que escasean como el caviar, la hueva de mújol del Mar Menor y el vino bosconia del 42- observa los gestos y las señas, sigue el tanteo sin pestañear y hace algún esporádico, ajustado y gozoso comentario en el momento exacto, en el tiempo preciso, en el instante adecuado. O sea, sabe estar. Y da, naturalmente, tabaco.
El mal mirón -a quien cofundan los pequeños dioses del naipe por los siglos de los siglos- rebaña las cartas a los jugadores, deja su copa en el tapete, pregunta por temas diferentes al juego y zascandilea para entrar en una partida a la que, normalmente, no ha sido llamado. Existen tipejos que se dedican a ofender con su presencia al resto de la concurrencia, crean únicamente incomodidad en el local, aburren al tabernero y desconciertan a los jugadores. E increíblemente, vuelven semana tras semana a hacer extrañas llamadas telefónicas para procurarse pareja, espacio y fama. Pero de nada les valdrá su osadía ni vulgares tretas.
COMO BERROCALES
El mal mirón, que jamás alcanzará el grado supremo y soberbio de musolari, permanecerá por los siglos de los ídem en su calidad berroqueña y será de piedra por los siglos de los siglos haciendo honor -por contraste, claro- a aquella letra excepcional de una soleá que entonara un día el inefable, irrepetible e insólito Pedro Beltrán -en certera definición que de él ha hecho Fernando Fernán-Gómez- en la tosca proximidad de un par de malos mirones, y que no vamos a repetir aquí porque hablaba de una piedra que perdió su centro y cayó en el vacío. Bueno, en realidad porque hoy podría leerla cualquier mal mirón e intentar repetirla sin sentido, entonación ni estilo.
Cualquier otro día, cuando el mal mirón se haya cansado de seguir esta sección a la que nadie le ha llamado, se lo contaremos al buen musolari que es, en definitiva, el lector samaritano. ¿Quieren ustedes un pitillo, amigos?
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