EL "BELEM". Un siglo a toda vela
Las celebraciones del centenario han culminado con una gran fiesta en la que el invitado de honor ha sido Eric Tabarly (Izda), el navegante en solitario más famoso del mundo.
Foto: Juan Gómez Soubrier
* Artículo de Juan Gómez Soubrier sobre el centenario de "El Belem"

Cien años de puerto en puerto. El Belem, último velero transoceánico construido en el siglo XIX que aún se atreve a desafiar las olas, ha celebrado su centenario. Declarado monumento nacional en Francia, ha iniciado su segundo siglo de existencia navegando por aguas francesas.

El Belem está amurado en cualquier puerto francés. Este año 1996, los ha recorrido todos para celebrar alegremente su centenario y, sobre todo, su capacidad de resurrección. Y lo ha hecho con Eric Tabarly –el navegante solitario más famoso del mundo–, que ha apagado las cien velas de una enorme tarta bajo sus tres mástiles.

Cuando se construyó ya era un barco viejo. La navegación a motor no era ninguna novedad a finales del siglo pasado. Pero sus armadores, allá en el puerto atlántico de Nantes, amaban la vela y todavía creían en la rentabilidad de los veleros "Antillanos", que habrían de transportar materias primas en las rutas del Caribe.

"La tierra encierra más peligros para un barco que la mar", reza un viejo refrán marinero y marsellés. Y la primera vez que nuestro barco salvó su piel fue estando anclado, cuando una erupción volcánica cayó sobre él en la Martinica, en mayo de 1902. Sobrevivió a aquella nube de cenizas volcánicas y cambió de propietario.

EL NOMBRE BRASILEÑO
El Belem sobrevivió a aquella nube de cenizas volcánicas y cambió de propietario. Ya no transportaría cacao ni volvería a mojar sus maderas en las aguas de Brasil. El Belem tomó su nombre por ser el de la capital del estado brasileño de Pará que, por cierto, era el nombre del barco al que sustituyó. Desde un traje de novia hasta una camioneta formarían parte de los más de quinientos artículos que transportaba desde Nantes a la Guayana.

Ya en 1913 se consideraba al Belem el último de los veleros transatlánticos. Chauvelon, su capitán, embarcó a su mujer y sus dos hijos pensando que sería su última singladura. Pero su belleza le habría de salvar otra y mil veces más.

Y fue esta belleza la que cautivó al duque de Westminster, que lo compró en 1914. Se arrió el pabellón francés y se convirtió en yate de lujo bajo la bandera de la Union Jack. Las bodegas de carga a granel fueron reconvertidas en suntuosos salones recubiertos de palma de caoba. Por si las olas dejaban de empujarle, se le añadieron dos motores de 250 caballos, con un par de hélices. La primera guerra mundial acababa de estallar, algo que no pareció inmutar al joven Lord, que dejó el Belem amarrado mientras él embarcaba hasta obtener una medalla por méritos de guerra.

EL REY DE LA CERVEZA
Los felices años veinte vieron embarcar en el velero antillano a la flor y nata de la aristocracia y las finanzas, de los vinos y de las viandas. Aquella joya velera provocó el deseo del fabricante de cerveza más rico del mundo. O sea, que el honorable Ernest Guinness y sus amigos convencieron a Lord Hugh Richard Arthur para que el barco se vendiese por quinta vez de propietario. El cervecero rompió una vieja tradición y rebautizó el barco con el nombre de Phantome II. Bañeras y pianos, cortinas de seda, butacas tapizadas de cuero y un inmenso bar enriquecieron de nuevo las estancias del superviviente.

La tripulación pasó por aquel entonces de trece a treinta hombres, según el lujo que amaba aquel que un día pretendió pagar un billete de trolebús con el mayor billete que circulaba en la época y que tuvo que escuchar cómo el tranviario le preguntaba si quería viajar en el tranvía o pensaba comprarlo. Si el duque navegaba sólo con buen tiempo, el magnate de la cerveza lo hacía en cualquier ocasión y sin arredrarse ante los recorridos.

