Gironella, un mejicano que pinta en español
Artículo de Juan Gómez Soubrier, crítico de arte.
Revista Tiempo nº 77, 31/10/1983

Desde su metro ochenta y dos centímetros de estatura, Alberto Gironella habla con voz grave, economía en el gesto y sentido de la ceremonia, como un veterano del Actors Studio mimetizado con su estudio en el castizo barrio madrileño de Chueca.
“A mi pesar y a mi querer, por partes iguales, llevo un año en España gozando y sufriendo, viviendo y pintando”.


Este mejicano es aquél de quien Buñuel dijo: “No es hispanófilo ni hispanista, es un hispanópata”. Aunque Rosa Chacel respondiese que “eso es algo que se cura”, él no parece repuesto.
“Aún me pregunto si Rosa Chacel puede ver cumplido su aserto, porque si tengo un defecto claro es el de ser español por exceso y lo que me duele y hace desesperar es encontrar que hay quienes son mejicanos por defecto”.


Dentro de unos días se inaugurará la muestra de ocho pintores mejicanos que, en el Banco Exterior de España, sucede al amoroso montaje de cartas, fotografías y libros príncipes de otro gran americano y amador llamado Neruda. Gironella podrá ver, por fin, expuestos cinco retratos pintados por él. Cuatro españoles de genio –Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna, Luis Buñuel, Bergamín– y un mejicano, Octavio Paz. Este último cuadro ha sido el causante de su presencia en España y de no pocos de sus dolores.

“Se me hizo venir con un contrato del Instituto de Cooperación Iberoamericana para pintar el retrato de Paz, por una cantidad simbólica. Cuando llevaba aquí varios meses, coincidiendo con grandes dificultades de salida de divisas de mi país, se incumplió lo prometido. He llegado a comer de fiado más de un mes gracias a otro español, que no sólo los hay que deben ser calificados de informales, aunque la palabra exacta en mi país no es esa, sino la de sinvergüenzas, en el caso del Instituto”.


Sus manos grandes abarcan el cielo de Castilla sobre la tarde y su santa indignación contenida.
“No hay queja porque yo, como deberían hacer ustedes, estoy dispuesto a asumir la frase de su compatriota Larra: ‘Supón que eres español y no te aflijas’”.
Su gesto es tranquilo, como si no hubiese estado sin poder retirar las maletas de la pensión hasta que no pagase. Ahora, el retrato de Octavio Paz ya está vendido antes de ser expuesto y sin problemas económicos. Buñuel podría, una vez más, tener razón.


Toros, afición y obsesión


“Conservamos un sentido ancestral de la ceremonia desde que jugaba a hacer de cura con mi abuela, pianista sorda y catalana de Reus, con la que esperé al avión “Cuatro Vientos” en la trágica noche del día 20 de junio de 1933. El aviador Collar pasó a ser mitificado por mi abuela, junto a Prim y a Fortuna, por ser de Reus. Nada somos sin los propios mitos”.


El lector puede viajar a los recuerdos de otro niño, que igualmente jugaba a cura en el “Cuaderno Gris” de Josep Plá y encontrará algo en común entre ambos sentidos del rito y la tradición: ese aire de tramontana que azota en Cadaqués cualquier tarde gris –como un cuaderno de infancia– al pasar por Can Cendrera, hacia la partida de ajedrez en el café de la Marina y camino de cualquier parte en el universo infinito del viejo Cap de Quiers.

“Comencé a pintar con la conciencia de hacerlo a los quince años, al tiempo que escribía, con la oposición de mi padre, aquel catalán que discutía con los abarroteros (vendedores de ultramarinos), emigrantes españoles que estaban en contra de la República a la que mi padre defendía al mismo tiempo que la “Santa Espina”, en lógica contradicción hispana.
Un día, el gran poeta catalán Josep Carner le convenció para que no se opusiera. Mi padre me llevó a su biblioteca, lugar de las grandes ocasiones, y me dijo que ya podía pintar. Al día siguiente me despertó a las siete de la mañana y me dijo: ‘Vete a pintar ocho horas. Después puedes irte al café’”.


