|
* Artículo de Julia Sáez Angulo sobre la colección que guarda Belén Laguía de objetos en torno al cóctel, publicado en la Revista Anticuaria en Febrero de 2009
El mundo del cóctel ha tenido siempre un lado fascinante, entre el lujo y la canalla bien
Fue a primeros del XX cuando arrancó con todo su esplendor, sobre todo en Estados Unidos, patria por antonomasia de los cócteles. El cine lo potenció a la fama internacional y cosmopolita de la que sigue gozando. Los grandes personajes del celuloide, el arte y la alta sociedad lo revistieron de un aura y prestigio que no ha cesado. Lo importante de un buen cóctel radica, además del instrumental, en los destilados, el hielo duro y los “golpes de talento” del barman, según explica Belén Laguía, empeñada en coleccionar todo utillaje y literatura histórica que acompaña al cóctel. Una coleccionista con más de trescientas piezas en su haber, entre cocteleras, vasos mezcladores, copas, recetarios singulares de nombres míticos, fotografías o libros sobre cócteles y lugares emblemáticos donde los sirven como el Harry's Bar de París.
“No es fácil encontrar piezas antiguas o singulares sobre el mundo del cóctel. Yo las he ido adquiriendo poco a poco en el Rastro, tiendas de antigüedades o mercadillos”, explica Belén Laguía, que cuenta entre otras curiosidades, con una veintena de cocteleras de distintos materiales y épocas; un dije coctelera, con cinco dados diminutos en su interior; un Cocktail impreso para los jugadores del Real Madrid que iban a disputar una Copa de Europa en Hungría; una herradura con el nombre grabado de Chicote y un retrato del mismo en un platillo; un cartel de Altmans ginebra que publicitaba Chicote; diferentes botellas de distintas marcas de Vermouth y Pastis (Ricard, Martini, Duval, Raphale, Pastis 51, Casanis; diversos vasos con publicidad de diferentes marcas como Malabar; dos vasos mezcladores con publicidad de Martini y su coctelera, amén de cubiteras de hielo e instrumentos mezcladores o postales y posavasos alusivos al mundo coctelero. “La colección empezó por la atracción de un mundo, el del cóctel, tan cinematográfico, cosmopolita, urbano, tanto de Juan Gómez Soubrier como mía. No recuerdo si primero fueron los libros ó las cocteleras”, dice la coleccionista.
Laguía muestra sus cocteleras de plata con sus contrastes. Las hay curiosas por su manera de verter el líquido como la que tiene una vertedera. Otra tiene la bandera de España grabada; otra, preciosa, de Bacarrá, con pie negro y cristal tallado; una copa a juego con un gallo grabado en negro de 1920. “Son piezas difíciles de encontrar. Nueva York y París son las ciudades con mejor mercado en este campo”.
¿Tiene viejos carteles publicitarios en su colección? Más que carteles, los felices años 20 y el cine impregnaron las noticias y las pequeñas y grandes biblias acerca de las nuevas combinaciones. En la colección hay tres ejemplos. Uno: Perico Chicote retratado en un platillo y acompañado de la herradura de la suerte impresa también con sus siglas, que daba como regalo a sus mejores clientes y amigos. Otro: Pedro Chicote dejó dos cócteles como ofrenda al Real Madrid, club de sus amores en la época donde aparecía en las canciones de Agustín Lara. Uno, llamado “Madrid Fútbol Club”; y otro, el cóctel “Raimundo”, en homenaje a Raimundo Saporta. Quizás el más curioso sea el cóctel inventado en un vuelo que llevaba a los jugadores del Real Madrid para disputar un partido de Copa de Europa a la capital de Hungría, del que cuento con un ejemplar enmarcado. Su autor, tan madridista como Chicote, fue Fernando Gaviria, menos popular pero tan famoso como él. El ejemplar es testimonio de lo que sucedió el 14 de abril de 1958, a bordo del avión tipo Constelation -de hélice- dedicado por su autor al eterno gerente de la gloriosa época de Santiago Bernabeu y las cinco copas de Europa seguidas. Se llama “Cóctel Budapest”, dedicado a Antonio Calderón en recuerdo de este vuelo deportivo a la capital de Hungría: “Prepárese en coctelera unos pedacitos de hielo, unas gotas de Chartreuse amarillo, una parte de vermut blanco dulce, tres partes de ginebra inglesa. Bien batido, sírvase en copa de cóctel añadiendo una guinda”.
