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Artículo de Juan Gómez Soubrier
Lo único que distingue al hombre de las termitas-soldado es su capacidad para adoptar libremente las reglas del juego de la vida, profesor Savater dixit. Si esta aseveración pretendiese ser demostrada sin más, bastaría con contemplar los prolegómenos de una auténtica partida de mus. La primera cosa que lo diferencia del resto de juegos de cartas es que en éste no se premia la virginidad de la baraja. Nadie ha de exigir baraja nueva, que no es juego de doncellas recosidas que anden vendiendo el virgo a esposo bruto. No se trata de estrenar baraja, sino de tocarla mejor y con más arte.
Al contrario, cuando se pide baraja de esteno suele ser en partidas a las que uno no debe apuntarse. No se trata en el mus de desconfiar del contrario pues más valdría no jugar a nada con quien no sea amigo, primera condición para admitirlo como contrincante.
No hay para el mus otra baraja sino la española, y aun dentro de ésta, un modelo popular por excelencia, reconocible por su as de oros, llamado huevo frito al ser su color abundante y su aspecto suculento. Rara vez podría concebirse jugar al mus con baraja francesa, y eso en los helados páramos de la Antártida.
Para elegir al jugador que reparta cartas basta con que cualquiera de ellos corte el mazo y enseñe una. Según el palo y contando en el sentido contrario al de las agujas del reloj corresponderá a aquél con quien coincida el palo por el tradicional orden de oros, copas, espadas y bastos. El jugador que ha de repartir cartas procede a barajarlas y debe concluir dando carta al contrincante de la izquierda. Este debe cortar el mazo dejando cerca de sí la parte que ha tomado en su mano para evitar que, al recogerlas, vuelvan a quedar como antes. Lo contrario no está ni medio bien visto y, en algunos casos y lugares, se interpreta como harta grosería. Nada tan importante como las formas para descubrir ciertos fondos. Mientras esto sucede ha de hablarse -por ocioso que resulte si son viejos contrincantes- de si se admite la treinta y una real contra la mano, algo que jamás hemos visto pero de lo que uno siempre cuenta que se hacía en su pueblo.
También se acordará si la partida es a seis u ocho amarracos, dato importante porque a ocho ha de influir menos la suerte a corto plazo. Tan sólo quienes tengan prisa preferirán hacerlo a seis, y las prisas son para los ladrones y los toreros malos. La gran polémica es si ha de ser la partida a cuatro u ocho reyes. Todo aquel que presume de ser auténtico musolari -y el que deje de hacerlo no merecería jugar jamás- declarará que él juega siempre a cuatro y que lo hace a ocho como amigable concesión. No suele ser cierto, pero permite presumir antes de comenzar.
No imponer nunca el propio criterio en estas fruslerias previas es regla de oro del musolari exquisito. Si decide el enemigo no podrá alegar excusa alguna cuando haya perdido. En el mus, como en la vida, hay que dejar que el condenado elija la soga para ahocarse. Y si es uno mismo el ahorcado, quedará el consuelo de no haber sido él quien escogió el cordel. Y, sobre todo, quedará usted como el aceite. O sea, por encima.
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