Tocando vale más caro
* Artículo de Juan Gómez Soubrier, publicado en el Mirador de los Mirones –revista Hombre de Hoy (1986)–, bajo el pseudónimo de Juan de la Cossilla

Cuando el arte de coitear no era pecado, sino más bien milagro, las señoritas de pequeña virtud solían retranquearse al desaire de las incipientes barras americanas y advertían parsimoniosamente al presunto cliente: "Tocando vale más caro".

Veinte años después la frase vuelve por sus fueros al compás del pánico a los contagios modernos, ese nuevo tango del adiós a las armas… eróticas. La penicilina ha hecho más por revivir los faustos del amor mercenario que todas las artes afrodisíacas de nuestras viejas alcahuetas y celestinas, aunque el inventor sólo tiene un monumento agradecido en la puerta de la madrileña Plaza de Toros de Las Ventas sin que figure, como debería, una escultura suya a la entrada de cualquier Barrio Chino del orbe. Y cuando los viejos fantasmas del contagio físico dormían el sueño de los injustos, aparece en el horizonte de la promiscuidad la espada del SIDA, que ha sido rápidamente blandida por los predicadores de moralina barata, los represores de todos los sistemas e, incluso, por algunas personas normales.

Mientras llega la vacuna prometida por los franceses, siempre atentos a las consecuencias del amoroso coito, proliferan los sistemas de la pornohigiene, entre los que recomendamos la resurrección de la renacentista carezza, sutil deporte artístico que consiste en llevar hasta el paroxismo sexual al acompañante.

Gana el juego aquel que disfrute el último, tras haber orgasmeado al contrario que se verá, con toda justicia, muy corrido.
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