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Artículo de Juan Gómez Soubrier, publicado en Diario 16 el 28-12-2000 bajo el pseudónimo de JU.GOM.SOUB.
LECTOR COMPULSIVO
Si
te miras en un espejo de tocador, te convertirás en la madrastra de
Blancanieves y si lo haces en un espejo público te travestirás en
carne amarilla de prensa rosa. Aquel que se crea el ombligo del mundo
se transformará en la Jerusalén del profeta Ezequiel o, simplemente
será el más tonto de los mamelucos que se cayeron del caballo en la
Puerta de Sol ante los pinceles de don Francisco "el de los
toros" como el firmaba.
Pero
quien mira su ombligo comprenderá los secretos del firmamento, que
tampoco es redondo. Cuando un niño sale listo busca su ombligo el
día que cumple su primer año. Le pregunta y se lo escarba hasta
descubrir que se halla ante un agujero negro y sideral donde se
amontonan los arcanos. El ombligo es el vaciado de esa escultura sin
hueso con la que sueñan los olivos de ojos verdes y espaldas
plateadas.
Yo
comprendí Cataluña cuando una catalana me explicó, bajo el sol de
Ibiza: "Nosotros le llamamos Malic". Y el cielo de otoño
-perdón,
ella dijo "de tardor"- fue atravesado por la sombra ciega
de Josep Plà.
No
mire usted, amado lector, nuestro ombligo que hoy cumple un añito
palabra balbuciente. La respuesta reside en su ombligo de usted, el
lugar desde el cual se ve que el "Fin del mundo" es tan
solo el mundo de Todos los Fines, un mágico rincón de perdedores
literarios que saborean el día de cada día como si llegara el Fin.
Únase, caro lector, a nuestro ombligo y escribiremos un final
redondo, óntico, sabroso y recoleto a medias, a tercios, a redondos
ombligos compartidos.
Esta
noche cenamos los colegas de esta página. Ellos no lo saben, pero mi
única intención será buscarles el ombligo cuando revienten sus
ropajes a la hora de los postres. Ya les contaré sus aparentes
redondeces.
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