¿Y si no volvemos?
Artículo de juan Gómez Soubrier bajo el pseudónimo de Juan de la Cossilla.
Revista Opinión 1977


La vuelta del verano acerca al humano como el águila al cordero. Escondida en cada esquina, como modernísima y transistorizada figura de la Muerte a plazos que es nuestra vida (cotidiana y mal llevada), que hemos inventado para el propio tormento. Cuando más descuidado estás, la vuelta del verano te coge por la espalda, como una primera traición de amistad esperanzada. Y te reintegra a los deberes no buscados, a esas montañas de expedientes incomprensiblemente acumulados durante tu ausencia, al taller grasiento y maloliente, a la oficina llena de gerentes malvados y de siniestrísimos presidentes que sólo esperan tu jugo productivo y rentable. Sin piedad, sin tener en cuenta que ese sabor a pino y a beso enamorado no se deban perder ni confundir con el humo de los autobuses, sin reparar en tu olor a Mediterráneo y a Cantábrico, en tu pereza antigua y señorial (como una Lisboa de fado preabrileño).

Y así, un buen día, comienzan los consejos de la Jefatura Central de Tráfico acerca de la operación de todos los retornos, de todas las ilusiones abandonadas entre la arena, junto a las cumbres y a la vuelta de cada soledad. No es que yo, ilustrado lector, no ame el ruido de la gran ciudad ni que haya perdido la sensibilidad para disfrutar hasta las heces de los embotellamientos. Como César González Ruano, respiro mejor en la gran urbe y pienso que si estamos en ella es porque queremos y que si los pueblos están vacíos es porque no se puede vivir en ellos. No me refiero a quién sea el culpable sino al hecho irreversible: el noventa y nueve por ciento de la gente que dice que la buena vida está en el campo o en los pueblos pequeños, lo cuenta en una mesa de café después de salir del cine (que sólo es de estreno en esa gran ciudad donde lo cuenta) y antes de tomarse la "espuela" en un bar de cualquier modo y de cualquier moda.

Pero de pronto, el periódico parece detenerse. Tras las recomendaciones de tráfico se esconde una pequeña interrogante; surge una pregunta casi en murmullo, como un susurro que uno no se atreve ni siquiera a confesarse claramente. ¿Qué pasa si me quedo, si no retorno más? Perderemos el trabajo o tendremos que buscarnos otro, cosa que en el fondo hace tiempo que se viene deseando. Dejaremos de ver a los buenos y escasos amigos que te alegran la pícara existencia y habrá que pensar en volver a encontrar piso, entre otros muchos pretendidos inconvenientes. Pero la gran ciudad no me oprimirá de nuevo. Porque, sin haber protestado nunca de Madrid, de esa villa que te hace cortesano y en la que se han pasado los mejores años, decide quedarse en su isla inefable. Y no volver. Y aceptar ese trabajo compatible con prolongar el verano, y no pasar el calor del embotellamiento ni leer esa noticia que anuncia la nieve en Avila antes de terminar agosto. Es simplemente adaptar a uno mismo aquello de "la imaginación al poder" que hará para siempre inolvidable el impulso romántico, generoso y estéril de mayo del 68. Es, de pronto, cortar amarras y detenerse sobre el tiempo real. Y renunciar al coche como símbolo utilitario y embotellador. Y no viajar en tren con billete circular y apresurado con las prisas de quien desea más ser transportado que viajar. Y no volver de hacer turismo porque te hayan robado el dinero, sino simplemente porque uno no va a volver. No viajar jamás como una maleta. He redescubierto el placer de olvidar el avión tantas veces defendido como el mejor vehículo para llegar antes y he elegido el barco para llegar mejor, para sentir de nuevo ese viajar sin prisas que nos cuenta Concolorcovo cuando narra el viaje de Buenos Aires a Lima en postas. Y no ir nunca a ninguna ciudad donde amenace la prisa o donde no me espere un buen amigo que viva allí y me evite hacer de turista. Yo ya sé que esto no lo puede hacer todo el mundo, pero también sé que bastaría conque lo intentase cada uno de nosotros, discreto lector, para que el mundo fuera diferente y la vuelta del verano no tuviese que ser objeto de medidas de seguridad mayores que unas maniobras militares y con más muertos que una guerra. Ni habría tanta desilusión en los regresos, porque no se volverá a ver al mismo paisaje triste de todas las vueltas.

Y vivir a caballo entre Barcelona e Ibiza, que es una de las mejores maneras de no perder nunca la vista del Mediterráneo, instalado en el propio tiempo perdido, lejos de casi todo y más cerca de uno mismo. Que muy desantendidos quedamos de nuestras alegrías íntimas. Así no estarán solas las bicicletas en la playa cuando se marcha el barco, ni las playas quedarán vacías cuando se vaya el sol y los ingleses. Y los que tienen que volver inexorablemente que no se engañen, que no piensen que todo es necesariamente triste. Que dejen algo del verano dentro de ellos y que sepan que siempre hay alguien esperando en el puerto, el único lugar donde las despedidas continúan teniendo un contenido poético y humano. Porque si partir es morir un poco, también será vivir un poco. Y más vale poco y bueno que mucho y malo, evidentemente. Pero el refranero, aparte de la gracia que tiene y lo útil que resulta en la conversación al uso y abuso es siempre tópico. Y es, sin lugar a dudas, admirado lector, insuficiente. La clave, el gran pequeño truco es sobrepasar el refranero. Un amigo se encargó de hacerlo con el comentado refrán. Y, ante mi admirado cuerpo serrano, lanzó: "Más vale mucho y bueno que poco y malo". Y yo, deliciosamente derrotado, enterré los dichos y los refranes en una arqueta antigua y los tiré a la mar, mientras me disponía, como todos, a volver.
Información adicional
Amarres viajes,
Desembarcado en Juan
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