El tercer objeto enmarcado es la marca Altmans ginebra, que patrocinaba Chicote. Decía que sólo usaba ésta y sus licores en las fiestas privadas, lunchs, embajadas y en su establecimiento.
Laguía vuelve a recordar que para un gran cóctel se requiere, “además de una buena coctelera, destilados de primera calidad, hielo duro y elegancia en los movimientos del barman que acompañan a todas las operaciones frente al cliente. El barman es un tipo muy elegante y la coctelería, un arte, donde el ritmo y la inspiración se mezclan. Es un estilo”.
El Museo Chicote de Madrid Le pregunto por otras colecciones relevantes en el campo del cóctel y apela a la de Perico Chicote que “fundó en 1931 su Museo Internacional de Bebidas en Gran Vía, 12. Llegó a poseer diez mil botellas de curiosos licores y durante diecinueve años estuvo desaparecida ya que, a su muerte en 1977, la compró José María Ruiz Mateos por quince millones de pesetas y sucedió la expropiación de Rumasa en 1983. Ni el Gobierno regional, ni el Ayuntamiento de Madrid, ni la Academia de Bellas Artes quisieron el Museo de Bebidas. Las últimas noticias que tengo son que el naviero José Manuel Triana Souto lo compró por 40 millones de pesetas en 1984.”
“Chicote fue el barman español más internacional. Por su bar pasó el Madrid de la noche y, entre sus clientes, figuran Onasis, Sinatra, Hemingway o Sofía Loren. Gaviria también triunfó en Madrid. Venía de Estados Unidos y de Cuba. Su bar de copas estaba muy cerca del de Chicote, se accedía por un discreto acceso en el portal de un inmueble residencial. En Barcelona destacaron Josep Farrerons, Domingo Santana y Sanfeliu. Actualmente, de esa época, Boadas es el único que existe, aunque vivimos una nueva época de resurgimiento del cóctel, un nuevo esplendor de la coctelería. Las ginebras aromatizadas, los vodkas más puros, rones, hasta los más clásicos whiskys renuevan sus etiquetas y sus fórmulas, arrollados por el imparable resurgimiento de los nuevos aficionados. En Madrid tenemos lugares como el Cock, De Diego, La Turba, Glassbar, o el Hotel Palace. En Barcelona, Javier de las Muelas hace diabluras con gelatinas y Frappes.
Para Laguía, los buenos clientes de cóctel se reconocen “porque saben anécdotas de personajes degustadores de los años 30 y 40, en la vida y en el cine, con todas las leyendas y variantes que acompañan la degustación. Saben que cada combinado tiene su ciudad y su época. Hay personajes muy particulares en todo el cine americano de antes de los 70, que van desde Buñuel a Wilder, pasando por Hemingway, Bogart, Carol Lombard, Mae Wewst o Ava Gardner.
Libros curiosos que ilustran La bibliografía sobre el cóctel es un mundo muy particular y Laguía atesora, entre muchos, libros de Pedro Chicote: Cocktails 1928 (rojo); Cocktail Mundiales 1950 (azul); Fórmulas de Cocktails, pequeño librito de tapas de piel granate con sus formulas y con un apartado para direcciones telefónicas, que seguramente se regalaría; “Cock-tails 1935, librito de tapas de piel negra con fórmulas y un apartado con hojas para apuntar la caja, con entradas y salidas; cinco recetas de Perico Chicote ilustradas con dibujos de la época que acompaña una publicidad de “neveras Chas”... Otros libros alusivos e ilustradores del cóctel son: La Ley Mojada, reeditado por Siruela (1987); Gaviria: El cóctel y sus derivados, con prólogo de Alfredo Marqueríe, en su interior un lema: “De la Taberna al Bar Americano, pasando por el café”; El Bar, de Jacinto Sanfeliu Brucart, barman del Palace Hotel, con prólogo de Carlos Sentís (1949); El Arte del coctelero Europeo, de Ignacio Domenech (1931); Cocktails. Recetas seleccionadas, de Miguel R. Reguera; El Bar en el Hogar, de Juan Cusa Ramos (1960) y otros muchos. Entre los actuales, uno delicioso de Jose Luis Garci: Beber de cine, ahí dice que “el cóctel tiene el poder de congelar un instante tu vida”.
