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* Artículo de Juan Gómez Soubrier publicado en la Revista Hombre de Hoy . Año 1987
El asombro de Roland Topor al descubrir el juego del mus en el bar del madrileño teatro de La Latina, solo puede comparase a las espontáneas sevillanas que se bailaron Carlos Paniagua y Ramos Perera al ganar, finalmente, una partida al Rey del Mus en el tren que les conducía hacia el puerto de Valencia con motivo de la presentación de “Hombre de Hoy”.
Inventor del teatro pánico, padre del mejor humorismo negro, actor y director de cine, este polaco perverso ama nuestra tierra desde que pasase un par de años de juventud en Barcelona, ciudad en la que descubrió a Ramón Gómez de la Serna de quién es uno de los más importantes coleccionistas. Topor llevaba años estudiando –en su inquietud universal– los juegos de cartas más curiosos del mundo y, como algo distinto, el viejo arte de conocer a las personas por su cara, ese casi olvidado y sutil conocimiento del prójimo por su fisionomía en el que los árabes españoles –Ibn Arabí “El Murciano” a la cabeza–fueron maestros expertos y predicadores consumados.
Va a hacer una decena de años que Topor descubrió que existía un juego de cartas en el que los gestos del rostro se combinaban con las cartas, en el que existían trampas permitidas y acordadas de antemano –que, por tanto, ya no podían ser trampas y al mismo tiempo no dejaban de serlo– y en el que la vista era tan importante como el azar. Su asombro hizo retemblar la Plaza de la Cebada, los aledaños de la calle de Toledo y los cimientos de La Latina. Para más desconcierto, le informamos de que aquel bar y teatro de variedades estaba construido en lo que fuera hospital, fundado por la mujer más ilustrada de la vieja España: Doña Beatriz Galindo, de sobrenombre “La Latina” por lo leida y escribida que fué.
Y no hubo manera de cerrar el bar hasta que el perverso humorista se aprendió el jueguecito y, naturalmente, alguna de sus frases. Desde entonces hay un castizo de la Cava Baja, de los que aprendieron a darle al catecismo con Lucio y Esteban en el Mesón del Segoviano, que no puede evitar exclamar: “Ya llueve menos, Topor”, cuando logra alejar el peligro de los amarracos contrarios. Frase que, además, provoca la curiosidad del contrario y, por tanto, su distracción. Entonces, como homenaje al perverso polaco, nuestro amigo aprovecha y les gana un juego.
¡Pruébelo, hombre!
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