No me obliguen a leer
Artículo de Juan Gómez Soubrier
Publicado en Periódico Pueblo 10 de noviembre de 1979


Ahora que tengo en las manos una pizca, o adarme, digamos migaja o llamémosle brizna de esa idolatrada tarta de la libertad, no estoy dispuesto a que me obliguen a leer.

El reciente Primer Congreso de Escritores Murcianos me sorprendió cuando alguien propuso la lectura obligatoria de los autores murcianos en todas las escuelas. Pensaba yo que esto había sido casi un error de mis oídos. Pero no. Y como todos los disparates tiene su octava, justo ocho días después, y en el homenaje a Celso Emilio Ferreiro, volví a escuchar la propuesta de lectura obligatoria de sus textos.

Algo se niega en mí a la lectura obligatoria. Xenius, llegando a caballo con treinta y cinco años recorridos desde la Asamblea del libro español, camina a mi lado y murmura: "He visto a la vernacularidad petulante florecer, para cada rincón del mundo, en un ramo de vesania ególatra, con la pretensión, cotidianamente voceada, de cultivar un "casticismo"; una originalidad independiente, punto brujeril para los más excéntricos aquelarres de lo pintoresco, en que se encabritaban sobre sendas escobas todos los productos de su literatura, de su arte, y hasta dicen que los de su ciencia o de su piadosa devoción." Nunca gozará tanto un escolar jerezano el canto de sus caídos en escritores coterráneos como puede disfrutar en el verbo impar de Falstaff. Y solamente leyendo a Byron podrá conocer un alicantino la inmensa fama de su región fabricando castañuelas en el XVIII y XIX.

Yo, murciano, que suelo definirme como "un sueco del barrio del Carmen", hube de quedarme firmemente apoyado en el aire leyendo a Ilya Ehremburg en "Los años turbulentos" (me gustaría pensar que la memoria me falla y que era en "los años inolvidables", de Dos Passos, o en un poeta cartaginés y apócrifo reinventado por José María Álvarez). Cuenta Ilya que pidió una naranja a un murciano. Que éste se la dio. Que eran tiempos de guerra. Que fue a darle una peseta a mi paisano. Que éste le dijo: "Su sonrisa vale más que una peseta..."

Non falemos dos bobos que todo lo adeprenden nos libros, diría Celso Emilio... que los escritores murcianos se vean en Galicia porque se lo merezcan. Que Ferreiro se lea en Murcia porque se lo merece. Que cada uno, como Brel quería vivir, pueda leer de pie. A ver si va a resultar mejor que la obligación de leer sólo lo castizo aquellas espantosas prohibiciones de leer a los buenos. Porque si además de buenos no se dejaban editar se convertían en literatura míticamente clandestina. Que cada profesor de literatura goce de la más amplia libertad para crear en sus alumnos las ganas de leer. Como las ha creado Sánchez Dragó con una obra opuesta a todos los cánones del "marketing" editorial. Con esa alma en su armario que cada escritor lleva en su tintero: la palabra que nace con él mismo, y cuando está bien dicho camina más rápida que la aurora de rosados dedos. Vamos a aprender a escribir. Para que no nos obliguen a leer.

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Amarres murcia, literatura,
Desembarcado en Juan
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