Días de vino y rosas
Artíulo de Juan Gómez Soubrier bajo el pseudónimo de Juan de la Cossilla
Revista Opinión 1977


La llegada del nuevo mosto y las últimas siestas de los turistas sonríen en Sitges. Una buena ocasión para recuperar nuestras vendimias y continuar el viejo aprendizaje de saborear un vino tierno y joven. Y de no confundir la solera con lo rancio ni la política con los destrozos.

A caballo entre el ocio y el precalentamiento del otoño, éste país se pone de nuevo a trabajar, alargando los fines de semana unos, instalándose otros a medio camino del mar y los viñedos. En este caso el destino ha ofrecido su premio: celebrar el mismo día una de las mejores mañanas de playa del discutido verano y asistir a la primera vendimia que los dioses envían. Aquí el viñedo llega junto al mar, y se ha bebido Malvasía desde que tan rico y dulce vino fuera traído de la isla griega del mismo nombre por aquellos combatientes que colocaron las barras aragonesas y catalanas hasta en el lomo de los peces mediterráneos.

LAS MALVASIAS. El vino de estas tierras, con el nombre griego, se bebe en otras playas lejanas y atlánticas, en las que desemboca el Duero. O fue quizá en la ría de Aveyro, al atardecer junto a un viejo amor nuevo, donde la Real Companhia Vellha puso en nuestros labios la primera malvasia a través de una de sus botellas barrocamente etiquetadas. Ser el más caro de los Oportos hace justicia a los clásicos, aunque el predominio de las bebidas secas y destiladas pretenda desterrar tan dulces placeres a fuerza de consumir nuestra paciencia con tanto consumismo.

La malvasía y el moscatel recuerdan que la primera vendimia que los dioses envían se celebra en Sitges. Este año, en honor del Reino Unido, cuando aún no se ha ido el sol ni los turistas. En honor de esos ingleses que querían morir ahogados en un tonel de dicho vino (como el duque de Clarence, hermano de Enrique IV de Inglaterra), que han sido máximos desgustadores de nuestros caldos, que los han cantado por boca de Falstaff, o los que aprendieron a criar su destilado de cebada (o güisqui-whisky) en los toneles bien curados de nuestros caldos del sur. Con más fe en la imaginación que en la política, quizás fuera mejor dejar en manos de nuestros bodegueros el tema actualísimo de Gibraltar, como Mao dio un ejemplo sutil en la más famosa partida de ping-pong que vieron los siglos.

POLITICO PREGONERO.Para no desmentir el comentario y rumor que señala una politización de todos los actos en el 77, el pregón ha sido una simbiosis político-báquica, o mejor aún una parábola del buen viñador. Antón Canyelles (leer Cañellas en román paladino) se comportó en la tónica del año, hablando más de política que de vinos, como corresponde a su ejercicio principal y dedicación activa. Algo completamente normal en este 77 que ha visto desde la supresión de un mítin de un partido comunista, con objeto de no perturbar el máximo esplendor en la celebración de la procesión del Corpus Christi en Luarca (no se ha comprobado si el párroco suspendió la misa del domingo siguiente para mayor gloria del partido) hasta el hecho de que toda la fiesta y romería en honor de los santos patrones del lugar han estado organizados por los partidos políticos, y por supuesto, politizados. Bienaventurada sea la política. Pero si cada vez que se va a echar sidra hemos de tener en cuenta la repercusión política del acto, arreglados estamos sin un manual de instrucciones para el cándido caminante.

Se corre el peligro de caer por reacción en los mismos vicios del anterior y bien despedido sistema. Y, en cualquier caso, el visitante procedente de otro lugar que acude con espíritu de fiesta, se ve normalmente con los pies en el aire. Quizá puede empezar a pensarse que esto esté bien y que quizá convendría, para compensar los mítines políticos, comenzasen a darlos los cómicos de la lengua (en muchos casos la diferencia no se iba a notar), y que la gerencia de los partidos se encomendase a los más expertos organizadores de festejos en los asilos de ancianos.

Con pulcritud y aseo (como dicen las viejas crónicas taurinas) el diputado de UCD, habló de la cosecha del vino, su crianza y decantación en paralelo con la última evolución política española. El público agradeció el aperitivo y continuó esperando el prometido vaso de vino que indudablemente se merecía en semejante día.

