En Abril, vamos a Sevilla
Artículo de Juan Gómez Soubrier bajo el pseudónimo de Juan de Zarandona

Ciento cuarenta años después de que la Reina Isabel II aprobara su implantación, la Feria de Sevilla se ha convertido en una de las fiestas más populares del pais.

PARADOJICAMENTE, la Feria de Sevilla es la creación de un vasco: don José María de Ybarra. Antes de ser conde de Ybarra y acreditado ganadero, don José María -creador de la "casta Ybarreña" de toros bravos- tuvo ya en 1845 la idea de establecer una Feria de la que entonces carecía Sevilla, cuando ya eran famosas las de algunos pueblos de la provincia, como sucedía en Carmona o Mairena. El 10 de marzo de 1847, su majestad la reina Isabel II aprueba la implantación y celebración de la Feria de Sevilla.

El primer año no había casetas particulares, pero la calle Nueva de San Fernando estaba poblada de multitud de puestos con baratijas, ropas, avellanas, turrones y alfajores. Aquel año ya se inició en la Feria la tradición de los puestos de buñuelos y tejeringos a cargo de gitanos que hoy perduran. Ese mismo año se celebró una corrida de toros en la que se lidiaban seis toros de Taviel de Andrade y dos del nuevo ganadero Curro Cúchares.

Y es que cuando la Maestranza toca palmas por bulerías en honor de Curro Romero no hace sino continuar sus más preclaras tradiciones que alcanzaron momentos de máximo cariño hacia José Luis Vázquez o Manolo González. Por eso las calles de la Feria llevan cada una el nombre de un torero de cartel, haciendo verdad el tópico de que los protagonistas auténticos son el toro y el caballo, aunque la cuenta de ganado equino no sea hoy el soporte económico de los festejos ni exista la plaza de toros Monumental construida a instancias de Joselito, aquel sevillano de Gelves que deseaba que los toros fuesen cada vez más baratos para que nadie se privase de asistir.

El cambio de importancia entre los respectivos valores de la Feria puede resumirse en estas palabras de un viejo sabio y sevillano: "Modernamente, el aderezo se ha comido a la sustancia".
Cuando los planteamientos económicos han cambiado, es la parte lúdica y festiva nacida al amparo de aquella feria de ganados la que pervive y hace ciertos los versos que Pemán dedicara a esa hermana menor que es la Feria de Jerez: "Rumbo y elegancia de una raza vieja/que gasta diez duros en vino y almejas/vendiendo una cosa que no vale tres".

La Feria gira al compás que manda el vino de la tierra cercana, con absoluta proponderancia del "fino" jerezano que mantiene su fama de no poder pasar el desfiladero de Despeñaperros sin "marearse" -aún más se atribuye el mareo a la mazanilla de Sanlúcar- y de no sentar mal a quien sabe beber sin prisa aunque lo haga sin notoria pausa. Las medias botellas, creadas especialmente para la Feria según cuentan algunos viejos sevillanos, los vasos clásicos para beberlo -los catavinos- y el ritual ceremonioso y gentil de las invitaciones, continúan la tradición que iniciaran las dos casetas que colocaron haco siglo y medio "La Fonda de los Arados" y "La Hostelería" donde, según relatan antiguos cronicones: "A más de un buen café, podían tomar a menudo otros platos andaluces los forasteros, compradores y vendedores que visitasen la Feria".

Hace ciento cuarenta años que se instalaron los toldos para resguardar a los asistentes de los rayos solares, que en tal tiempo suelen a veces ser en Sevilla de mucha intensidad, por lo que el Ayuntamiento cedió los de la carretera del Corpus haciendo al menos, frescos y agradables los parajes.

Los coches de caballo también continúan la tradición de belleza en sus enganches y colleras, troncos y aparejos de talabartería que iniciaran hace ciento cuarenta años los que pertenecieron a los Condes de Aguila y de Villapineda o al ganadero Taviel de Andrade. Los trajes de faralaes -entre los que aún se agita entre vuelo y vuelo la legendaria firma de La Pardala- y los trajes "de corto" para los hombres no se sienten ni se llevan como un disfraz sino por los escasos forasteros que osan ponérselos. Desde el mayoral al ganadero de postín, los sevillanos saben ponérselo, llevarlo y lucirlo con severa dignidad.

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Amarres toros, viajes,
Desembarcado en Juan
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