Toda la bibliografía recuerda que “el país donde se inventó el cóctel es Estados Unidos; que fueron los descendientes del Mayflower con sus rones, cuando todavía existían escupideras y los Winchester les ayudaban en su tarea de exploradores. Luego se fue depurando el arte y fue el compañero inseparable del “hombre cosmopolita” que surgió con los nuevos tiempos. A España llegó a través de barmans que habían triunfado en La Habana o en USA, como Gaviria. Otros aprendieron en ambientes internacionales, embajadas u hoteles de lujo como el Ritz, donde Chicote empezó en 1916”, recuerda la coleccionista.
“En Londres, hasta 1920 no hubo un autentico coctelero en el Savoy, un inglés que vivió muchos años en Norteamérica. En París en el más famoso cocktail-bar fue Harry’s New York Bar desde 1911, -conocido como Harry's Bar- muy frecuentado en los años 20 y 30 por ricos y famosos viajeros como Scott Fitzgeral, Gershwin, Marlene Dietrich o Jean-Paul Sastre; entre sus libros está el de ése Bar que, en su 85 aniversario reeditó su ejemplar de 1919, fue un regalo del periodista Rafael Soldevilla, que enriqueció mi colección”.
Algunos prefieren la palabra combinado, a la de cóctel, “Juan Gomez Soubrier escribió La Hora del cóctel, precisamente indagando sobre la palabra y cuenta que la Real Academia Española de la Lengua lo define como bebida compuesta por varios licores a la que se añade, por lo común varios ingredientes. Se ha castellanizado; nadie la escribe ya en inglés. El autor explica: “La primera documentación aparece en el país donde se creó, Estados Unidos de América, el 13 de mayo de 1806, en el periódico The Balance donde se definió como “una bebida estimulante compuesta a base de alcoholes diversos, a los que se añade azúcar, agua y bitters ó amargos”. Ambas definiciones dejan fuera los cócteles sin alcohol”.
“El cock-tail, esa palabra que significa en sus orígenes “cola de gallo” goza de variadas leyendas para atribuirse el mérito de la invención. Corría el año 1879, cuando un tal Flanagan en su taberna y celebrando la rendición del general inglés Cornwalles a Washington que puso punto final a la guerra de la Independencia, servía una combinación de distintos licores llamada Bracer, y que de la mano de su esposa Betsy, a la que se le ocurrió decorar aquellas copas con una plumas de gallo del vecino que gustosamente sacrificó harta de sus irrenunciables cantos de amanecida”..., “Los franceses añaden que si bien nació en USA, tomó su nombre de una bebida francesa que tomaban sus oficiales en los estados sureños durante la guerra de la Independencia (1775-1783) a la que apellidaban Coquelet, servida en una huevera llamada coquetier. Por su parte los británicos afirman que el nombre proviene de los posos que quedaban en barricas y recibían, por su aspecto, el nombre inglés de cola de gallo.
El Dry Martini parece el cóctel más literario... El célebre “Dry Martín” fue creado por el barman de un hotel de Nueva York llamado Martini en los inicios del siglo XX, para el mismísimo Jonh D. Rockefeller. Y desde allí a la eternidad, incluido un debate en el congreso de los Estado Unidos en el que se discutió si tomado como aperitivo era deducible de impuestos en la comunidad de negocios. La historia lo ha bautizado como “la bala de plata” o como dice Manuel Alcántara: “una navaja de plata que se bebe. Pero hoy sin embargo, brindaré por ustedes con un Bullshot. ¡Chin-Chin!
|
|