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Artículo de Juan Gómez Soubrier bajo el pseudonimo de Juan de la Cossilla. Revista Opinión 1978
Ni
buena ni mala, la temporada ha vuelto a los males y venturas de
siempre. La afición se merece algo más por parte de todos los
interesados y de todos los intereses. Hay que hacer nuevos
aficionados y resucitar la alegría de un espectáculo muy serio,
pero no susceptible de tratarse con ordenador. No
es que haya nada que prohibir, que el caminante está harto de
prohibiciones y suscribe la frase de mayo del 68: prohibido prohibir.
Pero lo cierto es que los toros por televisión no saben a nada. Es
como el flamenco en cassettes. O los besos por carta. Cuando las
cosas pierden su sabor es más difícil recuperarlo. Como es más
difícil aprender a cualquier cosa si las primeras experiencias han
sido desagradables.
Este
santo país está aprendiendo a ver toros por la televisión en lugar
de ir a ellos tras una copa en el bar más cercano a la plaza y con
cuerpo de tarde de toros. Y no hace falta ir acompañado de crítico
particular, ni acomplejarse ante los eternos monopolistas del saber
taurino. Hay que "recuperar" (nuestra querida palabra
progre-in) la visión romántica del espectáculo, la visión
festiva, y no hacer ni caso al llamado "mundillo". Lord
Byron lo vió así y sacó una idea menos equivocada de lo que se
puede sacar como televidente. ESCANDALOS
Y FIGURAS. Una temporada que
para la historia podría comenzarse contando las peripecias de los
toros muertos fuera de la plaza en el campo de Galapagar y terminarse
con Navaluenga convertida en Fuenteovejuna, asando el toro junto al
soto del río. El no aclarado incidente de los toros de Vitorino nos
sitúa de cara a todas las incógnitas de la fiesta de los toros y
uno ha oído al menos una docena de versiones "de buena tinta"
que van desde la pretensión de atribuir la matanza nocturna a los
envidiosos enemigos de tan incorruptible ganadero hasta la afirmación
de que se trata de una especie de autosecuestro con fines
publicitarios. Cuando lo más probable sea que la historieta se
reduzca a las propias dimensiones de una gamberrada de curda
intempestiva, cometida por señoritos sin historia y sin futuro, en la
historia de los toros. El
final de Navaluenga (que a ver si sirve para desvincular de una vez
por todas la autoridad de la presidencia de las corridas y festejos
taurinos) si excluimos su parte politizada y disturbadora del ocio,
no es mal resumen de lo que el personal quiere cuando va a los toros:
divertirse. Y el reglamento debe estar al servicio de ese noble fin y
no al de puritanismos e intereses varios y "non santos".
¿Nos imaginamos lo que pasaría si el árbitro de un encuentro de
fútbol fuese el comisario del distrito? Pero volvamos al redondel y
a la fiesta que ya va a dar bastante que hablar el tema de Navaluenga
a otros comentarios menos taurinos de lo que este pretende. El
mejor torero del año ha sido Joao Moura, porque como recuerda el
buen aficionado Carlos Abella, lo que hace este chaval es torear a
caballo, lo que no es exactamente igual que el llamado "arte del
rejoneo", frase con la que pretendiendo defender lo tradicional
se viene enmascarando como si fuese un toreo a caballo a cualquier
caballista de los que rejonean "porque sus caballos piensan".
La frase del crítico Manolo Vidal no sólo es definitiva sino cierta
aunque no en el caso de Moura no en el de Vidrié, que en su serio y
castellano triunfo del modesto realiza un toreo tan formalito como
requiere dicho historial.
Quien
se lleva la palma y las palmitas es José María Manzanares, si bien
ha terminado la temporada algo cansado y le faltan ciertas hechuras a
juicio de los aficionados. Lo que no descarta la posibilidad de que
cada día aprenda más a fuerza de torear como le ha sucedido a
muchas figuras del toreo. Paco Camino ha hecho una temporada de
auténtico niño sabio, o al menos de auténtico niño sabio que se
va a la cama del retiro, al mismo tiempo que S.M. el Viti si no ha
conseguido reinar después de muerto sí ha demostrado que se pueden
ganar buenos duros muchísimo después de estar "en torero",
que nunca segundas partes, fueron buenas. Niño de la Capea,
presentado tiempo ha como un duro fajador, utilizando un lenguaje
propio del boxeo, ha resultado ser un "paquete" empleando
la misma terminología o una maleta si ustedes lo prefieren.
Paquirri,
el mejor de la Feria de Sevilla (donde reside mi crítico de cámara
Rafael Moreno, entendido y aficionado joven, que parece que no te
quieran dejar nunca opinar si no tienes más años que el Tato,
aunque a veces la juventud se paga y se maltrecha el crítico de
cámara, con una vaquilla peralteña), y en las Ferias del Norte, no
cayó sobre el redondel de las Ventas por subirse tanto a la parra en
las pretensiones económicas, o porque los empresarios no querían
sentar un precedente que les haga tambalearse lo más mínimo, en su
dictadora situación. Paco Alcalde ha demostrado su fervor por los
pueblos, de los que quizá nunca debió salir, como aquellos cómicos
de la lengua que tenían prohibido actuar a menos de una legua de las
ciudades, o no torear en ningún sitio porque encima se insolenta y
se sale de cauce, como si toreara gratis y a beneficio de inventario.
