Javier de Juan o el viaje de pintar
Pura Vida
© Javier de Juan
* Artículo de Juan Gómez Soubrier publicado en la revista Álbum (nº 14)

Las tierras que están “al Sur de este mar del Sur”, como bien nos contara Emilio Sola, son tierras de hospitalidad, tierras de ojos llevar bien claros. Una antigua leyenda me fue contada en noche afortunadamente interminable por un viejo más insondable aún que su extraño relato. Khamir el alfaquí –Abu Abdalah ibn Omar ibn Khamir por nombre completo– ofreció su misérrima hospitalidad al amigo extranjero en presencia de personas que conocían que habitaba en la más humilde de las hospederías públicas. El alfaquí no se inmutó y el viajero pudo referir su estancia del siguiente modo: “Durante todo el día Ibn Khamir no se separó de mí. Cuando la noche hubo llegado, tuvimos que dirigirnos al alojamiento ofrecido, acompañados por otros viajeros a los que había hecho también la misma invitación y que estaban desconcertados, ya que conocían la pobreza del alfaquí. Cuando entramos en la hospedería nos encontramos ante una puerta que yo no había visto por la mañana. Ibn Khamir la abrió, entró y nosotros le seguimos. Nos encontramos en el vestíbulo de un gran edificio. Allí encontramos a una joven esclava que alumbraba con una antorcha. La esclava nos condujo por el interior del edificio, que era vasto y poseía habitaciones magníficas. Después de haber atravesado varios salones soberbios, fuimos introducidos en una sala adornada por alfombras suntuosas. Allí nos instalamos. Ibn Khamir dio órdenes para que se nos sirviera la cena. Todo lo que se puede desear para recreo del paladar nos lo sirvieron. Una vez que nuestro apetito estuvo satisfecho, sentimos la necesidad de dormir –aunque es verdad que yo lamentaba tener que hacerlo por tener que cerrar los ojos ante tantas maravillas– y a la mañana siguiente, muy temprano, Ibn Khamir salió hacia el mercado acompañando a los otros huéspedes. Me desperté cuando el día estaba avanzado y me encontré tendido sobre una miserable y roñosa piel de carnero y en la pobre habitación que me habían dicho que estaba ocupada generalmente por el cheikh”.

Y este es precisamente el don que posee la última obra de Javier de Juan: la hospitalidad con el espectador; la nueva –y sobre todo distinta– manera y formas de proponer y realizar el viaje del pintor, la más vieja quizá de todas las tradiciones de la pintura como aventura. Si los cuadernos de Durero iniciaron una gloriosa tradición plástica como memoria del viajero, Javier de Juan ha realizado la aventura plástica de pintar el viaje en sí mismo. Aquí está no solamente el viaje, sino el viajero mismo autocontemplado en la acción.

No se trata de ver desde fuera; Javier de Juan no fue al norte de África a tomar apuntes como pintor de domingo. Estuvo el tiempo bastante para sentirse y sentarse ante sus pinceles. Puede que sea por ello por lo que la exposición de Moriarty comprenda en realidad dos exposiciones o, al menos, dos estados de ánimo tan distintos que la frialdad extrema y el más cálido hálito se hallan, a partes casi iguales, en unos y otros lienzos, en estos y aquellos papeles.

Desde que hace un par de años escribiera, sin haberle ni siquiera visto jamás en persona, Javier de Juan ha llegado a ser un pintor de amplia –que no gorda– brocha en la que envuelve al espectador. La vieja y difícil tradición velazqueña de pintar la atmósfera renace en estos cuadros donde lo más difícil de aprehender es precisamente el ambiente insondable de Marruecos, y que aquí comparece ante nosotros sin aparente dificultad, sin esfuerzo; tal y como sucede cuando el pintor merece el nombre de artista. Toda tentación se presenta ante un tema que ha obsesionado a pintores tan distintos como Fortuny y Robert Smith. Javier de Juan ha vencido a la tentación misma para darnos visión cabal de que el viaje no es nada si el viajero no se halla metido hasta el cuello en aquello que relata.

De ahí la valentía en la pincelada, hija del valiente planteamiento. Nadie se extrañe si su viaje no coincide con la mirada de Javier; al igual que en la leyenda narrada al inicio de estas palabras, la fascinación acompaña cada uno de estos cuadros como la sombra al cuerpo del viajero convertido en viaje de sí mismo. A quien haya visto esta exposición ya no le será posible realizar su viaje al Magreb son la mirada incontaminada. A lo sumo podrá seguir el camino que hace más de ochocientos años recorriera mi paisano Ibn Arabi: “Conviene que el novicio devuelva el saludo a todo el que le salude, pero sin detenerse con nadie ni preguntarle cómo está. Recoja del suelo cualquier trozo de tela que encuentre y póngalo en el alféizar de una ventana, para que no lo estropeen los transeúntes con sus pies. Vaya apartado de su camino todo lo que encuentre al paso y pueda molestar a los demás; piedras, zarzas o excrementos”.

Y si parece que la magia ha desaparecido cuando hagamos nuestro propio viaje, no será la culpa de Javier de Juan; serán nuestros fallos y ceguera, nuestra miopía y desgana los causantes. Salvo que hayamos sabido guardar en nuestra retina la hospitalidad plástica de la que estos cuadros nos hacen la caridad. Lo contrario sería como salir de Madrid hacia la sierra olvidando los fondos velazqueños. Y en el pecado plástico llevaríamos la penitencia visual. Quizá la solución perfecta sea el prometernos ir al Sur del Sur la próxima vez con el pintor hospitalario que es Javier de Juan.
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Amarres crítica de arte,
Desembarcado en Juan
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Veneno
Grabado 35/60
© Javier de Juan
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