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* Artículo de Juan Gómez Soubrier, publicado en el Mirador de los
Mirones –revista Hombre de Hoy (1986)–, bajo el pseudónimo de Juan de
la Cossilla
Desde que los canónigos de Salamanca dejaron de discutir acerca del número de ángeles que podían bailar en la punta de un alfiler, dada su carencia de corporeidad, y los sabios bizantinos plantearon la cuestión del sexo de los ángeles, ningún otro tema ha resultado tan surrealista en el mundo de los placeres sensibles como la discusión sobre cuál es el punto donde reside el placer.
Partidarios del clítoris y adoradores de la fellatio, enfebrecidos del ano y saltimbanquis de la vagina, se aprestan a darnos la tabarra, comernos el coco y limarnos el tarro con las supuestas excelencias del sistema que defienden.
Ni el punto G ni ninguna otra fórmula por inventar llegarán a más verdad que la resumida en: «El placer soy yo». Si la frase anterior no parece suficientemente clara, sí lo será el hecho de que el gustirrinín lo encuentra cada cual según su cada cómo, su cada dónde y su cada cuándo. O sea, que en cuestión de orgasmos no hay nada escrito, por muchos ríos de tinta que más de un erudito a la violeta haya intentado derramar sobre ingenuas meninges del personal.
Si Master, Johnson y Hite hubiesen confeccionado una guía de restaurantes en lugar de un catecismo de la jodienda, quizá no le hubiese ido mejor a la historia universal de la gastronomía pero, sin duda alguna, más de un despistado universitario occidental habría encontrado más fácil el camino para llegar a la cara oculta de su placer.
Aunque los consejos sólo deben darse en billetes de curso legal, nos permitimos, con carácter excepcional, recomendar al curioso lector: pálpese sin recato hasta llegar, si no al fondo, sí al punto máximo de placer. Una vez encontrado, será su problema explicarle a su pareja la manera de explotar y explorar hasta encontrarse.
Nunca se sienta perdido. La cara oculta del placer es un hallazgo como el de Stanley y Livingstone en lo más profundo de la selva africana. Lo cual no quiere decir que no pueda ser tan histórico como aquél. ¡Felices Pascuas!
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