En 1923 inició una vuelta al mundo pasando por Panamá y Suez, en la que completó 31.129 millas marinas, lo que representa una singladura de 57.621 kilómetros.

UNA LEYENDA
Cuenta la leyenda que durante las revueltas irlandesas de los años veinte, el Belem veía detenerse las armas cuando cruzaba el río que divide Dublín, el Liffley. Ambos contendientes respetaban la belleza del viejo velero y Sir Guinness cruzaba las líneas de fuego impávido y majestuoso. Pero las leyendas perviven a los historiadores y el antiguo capitán Chauvelon volvería a cumplir un sueño cuando pisó de nuevo la cubierta por invitación del nuevo propietario. Cuenta Jean Noli, biógrafo de nuestro barco, que cuando Chauvelon descendió del Belem lo contempló como cuando alguien se encuentra con una antigua amante y la ve convertida en una desconocida.

Al regreso de Montreal, en 1939, Lord Guinness falleció sin conocer el estallido de la II Guerra Mundial y murió con el alegre sabor de la coronación de Jorge VI; que le había llevado a Canadá. La isla de Wight le sirvió de refugio durante la guerra y allí hubo de sobrevivir a los bombardeos del puerto. Sus mil doscientos metros cuadrados de vela sí desaparecieron quemados en el hangar que los guardaba por una de aquellas bombas.

Sin mástil ni vergas, el casco sobreviviría hasta ver durante unos meses ondear de nuevo la bandera francesa de De Gaulle –con la Cruz de Lorena–, ya que el general francés instaló allí de acuerdo con el Almirantazgo inglés, el cuartel general de las llamadas "Fuerzas Francesas Navales Libres".

En 1952, el Belem cambia de propietario por sexta vez y por tercera, de abanderamiento. El senador veneciano Vittorio Cini lo adquiere para su fundación a favor de los huérfanos de pescadores y marineros. Y, claro, cambia de nombre y pasa a tomar el de "Giorgio Cini", un hijo del senador, muerto en combate aéreo. De nuevo nuestro barco iba a ser desguazado cuando el conde Cini lo vendió por el precio simbólico de una libra a los aduaneros que deseaban un barco escuela. Pero cuatro años después, aquéllos deciden desprenderse de él y por el mismo precio de una libra lo venden a los astilleros venecianos que le lavan la cara y lo ponen a la venta. De nuevo la suerte llevó a recordar a un famoso cirujano de Venecia que un colega suyo francés había visto unos años antes el barco y pudo reconocerlo gracias a una foto que el conde Cini tenía en el comedor, con su nombre originario.

CIEN VELAS
Hoy está en perfecto estado de navegación. En el puerto de Saint-Raphaël, el marino más famoso de la tierra, el legendario Tabarly –el que llegara tras cruzar el Índico como primero de una regata antes de que nadie lo esperase aún y se fuera a dormir a un hotel sin avisar hasta el día siguiente–, ha apagado las cien velas de la tarta inmensa y provenzal. He subido a bordo, he estrechado su mano. Por la noche he contemplado el espectáculo teatral que le acompaña de puerto en puerto. Los actores aparecen y desaparecen de jarcia en jarcia, entonando las viejas e irrespetuosas canciones francesas de marineros que un día me enseñara Víctor Vadorrey (viejo marino y alma de La Codorniz): "Vive le Roi de la France et merde pour le Roi d’Anglaterre…".

Cuando cae la noche, camino hasta encontrarme la casa del inventor de la pesca submarina con aletas, gafas y cámaras estancas para máquinas fotográficas. O sea, Le Prieur, el del bote con fondo de cristal, para contemplar el mar como un pez de superficie. Pero, claro, ésta es otra historia, mi querido lector.

1.Reza un viejo refrán marinero y marsellés que "la tierra encierra más peligros para un barco que la mar". El primer peligro para el Belem le llegó estando anclado
2.En 1913 se le consideraba el último de los veleros transatlánticos
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Las celebraciones del centenario han culminado con una gran fiesta en la que el invitado de honor ha sido Eric Tabarly (Izda), el navegante en solitario más famoso del mundo.
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