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* Juan Gómez Soubrier - El Siglo (28/10/1991)
El viajero ha seguido el ejemplo de Petrarca y ha evitado el poderoso atractivo de Avignon. El viajero, como Petrarca, más de seis centenarios antes, había llegado a la Provenza por Marsella. Una de las ventajas de las autopistas es ese aire de tren, esa manera de bordear las ciudades que tienen las estaciones de ferrocarril, con el factor añadido de que puede elegir el apeadero. La sombra de Avignon sobre el atardecer ha visto al paseante encaminarse hacia la Fontana de Vaucluse, el mayor río subterráneo que aflora en Europa. Hasta doscientos mil litros por segundo manan del corazón de la tierra; trescientos metros hasta los dominios de lo desconocido, hacia las entrañas del globo.
A los pies del viajero bajan las aguas –más verdes que el rostro de Rafael de Paula al entrar a matar–, y los cisnes lucen mas blancos que unánimes bajo las minas del Castillo de los Obispos de Cavaillon. Sobre esta naturaleza impresionante, ahora que se han ido el sol y los ingleses, las viejas fuentes romanas traen agua en sus bocas. Las palabras de Plinio, y los versos de quien comprendió la impotencia de no poder ser Petrarca. Hablo de Alfredo de Musset –con su Lorenzaccio siempre por descubrir– cuando dijo: “Yo tengo el corazón de Petrarca, pero no tengo su genio. Sólo puedo dar mi mano a quien me llama; a quien me ama, mi vida”. La doctora Ochoa –si, Elena– ha escrito acerca del fauno de Vaucluse (El País 7-8-91): “Sentí el temple y la presencia poderosa de estos hombres de otra generación que se interesaban por cosas que ya casi hemos olvidado...Busquémoslos. Quedan ya pocos.”
El viajero no entrará jamás en polémica acerca de si Petrarca amaba a Laura o fue un pretexto literario. Prefiere pensar a veces una posibilidad, a veces otra. Y lamenta tener que alejarse tras comprar un cuaderno de papel de cubeta movido por las mismas aguas que hicieran los papeles para Plinio, Petrarca, Mistral. Lo lamenta por la brevedad solamente. Si no fuese por ello repetiría las palabras de Petrarca: “Si su huida no fuera tan rápida, no pediría más...”.
La terquedad de Picasso se reencarnó en el visitante; nadie pudo convencerle con razones cuando supo que Pablo yace en este castillo de Vauvenargues, lejos de todo mar conocido, lejos de Málaga, París, Barcelona, sus tres playas amadas. Quizá desconfió, no sin argumentos, de que ninguna de sus presuntas viudas, aduladores de ocasión o enfebrecidos burócratas tuviesen el respeto a sus restos que el creía merecer. Lo cierto es que puso su terco empeño en yacer lejos de España con la misma fuerza con la que siempre se negó a perder la nacionalidad española. Tan mínimo el pueblo como espléndido el castillo, Vauvenargues resplandece. El viajero pide licor de horchata en un cafetín colgado de la ladera, frente al pasaje, y el castillo se pierde bajo la mole montañosa cuando la paleta malagueña vuelve al sueño azul, al sueño rosa.
Afortunadamente el viajero no es tan ingenuo como para pensar que la figura maldita del divino Marqués de Sade se haya librado, con los tiempos, de hechizo alguno.
El Castillo de Lacoste, propiedad del Marqués de Sade, no figura en ninguna de las guías turísticas, y el viajero da fe de la belleza del lugar, de la grandiosidad de las ruinas, de sus canteras subterráneas que muerden la tierra bajo el castillo, donde se ha deleitado escuchando este verano la obra excelsa de Henry Purcell, La Reina de las Hadas, en su tercer centenario y en la voz del mejor contralto del mundo.
El viajero disfruta con la ausencia de ese turismo achinado de ojos y estrecho de mollera, gracias al olvido de las guías y se encarama por las calles rampantes sobre una roca sacada del paisaje atormentado. O sea, uno de esos Toledos reinventados por el Greco como premonición de esta villa escarpada. Tuvo Lacoste hasta un Club de la Constitución al que se dirigía Sade por carta fechada el 19 de abril de 1792 –continuamos con centenarios, el segundo en este caso–: “Informáos y se os dirá si no es universalmente reconocido que las asambleas populares bajo mis ventanas en la Bastilla son las que motivaron mi repentino traslado como si yo fuera un individuo peligroso cuyas propuestas incendiarias...Vos veréis, Señor, si este es el hombre al que hay que molestar”. El marqués añoraba el reconocimiento de los suyos. La belleza del castillo, desnudo en sus ruinas puras y en sus cueros vivos, evoca la tristeza total de quien murió ignorando que su manuscrito mas querido seria encontrado ciento cincuenta años después y llegaría a alcanzar la gloria reservada a las obras sin tiempo: “ mis manuscritos, por cuya pérdida vierto lágrimas de sangre; jamas podré describiros mi desesperación”.
Dice George Bataille que pudo ser simplemente la fatalidad, la que hizo que Sade escribiera y fuese luego despojado de su obra, puede ser: “Que transmita la mala nueva de un entendimiento de los vivos con los que los mata, del Bien con el Mal y, cabría añadir: del grito más fuerte con el silencio”.
Vuelve el caminante a visitar por caminos pequeños las tres rutas a las que llegara por la apresurada autopista.
El sol poniente aparece una y otra vez al compás de las colinas que nos llevan y traen en sus lomos. Y trata de imaginarse a Picasso, Petrarca, Sade, caminando entre los tres rincones de la Provenza mientras Federico Mistral les grita desde lejos: “Cántame un canto de Provenza”. Y el viajero, que solo tararea en provenzal la Canción de Magalí, recuerda otros versos de Musset y se imagina, vanamente, que pudieran aplicarse a estos tres ciudadanos que se pierden ante la incipiente bruma del otoño: “Bello caballero que partís para la guerra, ¿Qué vais a hacer tan lejos de nosotros?. Voy a llorar, yo, de quien se decía que su sonrisa era tan bella”. Y nunca abandonará la Provenza.
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