MAS SERMONES. La vendimiadora-reina procedió a sacar el jugo de las primeras uvas que sus damas dejaban caer en una vieja prensa manual. Empezaba el día de vino y rosas, pero la Iglesia no quiso ser menos que la política y sermoneó a la sufrida concurrencia. Porque hay que volver a pensar y recuperar (palabra fundamental para quedar "in-progre") las fiestas alegres y populares desde una nueva óptica. La vendimia, la más ancestral de las fiestas de júbilo mediterráneo (junto a los fuegos y juegos de la recolección antes mitológica y hoy sanjuanera) requiere una vuelta a sus orígenes y clama por su celeración en el campo y por esa invitación colectiva de vino que se celebró por la tarde.

Marta Cabot, tan morena, tan joven y tan guapa como puede verse en estas páginas, ha presidido la decimosexta fiesta de la vendimia de Sitges.

Marta Cabot y sus damas son ajenas a todo lo que signifique manipulación y falsedad. En la tierna edad en la que aún no se pueden adquirir bienes inmuebles sin consentimiento paterno, recordaban toda la utilización de que ha sido objeto la joven española los últimos diez siglos.

La ternura del público y una cierta envidia hacia su juventud y gracejo fueron consuelo del día hacia estas jóvenes traídas y llevadas por los agentes de la autoridad de uno a otro extremo de Sitges. La autoridad se hizo reprensentar por un concejal y así lució la ausencia de alcalde, quizá temeroso de ver algo tan arcaico como aquella mitinada. Pero la intención era buena y el sol espléndido acompañó a los paisanos en la playa durante la hora de la comida y en la espera de la tan prometida apertura de barricas a porrillo.

NO HAY MAL... El vino, al fin corría de boca en boca, como si fuera un rumor maledicente y antiguo, y prometía aires de fiesta. La lluvia hizo su aparición asombrando a casi todo el mundo. Menos a los que saben lo que es una tormenta de verano y no se extrañan de ello, porque no esperan que el buen tiempo sea una contrata charter en la agencia de viajes más próxima. Con el galillo refrescado llovía y se repartían los premios en el club de golf.

Un libro fue el instrumento entretenedor y creador de ocio, que desde los griegos es lo más creativo que existe. Y no confundir el ocio con la vagancia que bien poco tienen que ver, y solamente la dulce ociosidad (El "doce far niente" renacentista), puede producir obras maestras. Lo que no quiere decir que el libro sea ocioso, sino todo lo contrario. Se trata de un libro de divulgación sobre los vinos y las viñas. Sobre ambas cosas, evitando el dejarlas separadas cual suele acostumbrarse en gentes que solamente han conocido el vino en las mesas y tienden a confundir la gastronomía con las relaciones sociales o confunden el campo con las estufas de invernadero.

"Viñas y vinos", que así se titula, comienza por el cultivo de la vid y termina con las fiestas de la vendimia. Cosa que es de aplicar en este caso contando al autor: "en la Edad Media existía para las cofradías un marcado sentido piadoso. Sus fines eran -en general- caritativos. No es éste el caso de las cofradías vínicas, a pesar del lirismo que a veces se impone en sus rituales. Tampoco tienen las cofradías vínicas ningún sentido religioso, a pesar de que son muy preciosos los valores que defienden. El vino puede servir de vínculo de unión, pero no podrían ser una religión, a pesar de que Jesucristo lo eligiera para alimentar la comunión de sus discípulos. Las cofradías a que nos referimos defienden solamente el arte del buen vivir, de hermanar los hombres y crear convivencia. Y el buen humor y la amistad -que no el recogimiento y la devoción- presiden sus alegres capítulos que nada tienen de ceremoniales artificiales".

La cita, aunque larga, es jugosa y explicativa de lo que debe ser una Cofradía Vinícola y las Fiestas de la Vendimia y es de esperar que el año próximo se la hayan leído los organizadores de estos festejos que a lo largo de septiembre y octubre recorren estas tierras desde Jerez de la Frontera hasta Jumilla. Los que probaron el vino lo hicieron complacidos. Los que no se sabe si lo degustaron fueron quienes se dedicaron durante la noche (ante la ausencia de protección de los agentes hacia tan grato tesoro) a destrozar las barricas, los racimos y adornos y todo cuanto componía el báquico conjunto.

