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* Artículo de Juan Gómez Soubrier publicado en el diario El País el 28 de enero de 1984 El Museo del Prado vive una ceremonia de la confusión, agravada por
unas obras de reforma inacabables. El autor de este artículo, que
pronunció recientemente una conferencia en Madrid sobre el tema, ofrece
en esta segunda parte de su trabajo el razonamiento que le lleva a
calificar así la situación en el Prado.
El decorado de fondo de esa gran ceremonia de la confusión, en la
que agoniza el Museo del Prado, lo forman sus inacabables obras de
reforma. Iniciadas hace ocho años con la promesa de ser termiadas en
tres años y un presupuesto de 300 millones de pesetas, su coste ha
sobrepasado los 2.000 millones, cuando no se ha inaugurado más de una
cuarta parte de sus salas y nada ni nadie asegura verlas concluidas en
este siglo, ni a qué costo.Nunca se ha puesto remedio al gravísimo
defecto de nacimiento de tales obras, consistentes en que sólo se
aprobó un proyecto y presupuesto de climatizacion, dejando fuera los
problemas de iluminación, seguridad, decoración e instalación, que han
de hacerse al mismo tiempo. Una sucesión de remiendos al proyecto y de
reformas a lo reformado, envuelve la vida del museo. En las pocas salas
inauguradas se colocaron días después unos papeles en las paredes para
señalar dónde habrán de ir los conductos de seguridad e iluminación, lo
que significa que ha de volverse a destruir lo ya hecho. Las
prisas de 1975 al aprobar un proyecto -con fines claramente políticos-
por parte del entonces ministro de Educación, llevó incluso a no
considerar el mejor proyecto presentado, por la sola razón de que la
empresa concursante estaba presidida por Francisco Fernández Ordóñez, a
quien no se veía con buenos ojos desde el Ministerio de Martínez
Esteruelas, según testimonio de uno de los componentes de la mesa de
adjudicación. Si las salas de Goya ya han sido justamente
criticadas en estas páginas por la autorizada voz de Antonio Saura, las
salas dedicadas a oficinas de los funcionarios también lo han sido, y
duramente, por Federico Sopeña -director del Museo cuando se
inauguraron- y en las mismas páginas del boletín del Prado: "Allí
arriba estamos como han querido los arquitectos: todo limpio, moderno,
funcional..., por ahora, pues ya tenemos la consigna espontánea de no
vulnerar el orden, pero sí de hacer aquello más humano, más personal en
cada semijaula". (sic). A ello hay que añadir quepara tales
oficinas se ha sacrificado el espacio -el bien más escaso en el
edificio- dedicado a 650 cuadros durante casi dos siglos, y que,
además, se han destruido partes nobles del inmueble y la decoración
sólo ha producido semijaulas, impersonales e inhumanas. "Consulta de médicos" El
taller ha sido absurdamente colocado en el tercer piso, lo que ha
obligado a derribar más trozos nobles del edificio al introducir
montacargas en los que, por otra parte, no caben la mayoría de las
grandes pinturas. Dicho taller no posee iluminación natural -con graves
consecuencias para la elección de colores por los restauradores- ni la
ventilación necesaria cuando se trabaja con materiales cuya inhalación
puede ser peligrosa. Todo lo anterior palidece en importancia al
contemplar el estado de conservación de las pinturas. Hace poco se ha
celebrado una reunión de expertos internacionales acerca de las
pinturas negras de Goya y Las hilanderas, de Velázquez, calificada por el actual director como consulta de médicos, que poco han podido hacer, salvo declarar su estado de coma
irreversible. Las técnicas de restauración aplicadas en su momento
-hace muchos años y en muchas ocasiones- sobre tales pinturas, siguen
siendo utilizadas en su mayor parte en la actualidad, lo que es
incomprensible. No se hacen informes del proceso seguido en la
restauración, algo que ya exigía Pettenkofer -el gran investigador
holandés- en el siglo XIX, y los procedimientos seguidos son en muchos
casos simples ejemplos de barbarie. Sistemas abandonados hace un siglo
han sido empleados, como el chasis para la gran tabla de Santa Bárbara, del maestro de Becerril, cuando el engatillado deslizante era ya usado en 1770. La Adoración, del maestro de Sisla, fue trasladada caprichosamente a lienzo y sufre
una descomposición irreversible por encogimiento del soporte, y esto
aún se sigue haciendo, por ejemplo, en el Instituto Nacional de
