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* Artículo de Jill Smolowe y Tom Burns publicado en Newsweek (5/03/1984)
Con su profusión de cuadros de Goya y de El Greco, nadie puede negar que el Prado de Madrid sea uno de los museos de arte más importantes del mundo. Sin embargo, a principios de este año, la prestigiosa institución fue sometida a un ataque cuando uno de los principales críticos de arte españoles acusó a la dirección del museo de perderles la pista –o sencillamente perder– a varias de las obras maestras del Prado.
“Ni las guerras ni las revoluciones”, dijo el crítico Juan Gómez Soubrier, “le han causado al Prado tantos daños como la incuria y la negligencia de quienes están a cargo de dirigirlo”. Sus acusaciones no tardaron en desencadenar un encendido debate nacional entre los críticos de arte, administradores de museos y funcionarios de la Administración. La semana pasada, el Senado español entró en la rebatiña elaborando una lista provisional de preguntas sobre la gestión y las finanzas del museo.
Desjarretado: Los problemas del Prado no son realmente exclusivos; muchos grandes museos han tenido problemas causados por pérdidas y robos. Sin embargo, las acusaciones de Gómez Soubrier difícilmente objetables. Argumenta que casi 1.000 de las pinturas del Prado están sin catalogar, menos de una quinta parte de la colección del museo está expuesta al público y 1.046 telas –casi una sexta parte de toda la colección– están desaparecidas. El director del museo, Alfonso Pérez Sánchez, replica que este año se habrá completado un nuevo catálogo y que la mitad de las pinturas desaparecidas no se han perdido, sino que han quedado destruidas por “desastres naturales” cuando estaban cedidas. Sin embargo, incluso Pérez Sánchez reconoce que el funcionamiento del museo está lejos ser el correcto. Dice que el Prado debe arreglárselas con poco personal, que está limitado por una burocracia asfixiante y que necesita como el aire más espacio de exposición.
El Prado ha adolecido de un espacio abarrotado desde que abrió en 1819. Las pinturas italianas, flamencas y españolas coleccionadas por los monarcas españoles desde el siglo XVI se contaron entre los primeros tesoros del museo, aunque jamás hubo espacio suficiente para exponer todas las obras a la vez. Hoy día, el Prado tiene capacidad para exhibir 3.000 de sus 6.700 telas, pero solamente se dispone en la actualidad de un tercio de este espacio debido a las continuas renovaciones. Por ejemplo, únicamente se exhiben de forma permanente cinco de las 50 pinturas del maestro barroco del siglo XVII José Ribera; el resto permanece guardado. Gómez Soubrier y otros críticos argumentan que esta situación no está justificada. “Cualquier otro museo del mundo tiene que adquirir pinturas para mejorar su colección”, dice Gómez Soubrier. “El Prado sólo tiene que invertir en más espacio mural”.
Sin embargo, esto no es tan fácil como parece. Los sucesivos directores del Prado han intentado en vano persuadir a la Administración española de que comprasen los edificios aledaños para convertirlos en anejos del museo. Con este proyecto, la impresionante colección de obras de Goya del Prado –150 pinturas y 460 dibujos– quedaría albergada en un edificio independiente. Lo malo es que la mayoría del presupuesto del museo está asignado a la instalación de un sistema acondicionador del aire concebido para proteger las obras de arte de la contaminación. El proyecto se había presupuestado inicialmente tres años de obras; esto sucedió hace ocho años y el sistema aún está lejos de haberse terminado debido a la sempiterna falta de fondos.
Pese a los retrasos y a los sobrecostes, el personal del Prado culpa a la falta de dinero del Ministerio de Cultura, que supervisa la dirección del museo. “Teóricamente el dinero está ahí para nosotros”, dice Pérez Sánchez, “pero la burocracia perniciosa significa que a menudo no lo veamos”. El problema se remonta a 1968, cuando el régimen de Franco colocó el museo bajo el control de la junta de museos del Ministerio de Cultura. Esto formó una maraña burocrática que ha frustrado a los directores del museo desde entonces. “Lo primero que aprende un director del museo del Prado es que carece de poder”, cuenta el antiguo director Federico Sopeña. El director actual tiene sus propias quejas. “Nadie puede presentar un cuadro o dejar un legado de dinero al museo en su testamento”, dice Pérez Sánchez. “Se lo tienen que dejar a la junta del museo y esto disuade a los benefactores de la idea”.
El ministerio tiene ahora varias semanas para estudiar el presupuesto del Prado, su personal y sus planes de restauración de cara a una posible investigación del Senado. Mientras tanto, los españoles podrían recordar que el Prado siempre ha sido un tema popular para los ataques públicos. Ya en 1891, un periódico madrileño llamó la atención sobre las prácticas desidiosas del museo con una impresionante –aunque deliberadamente errónea– historia en primera página que contaba cómo los empleados del museo se habían hecho la cena sobre una fogata encendida en la planta baja y que una pavesa provocó un incendio y causó daños incalculables en varios cuadros. “El escándalo en el Prado ha sido un rasgo casi permanente del museo”, se lamenta Alfredo Pérez Armiñán, antiguo alto funcionario del Ministerio de Cultura. Muchos amantes del arte españoles están de acuerdo y preferirían sin duda alguna dejar que las pinturas y las esculturas representen el sentido de la tradición del Prado.
JILL SMOLOWE y TOMS BURNS en Madrid
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