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Fin
del mundo. Diario 16. Año 2000. Artículo de Juan Gómez Soubrier bajo el pseudónimo de JU.GOM.SOUB.
LECTOR COMPULSIVO. No
existe nada tan navideño como un buen desnudo y vestido de Goya, y
conste que no hablaré del que mal piensas en este instante ansiada
lectora, lector fraterno. La obra maestra del vestido y desvestido de
Don Francisco yace en un par de pavos que parten la Nochebuena al más
desaguisado contemplador. Hay uno trajeado de frac de negra pluma en
el Prado, pero su hermano desnudo amén de exiliado, sólo podrás
contemplarlo en la Bayerische Stadgemäldsammlungen de Munich.
Resulta más fácil ir a verlo que volver a escribir el nombrecito. Yo
los conocí el año que fui pavo en la noche mas familiarmente
excluyente del mundo. La noche en la que los extranjeros, los que
creen en otros dioses o los que dejaron la fe para mantener un poco
de esperanza no encuentran mantel, consuelo ni polvorones. Eso si, me
sacaron a la mesa en bandeja de plata con cabujones de esmalte y me
situaron en el centro brindando a la plaza. Alguien me arrancó un
pellizco antes de tiempo. Siempre es antes de tiempo para que se lo
zampen a uno. Hay
mesas aseadas por la Europa de todos los Carlos Magnos, Césares y
Martell, que se dedican al besugo, la carpa o al bacalao y nos dejan
en paz los muslos, aunque no falta el sadogastrónomo que se prepara
un exquisito arroz de pava borracha. Estos europeitos incipientes
podrían saber que ni quinientos años después de que los pastores
se maravillaran en Belen nadie de mi emplumada familia había pisado
la vieja piel de toro, el hexágono napoleónico, ni el tacón
itálico. Los galos aun me llaman “de Indias” y los sajones
“turco”. Por qué no se engullen uno de sus incomestibles pavos
reales de cola en ruda y realmente incomibles, me pregunto, en la
terrible soledad de la bandeja parturienta en la que reluzco. Nunca
hay suerte para el hombre honrado ni respuesta para el pavo en
ristre. Mucho hablar de la memoria histórica de las familias, pero
no recuerdan que ni en los arrendamientos mas leoninos aparecía otra
obligación de rento que no fuera un par de capones. Pero,
calla, lectorcillo findelmundano, que la familia caníbal se abalanza
tenedor en ristre. La parienta recién liposuccionada, los cuñados
calva rampante, el devorador de altramuces, el que pone un vino
regularcejo en la otra punta del mantel y deja a su alcance el que
nunca llegará a apreciar, la supuesta joven que jamas lucio un
detalle, suegras que eliminan a los postizos de la foto trampa, papás
mas impolíticos que cordiales y otras frutas de sartén burguesa y
recalentada.
Pero se van a tocar las narices antes que mis muslos,
porque me los he guardado para mañana. Hoy quiero ser solo pavo
trufado al viejo estilo de las casas con solera. Pasen señores,
pasen, vean, gusten y recuerden. Ya saben que cuando un pobre come
pescado fresco uno de los dos no está bueno. Y, sobretodo, si te
sientas a la puerta de tu cadáver, veras pasar la Nochebuena de tu
enemigo.
¡Aleluya!
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