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* Artículo de Juan Gómez Soubrier, publicado en el Mirador de los
Mirones –revista Hombre de Hoy (1986)–, bajo el pseudónimo de Juan de
la Cossilla
El arma menos usada por el varón hispano en los combates amorosos es, sin duda, el sentido del humor, la capacidad de sonreír ante las propias flaquezas y el saber convertirlas en triunfos.
No conozco mejor terapia para el sexo nacional que la de olvidar el sentimiento trágico de la cama y, de paso, aquel triste refrán que recomienda coitear solamente en raras ocasiones, porque «la vida es larga y el rabo corto». Aunque sea francés, es preferible suscribir el dicho contrario: «Si dejas un día el amor, él te dejará a ti tres».
La esperanza es lo último que se encuentra. Cuando se busca, naturalmente. Si ya ha seguido los sabios consejos médicos de este artículo, si ya ha rezado un padrenuestro doble a San Antonio –gran encontrador de cosas perdidas– y aún le corroe la angustia, no lo dude, desenfunde el humor. O cambie de objeto erótico. Mi abuelo decía que cambiando de jaca se anda más camino. Y no le fue nada mal en las lides amorosas. Perdió muchas batallas. Pero ganó su guerra. La del amador, que es la nuestra. Góngora dio la fórmula: «A batallas del amor, campo de plumas».
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