El factor tiempo
Artículo de Juan Gómez Soubrier bajo el pseudónimo de Juan de la Cossilla
Revista Hombre de hoy 1987


Olvídese de sus deseos de ser alto, guapo, y delgadito, deje a varios lados el vano sueño de ganar la LOTO -todo lo demás se ha convertido en "flatus vocis" de azar pequeño- y otras zarandajas: lo único necesario para llegar a ser un perfecto ligón y dominar el "arte de troquelar" -en castiza expresión- es disponer de tiempo para ello.

Y no se trata de un tiempo cualquiera, sino de un tiempo sutil -y a veces inconsútil- que es razón y principio de todas las buenas aventuras amorosas. Quizá hagan falta más cosas -señalará el astuto lector-, pero lo más cierto es que la única imprescindible es disponer de las horas necesarias. No se puede adorar a la multinacional de turno en la que uno ofrenda los mejores años de su vida, pretender vanos honores sociales de los más aburridos familiares y compañeros de trabajo, mantener unas apariencias de honorabilidad burguesa y, encima, querer ser un Don Juan redivivo.

Dado que tal tipo de vida es el común a la inmensa mayoría de nuestros compatriotas, aquel varón que se decide a convertirse en un buen amante se verá inmediatamente acompañado de la soledad del héroe y necesitará toda la virtud de los mártires para alcanzar sus gloriosos fines. Los amigos fallan y no se disponen a acompañarte a una cena con un par de maravillosas adolescentes. Los más sinceros reconocerán que no les apetece, los otros aducen falta de tiempo, citas anteriormente contraídas y otras zarandajas, pero la conclusión es siempre la misma: no tienen tiempo.

Cuando J.B. Priestley escribió "La herida del tiempo", no hizo sino expresar una gran verdad que tendría su rotunda afirmación en el título de otras de sus obras: "Los hombres del Juicio Final". Tan importante era el concepto de tiempo para Priestley que no solamente se convirtió en parte fundamental de sus obras, sino que terminó por escribir "El hombre y el tiempo" adonde remitimos al curioso lector si quiere enterarse de una vez por todas de que el tiempo no solamente es relativo, sino que rara vez tiene algo que ver con esos montones de segundos que amasan los relojes. Hasta un jurisperito calvo asesor de poderosa empresa estatal es capaz de obtener unos rendimientos amorosos aceptables a condición de invertir algo de precioso tiempo necesario para amar.

No se sabe cómo lo consiguen, pero el hecho es incontrovertible: las mujeres disponen de más tiempo para ellas. No solamente son capaces de igualar y aun superar la actividad profesional del varón, y realizar una serie casi infinita de actividades llamadas -mal llamadas- domésticas y aun parte importante de las que el varón todavía echa sobre sus bien torneados hombros, sino que además encuentran tiempo para ir a la peluquería, asearse y atildarse.

Pero el perfecto amante no se desanimará ante tamaña inferioridad, y hallará el mínimo tiempo preciso para admirarlas, escucharlas, acariciarlas. Y, claro está, hablarlas. Si el varón suele sentirse atraído hacia la mujer como el mal gastrónomo hacia la comida dando más importancia al sentido de la vista que a los de olfato y gusto, la mujer siempre ha sido mejor catadora y precisa de efluvios amorosos y en ella el oído es pieza clave, delicada y precisa. Quien esto escribe suele afirmar ante sus amigos con frecuencia que "Si yo fuera mudo aún estaba virgen".

Para llegar a la excelsa cualidad de conquistador -menospreciada palabra en estos tiempos de modas y remodas, "progresías" y "mesianismos" sin cueto-, los feos tienen una ventaja inicial: hubieron de aprender a utilizar sabiamente su tiempo. Ninguna chica quedó instantáneamente deslumbrada por su aparición en un "guateque" no se prendó de sus encantos físicos de simple ojeada. Casi no se conoce el caso de un "moninín de solapa"o "guaperas de bolera" que haya aprendido el menor rudimento de expresión oral capaz hacer sentir a una dama otra cosa que el primario y evanescente placer de un contacto entrechocado. El feo -gloriosa estirpe- llega a dominar, a poco que sus meninges suplan la macicez, el útil arte de escuchar y hablar a las mujeres que constituye el método no precisamente cartesiano por el cual se alcanzarán los dulces goces horizontales. Lo cual no es posible, convendremos en ello, sin un tierno voluptuoso y deslizante tiempo. Haga buen o mal tiempo; evidentemente.
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