Esta primavera expuso en el Museo de Arte Contemporáneo una serie realizada a medias con Alechinsky, reviviendo viejas historias de pintar a cuatro manos que inventaran Giorgione y Tiziano. El tema gira en torno a los toros, una de sus obsesiones hispanópatas, en las que embebió al fundador del grupo Cobra. Y aquí la conversación tomó el rumbo de las aficiones compartidas y se perdió en el tiempo contemplando la serie de grabados dedicada a Rafael de Paula y a su música callada, sobre un silencio cómplice ante la impalpable presencia de Bergamín, máximo admirador de Rafael de Paula.

“Los españoles deberíais tener conciencia de la universalidad de lo taurino. Desde el poema de Rilke a Montes, hasta cuando Nietzsche afirma que Séneca era un torero de virtud, hay un vuelo invisible de mariposa que une. Esa mariposa que teje los avatares del destino, desde los grabados de Goya hasta el amor la muerte, a la que ha dedicado un libro completo arrancando del llamado “Quite de la mariposa” que inventara Marcial Lalanda, el primer torero que conocí y a quien las mujeres obligaban en Méjico a dar una vuelta al ruedo antes de torear para aplaudir más su gallardía”.


España como lema


La luz de la tarde continúa su ritmo implacable jugando por la buhardilla y la memoria. Busca unos tampones, que estampa regularmente en sus cuadros, que dicen: “Esto es Gallo”. La frase es del Quijote y la escribía un pintor “de mala mano” sobre sus cuadros para que se pudiese reconocer lo pintada. Se llamaba Orbaneja y revive a gusto en la hispanofilia de Gironella, como ya revivió en los valleinclanescos “Cuernos de don Friolera”, que se ha interpretado como una ironía hacia Picasso: “Es la obra maestra de una pintura absurda. Un Orbaneja de genio”. Y Alberto Gironella vuelve a Valle-Inclán como homenaje a aquellos excepcionales profesores que tuvo en su niñez, valiosos intelectuales españoles arrojados a la playa de la enseñanza elemental por la tormenta de la guerra civil. Eugenio Imaz, Millares Cirlos, Souto, Altamira, le pusieron en la senda de los grandes escritores españoles para siempre.

“El teórico de lo que está sucediendo en América (a lo largo y ancho de dos días no ha dicho nunca Hispanoamérica, Iberoamérica ni Latinoamérica) es Valle-Inclán y puede comprobarse leyendo cuanto tiene escrito sobre la guerrilla en “Tirano Banderas” y “Ruedo Ibérico”. En mi país no debemos olvidar nunca que la conquista no la hizo Hernán Cortés, con sus cien hombres, ni la independencia fue un hecho mejicano. La conquista la hicieron los indios y la independencia la hicieron posteriormente los españoles”.


Nos despedimos en el paseo de la Castellana, a la salida de la exposición en la que la vida de Neruda es cronología exquisita y exacta imagen. Exposición modelo en la relación existente entre medios materiales y su resultado estético, que ha tenido la virtud de permitir a la surrealista y entrañable Maruja Mallo volver a las andadas que iniciara con Neruda en la isla de Pascua y hacer la gran pirueta de defraudar al fraude, inventando un falso plagio y un bellísimo dibujo con la misma fe con la que Goya pintó el “Esopo” y el “Menipo” de Velázquez para recordar a todos que aquello que no es tradición es, simplemente, plástico. A la salida nos saluda Bergamín, varias veces, con una de sus coplas inéditas y toreras:
“Yo me hice un quite de veras; y me salí abanicando por los terrenos de afuera”.
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Amarres crítica de arte,
Desembarcado en Juan
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