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* Artículo de Julia Sáez Angulo sobre la colección de Relicarios de Belén Laguía, publicado en la Revista Anticuaria en Octubre de 2008
Belén Laguía tiene una colección de relicarios que le fue regalando el escritor Juan Gómez Soubrier, con el que compartió 28 años de su vida
Está encantada y orgullosa de sus piezas adquiridas en anticuarios o subastas y completadas con los dibujos o pinturas en miniatura de artistas de hoy, como José Hernández, Cristian Domecq, Almudena Baeza, Eduardo Úrculo, Miguel Condé, Eduardo Arroyo, Manuel Bouzo, Juan Ballesta o Leonor Weiss. «Te voy a hacer una colección única», le repetía Gómez Soubrier y Belén subraya que, aparte de su valor económico, está el incalculable «de las cosas que sólo se consiguen con el encanto y la amistad, como es conseguir que te pinten a medida, en formatos imposibles; aunque a todos los artistas les parecía una idea tan hermosa, que aceptaban».
Lo cierto es que en España existen unos cuantos coleccionistas de relicarios. La pasada temporada, Subastas Alcalá sacó 61 relicarios procedentes de una familia española con título de nobleza. «Si nos vamos de paseo por la historia, el mismo rey Felipe II llegó a acumular ochocientas piezas y mandó realizar ochenta relicarios al orfebre Juan de Arce», explica la coleccionista. Después, pasaron las guerras de religión y la masiva devoción a las reliquias, por lo que se aparcó la idea del poder benefactor de los relicarios y como consecuencia, el negocio y mercado de las reliquias. No olvidemos que en el siglo de Oro, con los Austrias, hubo un tráfico fraudulento de falsas reliquias de todo tipo, entre ellas del “Lignum Crucis” o la “Sábana santa”.
Belén Laguía reconoce que «nunca sabes cuando empieza una colección y, no porque el coleccionista forme parte de algún misterioso afán, sino porque una colección suele ser fruto de la curiosidad y del azar». Lo cierto es que ella se ocupó de estudiar con precisión la semántica de las palabras, las definiciones que dan los distintos diccionarios a la palabra relicario: «lugar donde están las reliquias recogidas y guardadas» para el Tesoro de la Lengua, de Covarrubias; «Adorno con el que se guarece alguna reliquia. Hácese de metal o otra materia y de varias hechuras», según el Diccionario de Autoridades del que cita un párrafo: «Viéndola el Emperador D. Carlos quinto, de gloriosa memoria, mostró su sentimiento de devoción, y su maravilla, y la estima que hacía de la preciosa reliquia, con palabras y con mandarle hacer un rico relicario, y capilla particular »; de la época renacentista, Belén Laguía posee un relicario con dos caras de cristal y dentro, dos miniaturas pintadas con “motivos de agua”, por Christian Domecq.
La palabra «brinco» según el Covarrubias es asimismo «un joyel pequeño, que usaron las mujeres en los tocados, especie o género, como los que hoy llaman tembleques porque estaban pendientes y se movían, como que saltaban y brincaban, se llamaron brincos». El diccionario de Autoridades cita a Cervantes: «Y me rindió a la voluntad con no sé que dijes y brincos que me dio». Además añade una cita de normativa en la que se dice: «mandamos que de aquí en adelante no se puedan hacer... joyas algunas de oro que tengan relieves ni brincos... y que sólo puedan llevar los joyeles y brincos una piedra con sus pendientes de perla».
Los dijes se citan en el Covarruvias: «Evangelios, relicarios, chupadores, campanillas y otras brujerías pequeñas de cristal, plata u oro, que ponen a los niños, para preservarlos de algún mal, divertirlos u adornarlos», tema que vemos en diversos cuadros de la escuela española en el Museo del Prado. Cervantes lo recoge: «Volvió el mozo de allí a otros doce años, vestido a la soldadesca, pintado con mil colores, lleno de mil dixes de cristal y sutiles cadenas de acero». Por último del pinjante dice el Autoridades: «la joya o pieza de oro, plata u otra materia, que se trae colgando para adorno». La coleccionista explica que no ha mezclado la colección de relicarios con la de amuletos «porque no somos supersticiosos, aunque me gusta esa definición que dice: «superstición es la religión del otro».
