Mirando de reojo. Los coleccionistas
José Luis de Vilallonga y Juan Gómez Soubrier
Foto: Antonio Bueno
* Artículo de José Luis de Vilallonga. El País Semanal (26/05/1996)

Nunca he tenido un amigo crítico de arte, excepción hecha del que voy a hablar hoy. Juan Gómez Soubrier es uno de esos críticos incapaces de enmascarar el desprecio en lisonja y, cuando consigue callarse, no sabe disfrazar con prudencia la expresión de su rostro. Si fuera jugador de póquer perdería los calzones. Pero es un hombre muy apreciado por aquellos que, como yo, disfrutamos escuchando ciertas verdades por crueles que éstas sean. Tengo siempre al alcance de la mano un libro de Juan, El Prado, una visita enamorada. También es el autor de Cómo pasar por un experto en el mus. Conmigo estuvo a punto de escribir Cómo ser un caballero y cómo dejar de serlo, pero nos desanimó que Alfonso Ussía nos tomara la delantera publicando su célebre manual de las buenas maneras. Además, Soubrier piensa que la pereza es una virtud que nos ayuda a tomar conciencia de la vida y, naturalmente, nunca vino a trabajar. Presume mi amigo de ser uno de los paladares más exquisitos de España y debe de estar en lo cierto porque cuando come a su gusto, se transfigura. Sabe de vinos y de cigarros puros, lo cual ya es una garantía de calidad humana. Siente pasión por los toros y recuerda que Alejandro Dumas, al salir de su primera corrida, exclamó: “¡Haga usted dramas después de esto!”.

Le gusta, claro está, el cante hondo y los viejos boleros de Cuco Sánchez. Le subyugan las ingenuas perversas –que a veces tanto le hacen sufrir–y los versos sueltos del barroco español. Cree sinceramente –yo no– que el erotismo es el motor del mundo y detesta la falta de lealtad y la mediocridad. “Me entiendo bien con el duque y con un fontanero –explica- pero muy mal con lo que hay en medio”. De sus muchas conferencias sobre la gastronomía y el arte, no es fácil olvidar aquella que llamó Museo del Prado, el gran enfermo de nuestra cultura. Siempre que abordamos el tema arremete, iracundo, contra los molinos de viento. “Habría –clama– que prohibir a los políticos que se ocupen de cultura. Primero porque la cultura no inquieta y segundo porque para ocuparse de cultura hay que ser culto. En España deberíamos gastarnos el dinero en levantar paredes para colgar los cuadros que se amontonan en los sótanos de nuestros museos. En los del Prado hay más de 5.000 cuadros que el público nunca ha visto y en los de la Real Academia de Bellas Artes habrá unos 1.600”.

Recuerdo que cuando se anunció que la colección Thyssen iba a encontrar cobijo en el palacio de Villahermosa Gómez Soubrier cogió un cabreo importante. Me espetó, que también has caído en el papanatismo de los que dicen que después de la colección de la reina de Inglaterra, la de Thyssen es la más importante, porque no es verdad. Thyssen tiene muchos cuadros, pero inferiores en calidad a los de otras colecciones. Por ejemplo, la de los príncipes de Liechtenstein, sin hablar de lo que encierra el palacio de Liria, desde el retrato del gran duque de Alba, los Goya y la mayor colección del mundo de dibujos de Durero. Thyssen no tiene ni una sola ópera magna de esa categoría. Tiene, sí, multitud de cositas maravillosas, cositas light, de lo que yo llamo “pintura protestante”, cuadros flamencos, holandeses, alemanes, cuadros de Flinck, de Bylert, de Bosschaert, de Maler, etcétera. Grandes pequeños maestros casi desconocidos del gran público. Pero ninguna verdadera obra maestra. Y, cuando se habla de una colección, conviene no confundir las obras maestras con las cositas maravillosas.

A mí me parece un disparate pagar tanto para traerse a España una colección que no nos aporta nada de lo que todavía le falta al Prado, por ejemplo un gran Piero della Francesca. Pienso que detrás de esto hay una gran operación financiera de los Thyssen en la que debe de haber personas de mucho peso. Pero eso es lo que menos me importa. Lo que me importa es que estemos comprando o alquilando una colección que me parece incoherente. Al abuelo del barón, según me dicen, le gustaban los retratos, así que sólo compraba retratos. Era un hombre coherente. El padre del barón enredó las cosas comprando tablas, Holbeins, esculturas y objetos preciosos. En cuanto al actual barón no parece que tenga criterio fijo, porque igual compra un Caravaggio que un Gauguin. El año pasado dejó escapar un autorretrato de Picasso muy superior a su Arlequín con abanico. Lo coherente sería comprar todo lo que se haya comprado entre los años sesenta y ochenta. Coherente y ejemplar es la colección de Jacques Hachuel (Miró, Tapies, Francis Bacon, Fernand Léger, Julio González, Giacometti y otros). Pero hoy, comprar un Juicio final de un maestro veneciano y mañana un Cézanne de segunda fila es todo menos tener talento de coleccionista. A mí, más bien, me parecen caprichos de chamarilero rico”.
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