El onanismo bien entendido
* Artículo de Juan Gómez Soubrier, publicado en el Mirador de los Mirones –revista Hombre de Hoy (1986)–, bajo el pseudónimo de Juan de la Cossilla

Hasta Luis Goytisolo, cuando habla de «Máscaras de trompetas, de colores, gorros de papel y onánicas zambombas», usa la palabra onanismo en la primera acepción de la Academia –vicio sexual, solitario, masturbación– como resultado de una mala lectura del libro del Génesis. Para nada se habla allí de masturbación: «Sabedor de que la descendencia no iba a ser suya, cuando yacía con la viuda del hermano derrababa el semen por tierra para no procurarle descendencia». En realidad, se trataba del coitus interruptus, el anticonceptivo masculino por excelencia, tanto en cuanto a vejez de uso, como a escasez de eficacia en el espacio.

Si usted carece, discreto lector, de la habilidad suficiente para realizar el orgasmo interior, del que hablan y no acaban ciertos maestros orientales, limítese a ensayar las mil y una formas del placer erótico susceptibles de ser ensayadas sin necesidad de usar anticonceptivos. En último extremo, emplee el infalible anticonceptivo universal: provéase de dos pastillas para la tos. Introduzca una entre sus rodillas y otra en las de su pareja. Procure que no se caigan en ningún momento y el resultado está garantizado. Si son ustedes tres, bastará con proveerse de una tercera pastillita. Siempre para la tos.

Un viejo vendedor del Rastro pregonaba: «ratones para la tos… ratones para la tos…» sin mostrar mercancía alguna. Cuando le pregunté me respondió que vendía preservativos en aquella esquina de la tenencia de alcaldía desde hacía veinte años y que los clientes transmitían la consigna a los amigos. Eran tiempos muy duros.
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