Museos Galdiano, del Traje y Artes Decorativas El Museo Lázaro Galdiano conserva toda la variada terminología en las cartelas y vitrinas de la rica colección de relicarios que tiene en su haber. La conservadora de museos, Leticia Arbeteta, experta en joyas, fue directora de este museo cuando se llevó a cabo la remodelación museística del mismo. «El Museo del Traje y el de Artes Decorativas, ambos en Madrid, tienen una espléndida colección de relicarios, brincos, dijes y pinjantes y en cualquiera de ellos me gustaría exponer los míos», declara Belén Laguía. «En el monasterio de la Encarnación y en las Descalzas Reales de Madrid, así como en el palacio de los Pitti en Florencia, he visto también piezas excepcionales de relicarios y pinjantes», añade la coleccionista.
«La pintura clásica ha representado asiduamente estos relicarios y dijes como en el retrato de Doña Margarita de Austria de Juan Pantoja de la Cruz, que lleva una larga cadena de la que cuelgan una cruz y un rico relicario, o en La Crucifixión de Juan de Flandes, donde se aprecia a una mujer con un relicario en la mano», explica Laguía. «Reyes, nobles y religiosos tenían obsesión por los relicarios. Se desató una frenética codicia por todos ellos».
Juan Gómez Soubrier buscaba relicarios vacíos, sin reliquia alguna en su interior, precisamente para añadirles las pinturas diminutas, de tema libre, de los artistas contemporáneos amigos que estaban cerca de él, por su labor como crítico de arte. Soubrier escribió el libro Museo del Prado, una visita enamorada, con su particular prosa y peculiar capacidad de observación. Algunos de los relicarios de la colección los adquirió en los establecimientos de los anticuarios Consuelo Sierra, Manolo García, Morueco..., amén de diferentes subastas. «A Juan le gustaba coleccionar objetos raros y curiosos, sobre todo encontrar, lo que los franceses denominan trouvaille», cuenta Belén Laguía.
Punzonados y con contrastes La mayoría de los relicarios de Belén Laguía son de plata y están punzonados y tienen los contrastes. Proceden de Córdoba, Valencia, Castilla y Roma. Todos están estudiados y catalogados. El más antiguo es un relicario de plata del XVII con dos dibujos del pintor José Hernández, es el más pequeño y sus bordes tienen un sutil grabado con formas vegetales, «se lo compró Juan Soubrier al famoso especialista en plata española, Manolo García, con quien jugaba al ajedrez en su tienda de la plaza de Santa Ana en Madrid », cuenta Belén; «y como anécdota, cuando Juan le hizo el encargo a Pepe Hernández le enseñó el relicario y le preparó una cartulina recortada con la medida. El pintor cumplió su promesa aunque tardó tres años. No era de extrañar, el trabajo es minucioso: un finísimo manojo de hierbas; un dibujo a grafito y con lupa, casi seguro».
El relicario más valioso podría ser el de Eduardo Úrculo que contiene tres dibujos, uno para cada lado del cristal y un tercer en el interior «un secreto para que sólo lo viéramos Juan y yo». El más raro quizás sea el del siglo XVIII-XIX, que es de los que se llama una boda —de la época— que en la cara superior tiene una escena de pareja de huertanos cogiendo frutas del XIX, según parece añadido posterior a la otra cara, del XVIII, en que se muestra tres conchas de peregrino con sus cruces; «cierra como un Rolls, deslizando los dedos en direcciones opuestas hasta que hace “clack”, es el único con este sistema», explica la coleccionista.
Resulta difícil evaluar la colección cuando no está en venta. Para Belén Laguía tiene especial valor el pintado por Cristian Domecq, porque se lo regalaron el día de su 50 cumpleaños. «Es una pieza del renacimiento, distinto a todos. Por un lado presenta la superficie del mar y por el otro una mano bajo el agua. ¿Qué más se puede pedir?
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