Esta sección de ocio no es la llamada a sacar conclusiones ante la falta de información por parte de quien debía darlas y se limita a constatar que el vino no es para tirarlo por las calles, sino en los alegres cuerpos. Y que ni aunque se haya decidido volver a beber después de largos años de abstinencia o se haya decidido volver a emborracharse a tope tras una voluntaria Ley Seca Personal, será excusa ni remedio tirar el vino. Los americanos solamente consiguieron dar auge a la mafia y los gamberros de turno se contentarán con haber privado de vino (más de seincientos litros, según se cuenta) a los viejos del asilo a quien se iban a destinar y fomentar la afición perniciosa a los destilados y pócimas de secano propios de bárbaros y nórdicos países desvinicolizados.

VINO DEL AÑO. No se trata de los años que tenga un vino, cualidad con la que se suele confundir la exquisitez de un caldo, sino de todo lo contrario. El vino del año es el vino joven e inexperto que se ofrece con todo su candor a refrescar a un experimentado paladar, ya que los catadores son los que más a favor se muestran de estos vinos incipientes y no mixtificados. O un gran vino con todas sus mayúsculas o un vino del año, huyendo siempre del semilujo, qué no es otra cosa sino el último intento de engañar al paladar consumista y consumido. Miguel A. Torres en su libro, que es hijo de la técnica, la experiencia y la estirpe bodeguera, lo ilustra al lector y cada ejemplar es un testimonio clarificador en boca de un experto contra tanto tópico y desconocimiento que sufre en sus carnes el auténtico y devoto aficionado. "Cada catador es un hombre curado de alcoholismo", sería una máxima a suscribir. Unicamente cuando se carece o se ha perdido el sentido del propio gusto sibarita y conocedor se incide en beber en demasía. Las contraindicaciones ya se señalan en este completo libro y fuera de ellas lo más aconsejable es tratar de distinguir cuál de nuestros tropecientos ricos caldos hispanos es el mejor y para lograr una garganta diáfana hay que tenerla rozagante y sensible. Aunque será difícil, lo suyo es tener vino de cosecha propia, o cuando menos la "Bota del Rincón" (la famosa Bota del Racó catalana) o el llamado "Modorro" en algunos pueblos de Segovia. Esta costumbre de tener en la cabecera de la cama una bota con la que curarse y reconfortarse del frío invernal no será nunca más perjudicial que el abuso de los somníferos, sino todo lo contrario y, en cualquier supuesto, más placentera. Si el vino se enrancia y es de cosecha propia no importa, que aunque no sea vino de mesa se beberá en la mesa propia al calor de los amigos. Lo importante al igual que si se tratara de un amor, es que no se avinagre jamás.

SOLES NUEVOS. A pesar de todas las incidencias (y las que habrá en las restantes fiestas vendimiadoras) el dulce y joven otoño trae antes de comenzar unos espléndidos días de sol y uvas con los que se solazaron los ingleses invitados a la Fiesta. El personal, a media distancia de los distantes actos oficiales político-religioso-formal y los gamberros-rompedores-estériles, vuelve a sus mares y a sus rosas, a su alegre ocio solitario. Su mirada vaga aguardando la llegada definitiva del dios confiado de la vid. Como ahora mismo que a punto está de nacer Dyonysios sobre la arena del mar Mediterráneo de los catalanes lugares, al conjuro del viejo nombre ("Subur" se llamaba cuando los vinos del Penedés ya se embarcaban por aquí) en las cálidas manos de esa joven gracia escapada del bajorrelieve de una antigua copa griega, de un vaso inefable. Como ahora que, desprevenido, va a llegar el sutil aire marino a envolver la noche con abrazos. O, al menos, asi parece cuando se vuelve por la costa, la cabeza de la nueva Elisenda en el hombro, la luna de menguante y la cálida mano en la propia. Como una buena añada de un vino blanco, igual que ese Viña Esmeralda que vuelve a salir a la calle después de un año en el que no fue posible prepararlo. Que no todos los años son fáciles, aunque todo año posea sus días de vino y rosas.
Información adicional
Amarres gastronomía, viajes,
Desembarcado en Juan
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