México en España
Artículo de Juan Gómez Soubrier,crítico de arte

Extraordinaria. La exposición "México en España" que se presenta en el Museo Español de Arte Contemporáneo merece tal adjetivo, en toda la extensión de la palabra.
Abarcando las tres épocas fundamentales de la historia mexicana, el conjunto tiene la cualidad de transportar al espectador a lo más íntimo de la evolución total de un pueblo que no solamente ha vivido todas sus crisis con intensidad, sino que ha sabido plasmarlas estéticamente.

Hasta tal punto es esto cierto que Oscar Urrutia ha declarado que la imagen estética mexicana, debido al gran número de creadores plásticos de gran talla que posee el país desborda la realidad económica de un pueblo pobre. Sin embargo, y a pesar de estas consideraciones basadas fundamentalmente en la consideración del arte muralista actual, lo que sucede es una compenetración muy alta entre los problemas del pueblo y la obra realizada por sus creadores con el apoyo del Estado, ya que no es posible imaginar estas obras sin que hayan sido encargadas por un ente que represente al pueblo mexicano y que, a la vez, haya permitido una libertad de expresión no usual.

Y no nos referimos a lo político, que siempre se puede sospechar que se permitió en tanto en cuanto favorecía determinadas corrientes. La crítica llega a extremos más amplios. Por ejemplo, no se conoce ningún Palacio de Justicia donde la dantesca imagen de la Justicia dormitando, campee sobre una balanza arrastrada por una multitud sin rumbo.

Es en este sentido en el que se ha llamado a Rivera el "primer historiador de México", cuando, partiendo de sus primeros trabajos, participativos del movimiento cubista, cambió de rumbo y se adentró hasta poder presentar el "rostro mexicano" en toda su plenitud. Orozco trae toda la desilusión y el sarcasmo en el relato de los capítulos más dramáticos del pueblo mexicano.

Siqueiros, hombre partido al igual que Rivera, es el más universal de los tres, en la misma medida que Orozco, el auténtico rebelde en la sociedad, el que pudo mantenerse siempre con el sentido crítico despierto ante cualquier circunstancia por su falta de ataduras personales, llega a los últimos extremos expresivos al atacar el tema de la solidaridad con el dolor o el de la brutalidad absoluta, pudiendo incluso llegar a atisbarse una voluptuosa complacencia ante el futuro incierto.

Las ideas internacionales del socialismo difícilmente han alcanzado una expresión tan acorde con la realidad de un pueblo, y la pintura pocas veces ha dejado en este siglo unas huellas tan claras de donde debe estar, cuando en casi todos los países, los centros oficiales han han albergado la más triste expresión del arte de su tiempo o, simplemente, han olvidado el tema con una política miedosa, una estética falsa del "no equivocarse", confundiendo la parálisis y la inacción con "el buen gusto".

A todo esto se llega después de recorrer una espléndida muestra de los otros dos grandes períodos de su historia. La época prehispánica se presenta increíblemente rica y será una sorpresa para el espectador. Sobre los tópicos habituales de lo maya y lo azteca (no por esta condición menos valioso) se yerguen y sobresalen las piezas olmecas, preclásicas, tolteca, de la cultura del golfo de México o huasteca, dando idea exacta de la variedad y pujanza que tuvo el país antes de la llegada de los españoles, y por primera vez sorprende al espectador español en su propio país.

Si hubiera de elegirse un ejemplo, bastaría con el luchador sentado de unos mil años antes de Cristo. El luchador olmeca está sentado y, sin embargo, la piedra alcanza una fuerza dinámica absolutamente excepcional en comparación con cualquier otra de la misma época, en cualquier otra parte del mundo.

Este hombre está animado de un concepto del movimiento que, presupone una observación anatómica perfecta al tiempo que una idea tan clara de las tensiones internas que alucinan al visitante. Esta pieza, como la mayoría de las expuestas valdría por sí sola la visita. No en balde el profesor de arte prehispánico Mario Vázquez ha declarado que es como si nosotros les hubiéramos prestado las obras de Velázquez o de Goya del Museo del Prado.

Y de aquí se pasa al tremendo choque con el arte realizado bajo el virreinato, período en el que se forma la conciencia nacional donde aparece el mestizaje como explicación fundamental de las obras y el sentir mexicanos. La sola contemplación de un cuadro que expone las "castas", explicando las diferencias entre uno de Notentiendo con India, siendo el noteentiendo el hijo de Tenteenelaire con mulata, y el Tenteenelaire el hijo de Sambajo con Loba nos hacen perder pie en la genealogía, pero nos llevan claramente a la idea de que ha nacido algo nuevo, autóctono y propio.

Una exposición que no admite excusa no contemplar. Hay todas las épocas, todos los gustos, todos los excesos y todas las verdades. Y todo ello lleno ya hasta que el "horror al vacío" es una lección del arte virreinal que se debe aprender y no equivocarla nunca con el falso esteticismo que ha puesto en el vacío y en su pobre estética hospitalaria el ideal de estética. Si la estética es, ante todo, una forma de conducta ante la vida, esta exposición es un ejemplo de pueblo caminando, de gentes que no son ni serán nunca avestruces.


Información adicional
Amarres crítica de arte,
Desembarcado en Juan
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