CORNADAS,
ARTE Y MODESTOS. Las cornadas
han jugado su cuarto a espadas y han dejado sin el posible lucimiento
de actuaciones de Nimeño II (que pudo haber sido la revelación del
año), que resultó cogido en Barcelona al día siguiente de la
alternativa, y que continúa en esa cierta tradición de toreros
franceses y sureños. Chinito de Francia no aguanta el paragón de su
conciudadano, a pesar del lanzamiento y de la impresión que causa en
el respetable lo de ser hijo de vietnamita y polaco, decidido a ser
francés y torero, lo cuál más que una predisposición parece un
acertijo antiguo. Angel Teruel, tras su última cogida, gravísima,
no tendrá muchas ganas de arrimarse más de lo que venía haciendo a
lo largo de la temporada. Andrés Vázquez ha mantenido el tono (o la
falta del mismo según prefiera el admirado lector) con la excepción
de los seis toros seguidos en las Ventas, en el homenaje a Antonio
Bienvenida, en los que cuajó una torera tarde. Palomo Linares, con
casarse ha hecho lo más importante de su temporada, porque en las
plazas no ha demostrado lo que prometía.
De
los toreros del arte mejor no hablamos porque mantienen una afición
tan entusiasta que, casi, los justifica al margen de lo que hagan o
no en los ruedos y yo no estoy dispuesto a discutir a un torero que
tiene la magia (perdón, "el ángel", perdón "el
duende") de poner de pie la plaza que más entiende en el mundo
de arte (y situada a orilla del Guadalquivir por más señas) taurino
con una cuarta parte del inicio del embroque de una verónica. Curro,
Rafael, Roberto, vuestros leales os saludan y, sobre todo, sois los
únicos que podéis decir que seguís teniendo leales en la temporada
78.
Pero
la esperanza no cesa mientras hay vida ni las ganas en el aficionado
mientras queden novilleros. Para hacer corta una historia larga
diremos que, se ha llevado las palmas José Luis Palomar (apellido
que puede cotizar mucho palomos si no se malogra) y que se comenta
puede tomar la alternativa en la próxima y madrileña Feria de San
Isidro, y se podría cerrar la historia ejemplarizando en Frascuelo,
a todos los modestos. A ese Frascuelo que, en tres años de intentar
colocarse, solamente ha conseguido seguir pechando con torazos
desechados por las "figuras" y los "figurines" y
ha encontrado la terrible cornada de un Villagodio, cuyo mejor
destino hubiera sido ir directamente a aumentar el prestigio de su
raza en una buena chuleta, antes que atravesar el pulmón de un
modesto espada. Si
los banderilleros (salvo los ocho de siempre), siguen siendo tan
malos como esta temporada, van a tener que seguir organizando las
huelgas en el mes de enero, que además de ser un mes perfecto para
no inquietar ni a toreros ni a empresarios, también puede ser buen
mes para hacer promesa de no bañarse en Estocolmo. Al final fueron
los empresarios monopolistas los que se han llevado a casa el rabo
del toro y la cabellera del respetable. Y no valdrán guerrillas,
como trató de hacer el Cordobés, en su máximo esplendor de
prealmohada, ni las pretendidas Ferias Paralelas, que es lo que han
pretendido montar en esa Murcia inexplicable, donde el personal ha
empezado a acosar al empresario y donde se quiere intentar tal
duplicidad el año próximo, aun cuando nunca ha habido más allá de
una centena de aficionados de verdad, en una ciudad que tiene una de
las mayores (y más cómodas) plazas del mundo. Que si los toros son
demasiado pequeños, y vuelta a empezar la historia. CIERTOS
SON LOS TOROS. O sea, que lo que hay que hacer es dejarse de críticos
de cámara, dado lo difícil de su localización y disfrute, e ir a
los toros con los buenos amigos, o con la joven compañía, siempre
con un puro en las manos (no importa que no se sea fumador) y los
ojos abiertos al color y al calor la frente. Porque la regla de oro
es disfrutar siempre del espectáculo en sí, tanto si está bien
como si es un disparate. La suerte de los toristas, que es así como
se llama a los aficionados que se fijan más en el toro que en el
torero, es que pasan la corrida atentos al toro, a sus virtudes y
defectos, y solamente de paso reparan en el torero, y esto en función
de lo que estén o no haciendo a aquel toro según las condiciones
del mismo.
Claro
que, entendiendo, siempre se divierte uno, discreto lector. Y si no
se es un experto también, que los toros han sido, son y deben ser
fuente de regocijo. O sea, que no hay que olvidar quitar el polvo del
escote de la joven con la que se debe ir acompañado, que siempre en
esos lugares hay polvo y es bueno quitárselo de encima a la
compañera. Y si no hay polvo en su escote lo mejor también será
quitárselo, como si lo hubiera. La treta ya se inventó en Roma y
quien la cuenta mejor que yo es el propio Ovidio, en ese arte de amar
que habría que releer o reinventar.
Y
dejo a mis numerosas amigas feministas la tarea, específicamente
suya de tratar de la incorporación de la mujer a la fiesta, en un
lugar adecuado, porque confío en ellas y sé que lo harán mucho
mejor de lo que podría yo proponer. Lo que no voy a aceptar es que
estén en contra de los toros sin haber ido a verlos nunca, porque de
cada diez amigos (y se comprenden ambos sexos en la experiencia), que
he llevado a los toros sin que les apeteciese, y estando en contra de
los mismos, a ocho les ha gustado. Y mucho, que una cosa es predicar
y otra dar trigo.
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