Restauración, que lo ha empleado con todas sus consecuencias en la Visitación, del maestro del Portillo, hoy en Valladolid. Nada menos que las tablas de Rubens sobre la Eucaristía, la Santa Catalina de Yáñez de la Almudena, la Sagrada familia del roble, de Rafael, o el San Jerónimo, de Marinus están engatilladas a contraveta de la madera, produciendo el
novimiento estrangulatorio de los paneles, con lo que, más que una
restauración parece la adición al cuadro de un mueble castellano. Se
sigue hoy recurriendo al barniz teñido para enmascarar defectos y
deficiencias de los restauradores más afines a la dirección, llenando a
extremos dañosos a la vista en el Descendimiento, de Machuca, o el auténtico embadurnamiento en la Visitación, del maestro Perea. Párrafo aparte para la no lejana restauración de la Adoración de los pastores,
de Peter Brueghel, que ha sido retocada con óleo en contra de todas las
normas profesionales, se le cortaron trozos de la tela cuando "se debía
haber respetado la totalidad de la pintura", según ha publicado
recientemente el doctor Díaz Padrón, conservador de pintura flamenca
del Prado. Una brutal y excesiva limpieza de la Trinidad, de El Greco,
ha alterado la mejor tradición del museo en cuanto a restauración: las
medias limpiezas que evitaban el barrido de veladuras; el deterioro,
visible aún al más ingenuo visitante, de la figura central -un desnudo
femenino- de una de las tablas de Boticcelli, son susceptibles de
comprobarse a la primera ojeada. Y, sin embargo, el actual director ha
declinado destinar a becas para restauración el dinero ofrecido por el
Banco de España, pretendiendo paliar y ocultar la situación total con
el triunfalismo de unas exposiciones temporales, que no resisten a
crítica más serena, leve y objetiva. La exposición de bodegones que se
exhibe en Madrid no presenta a 15 de los cuadros anunciados en el
catálogo; añade otros llevados a última hora para cubrir huecos, y
demuestra la poca o ninguna fiabilidad que merece el actual Prado a
importantes museos -Saint Louis, de Misuri, ha negado una obra
fundamental- o coleccionistas privados -la colección Osuna, por
ejemplo-, o la incapacidad para encontrar los cuadros pertenecientes a
la Real Academia de San Fernando, mal almacenados a causa de otras
obras no menos eternas.
Pero hay cosas peores en esta última
época de exposiciones, como es el hecho de haber celebrado la muestra
de las adquisiciones realizadas en los últimos años sin la publicación
del catálogo, lo que, además de representar un paso atrás en la
tradición del museo, es simplemente inadmisible. Otras exposiciones son
dignas de una sonrisa, como la exposición del Niño en el Prado, sin
objeto ni sentido histórico-crítico, a la que ya un crítico de máximo
prestigio desaconseja llevar a los niños. Los restauradores están
contratados por diversos sistemas, y criterios arbitrarios, al igual
que los conservadores -de los que sólo uno lo es por oposición
específica al puesto-, y los conserjes pertenecen a tan diferentes
reglamentaciones laborales que el edificio principal y el Casón no
pueden hacer coincidir sus horarios, continuado en el Prado y cerrado a
mediodía en el Casón. El remolino final se acelera con la
política de adquisiciones, la interferencia de competencias entre el
Patronato del Museo del Prado y el Patronato Nacional de Museos, la
insuficiencia de presupuestos, la inercia de situaciones de privilegios
sin más aval que el tiempo de la corruptela, la desaparición del Centro
de Estudios del Museo del Prado nunca explicada, la falta de personal
competente y las mutuas acusaciones o veladas guerrillas interiores que
acaban de tener su cómico reflejo en la prohibición de vender obras de
divulgación en las que figuren como autores investigadores del museo, y
que ha tenido que extenderse a todos los museos porque prohibirla
únicamente en el Prado era una declaración demasiado ostensible de lo
personal de la medida. No se trata, ante tan graves problemas, de
buscar culpables, sino de encontrar soluciones. El fiscal del Estado
concluyó su investigación descartando el delito penal, porque "no se
han hallado responsabilidades penales, o los hechos son tan antiguos
que, evidentemente, han prescrito". La única salida del remolino
en que se halla inmerso el Museo del Prado es la consideración global
de todos sus problemas y una normativa clara que supera las
posibilidades de sus funcionarios, de la Dirección General, del
Patronato de Museos y, quizá, del Ministerio de Cultura, considerado
aisladamente. El Gobierno tiene la palabra, los poderes y la necesidad.
Basta con la decisión para salir del remolino. Ya se ha tocado fondo.
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